El projecte il·lustrat encara no està acabat (Habermas)


Jürgen Habermas



Para Habermas una sólida democracia debería recoger tanto la tradición liberal como la republicana. Daría prioridad al ideal de autorrealización colectiva, de participación en el destino común. La recepción de estas dos tendencias debía significar una corrección respecto de cada una. Los derechos individuales tenían que dejar de entenderse como meramente negativos; o como una especie de derechos prepolíticos bajo los que abrigar unas preferencias que se demandasen ante la Administración estatal. Mientras, el republicanismo tendría que evitar cierto dar por descontados los derechos subjetivos en una mera hispostasiación de la soberanía colectiva basada en la supuesta configuración de una macrosujeto unitario que comparte valores y costumbres al modo como lo pensara Rousseau.

Para Habermas los derechos individuales vienen exigidos por los mismos derechos políticos o relativos a la auto-constitución de la comunidad, y el aseguramiento y plenitud de aquéllos demanda la presencia vigorosa de éstos. No hay deslinde posible: unos están articulados a los otros. Habermas desarrollaría toda una teoría del derecho en que precisaría esa conexión reciproca. Cada individuo en la participación ciudadana no podría dar por válida sus primeras preferencias, al modo liberal, sino someter éstas a una deliberación con los otros. Esto se daría en los ámbitos diversos que conforman la opinión pública (redes, asociaciones, medios de comunicación, partidos, sindicatos, parlamentos). 

El modelo de esos intercambios sería el de uno en que todos pudieran participar con igual libertad, en el que solo la validez del mejor argumento se aceptara. De ese modo nos aclararíamos respecto de lo bueno para nosotros mismos y para la comunidad. Una opinión pública así, racionalmente conformada, unos sujetos racionalmente auto-clarificados, unas propuestas que habrían pasado el filtro de lo que es válido y generalizable y lo que no, podría lograr que la voluntad ilustrada de la sociedad domeñase las esferas del poder y de la economía, y estos se orientaran al interés común.

Un modelo de democracia como este no podría ya basarse en ninguna cultura o identidad particulares. El desarrollo y complejización de nuestras sociedades, crecientemente intensificado, exigirían que la integración tenga que darse en un nivel más general y abstracto como sería el nivel político democrático y jurídico.

Todo el planteamiento se articularía sobre una base histórica ya dada: la que se ha ido conformando en el aprendizaje colectivo de la sociedad moderna, en las estructuras de la personalidad, en el desarrollo moral de los individuos, en la evolución de las instituciones y de las formas de cultura. Con ello se habría ido produciendo toda una racionalización del mundo de la vida; de una manera u otra, habríamos tendido hacia unas formas de individualización en las que ya los ideales antes mencionados de autonomía y autorrealización conforman nuestras formas de vida. Queremos decidir por nosotros mismos nuestro futuro, individual y colectivo; tenemos una actitud reflexiva sobre nuestras tradiciones, no queremos que se nos impongan sin más, deseamos continuar unas pero cambiar o interrumpir otras. Aspiramos a ser responsables de nuestras vidas, decidirlas.

Desde ese enfoque sobre el legado moderno, se comprende la posición habermasiana de no dar por terminado el proyecto ilustrado, su especial sensibilidad respecto de las críticas totalizantes de aquél por el temor de que abriese campo a tendencias irracionalistas contra las que se habría batido lo mejor de la tradición moderna.

Que todo esto que él elaboró teóricamente e impulsó comprometidamente hoy se vea más dificultado que nunca, tanto en lo que respecta a las democracias como a las relaciones internacionales, unas asediadas por la ultraderecha en ascenso otras por las potencias y sus vasallos, no se le escapaba y no dejó de confesar su expectativa sombría. Tanto críticos conservadores como supuestamente radicales, ambos curiosamente coincidentes en que no hay otra alternativa que la realpolitik, se han apresurado a mostrar que la situación declaraba muerta sus teorías normativas, tachadas de ficción teórica ilusoria. Este supuesto realismo nunca cuenta que la potencia normativa que surge del desarrollo de unas condiciones históricas como las de la Modernidad es también una realidad. Apoyarse en ella era lo que definía a la Teoría Crítica.

Jorge Álvarez Yagüez, La constelación Habermas seguirá brillando, Faro de Vigo 28/03/2026

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