Què significa dir "NO" a aquesta guerra.





Ucrania, Venezuela, Groenlandia, Gaza e Irán son la misma guerra. Pero llamemos a las cosas por su nombre. Es una guerra mundial en fragmentos. El rechazo de los grandes relatos nos impide organizar esos fragmentos en un todo. Pero sólo cuando se tiene un todo, es posible un relato. El todo que divisa una guerra mundial es siempre un orden mundial determinado. Es mundial por eso, no porque todos seamos combatientes. Ese orden debe captarse en un concepto. Anticiparlo o comprenderlo es lo que definirá las posiciones.

Los que se oponen a esta guerra deberían tener clara su decisión de resistir el orden mundial que alberga en su seno. Ya que ese orden nos afectará a todos, debemos definir una posición. Lo importante es no quedarnos solos. Las proclamas de Belarra, que defienden un genérico pacifismo, deben desterrarse. Quedarnos solos en este escenario encierra poderosos peligros existenciales que tendríamos que enfrentar en escenarios bélicos mucho más terribles para nosotros. Así que el gobierno ha hecho mal en enredarse en un genérico “No a la guerra”. Seguir las consignas de Zapatero no es buen consejo.

Con alegría recibo el anuncio de Sánchez de llevar al Parlamento esta cuestión. Él tiene suficientes cartas para defenderse en algo más que una comparecencia presidencialista. Puede ganar una partida política en el Parlamento y mostrarse a la altura de las circunstancias, frente a rivales que sólo piensan en ocultar sus complicidades y ambigüedades. No entrar en una guerra es tan importante como entrar en ella. Hay que evitar encerrarse en bonitas palabras y explicar la situación con seriedad.

Lo que se defiende con este “no” a “esta” guerra es un orden mundial que no esté sometido al diktat del combatiente agresivo y vencedor, Trump. De imponerse su orden, sus políticas totalitarias se generalizarán entre sus aliados. Todo sentido del Estado, de comunidad política de solidaridad, de autonomía de decisión y de cooperación internacional, se disolverán en favor de la imposición de sus intereses exclusivos. Las estructuras de la gobernanza mundial, las federaciones de países, la ONU y su normativa básica universalista, todo ese complejo mundo civilizatorio, desaparecerá. La UE se transformará de manera irreconocible.

Esta tercera guerra mundial tiene una dimensión preventiva. Producirá por tiempo indefinido un solo vencedor, instalado en una posición dominante. Esta es la aspiración de los Estados Unidos, motivada por el miedo radical a enfrentarse en el futuro a China, en un escenario en el que la posición de Pekín sea más fuerte todavía. Ahí reside la condición preventiva de esta guerra. China todavía no puede inclinar la balanza a su favor -eso empezaría con la toma de Taiwán- y se trata de estabilizar esa balanza de manera que no amenace la dominación mundial de USA.

Para ello, Washington lleva mucho tiempo ajustando su política en Eurasia. Durante un tiempo quiso controlar Kabul y se demostró imposible. Así que ha decidido otra estrategia consistente en mantener una capacidad de bloqueo respecto de China. Para eso necesita impedir que el petróleo de Irán le llegue controlando el estrecho de Ormuz. Por supuesto, también necesita estar en condiciones de bloquear Bab el-Mandeb, la vía por la que la industria china llega a Europa y la clave del comercio euroasiático. La coordinación con Israel aspira a controlar militarmente todo Oriente Medio. No le importa nada el futuro de Irán. No le importa construir, sino destruir. Si se hunde en el caos, como Libia, mejor. La cuestión es que, como Bagdad, Libia, Siria o Líbano, no esté operativa para el enemigo. Desde Pakistán hacia poniente, China no debe tener aliados.

En este contexto, la guerra de Ucrania, la de Venezuela y la de Groenlandia tienen un sentido unitario. Se trata de que la ruta de la seda se detenga en el Niéper -USA no tiene intereses reales para mantener la integridad de Ucrania-; de que Venezuela no sea una reserva petrolera al servicio de China; y de que el Ártico no rompa el bloqueo continental al que USA pretende someter a Pekín. La debilidad de China quedaría palpable si se convirtiera en una potencia de tierra sin amigos más allá de sus fronteras, con una Rusia debilitada al máximo y con Taiwán y Japón controlando sus costas. Esta aspiración dejaría a Estados Unidos sine die como única potencia dominante, sin tener que compartir el enojoso Consejo de Seguridad de una ONU, ahora dirigido por la Sra. Trump.

Al decir “no” a esta guerra, decimos no al mundo de sumisión y dependencia de ese orden mundial que se quiere forjar. Pero ese NO será eficaz si no lo pronuncia un país solitario, ensimismado y obtuso, como quiere Belarra. Todo “no”, implica un “sí”, y el de Belarra no lo conocemos. Pero el sí de Sánchez debe estar muy claro y en él debería insistir. Es el SÍ del pluriversum político tendente al equilibrio y a la cooperación internacional bajo reglas justas universalmente válidas. Asfixiar a un país controlando todas sus rutas comerciales y todas las reservas de petróleo no es una regla justa. Imponer los intereses de la oligarquía tecnológica de un país por encima de las aspiraciones de las poblaciones mundiales, tampoco lo es.

Esa es la batalla política contra Vox y contra el grupo de fanáticos belicistas del pacifismo de Podemos. La batalla contra el régimen de Irán y contra el de Israel, contra Trump y sus aliados. La batalla de los pueblos libres del mundo desde América a Australia, la batalla de Europa. Porque comienza a ser evidente que, a los vencedores de esta guerra, una máquina del caos, no les importa dejar la tierra reducida a escombros con tal de seguir dominado el mundo.

José Luis Villacañas, Caos como prevención, levante-emv.com 07/0372026

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