Sort epistèmica.





La suerte epistémica es el fenómeno por el que el hecho de que una creencia sea verdadera, esté justificada (o ambas cosas) depende de factores fortuitos o fuera del control del sujeto cognoscente. Incluso si una creencia es verdadera y está bien justificada, podría haber sido verdadera por casualidad, no por el funcionamiento adecuado de las facultades o por una vía epistémica fiable. También en la epistemología, el fenómeno de la suerte ha conducido a revisar las ideas que tenemos respecto a qué es conocimiento, que ya no puede ser definido como una creencia verdadera y justificada.

La suerte epistémica tiene profundos lazos con la suerte moral. De hecho, participa en la constitución de los límites de la agencia. Los ejemplos se sucedieron en la epistemología contemporánea muy pronto a partir de un famoso artículo de Edmund Gettier, quien en 1963 se preguntaba si podemos seguir llamando “conocimiento” a la concepción clásica de creencia verdadera justificada. Su corto texto proponía algunos ejemplos que se han ido multiplicando después en la literatura, en los que ocurría que un sujeto tenía una creencia que cumplía las condiciones de ser creída, ser verdadera y serlo por razones suficientes, y sin embargo no diríamos que esa persona conoce lo que su creencia expresa. He aquí algunos ejemplos que nos muestra la web que recoge todo lo que se ha escrito y lo procesa:

El reloj parado (Bertrand Russell/Gettier): Miras un reloj que marca las 2:00, y efectivamente son las 2:00. Sin embargo, el reloj se detuvo hace exactamente 12 horas. Tienes una creencia verdadera justificada (son las 2:00), pero no sabes que son las 2:00 porque te basas en un reloj estropeado.

La oferta de trabajo (caso original de Gettier): El presidente de una empresa le dice a Smith que Jones conseguirá el trabajo y observa que Jones tiene 10 monedas en el bolsillo. Smith concluye: «El hombre que conseguirá el trabajo tiene 10 monedas en el bolsillo». Sin embargo, Smith es quien consigue el trabajo y, sin saberlo, también tiene 10 monedas en el bolsillo. Su creencia es verdadera y justificada, pero solo por casualidad.

El país de los graneros falsos (Goldman): Estás conduciendo y ves un granero, lo que te lleva a creer que «eso es un granero». Es un granero real, pero te encuentras en una zona llena de fachadas de graneros falsos, sin que tú lo sepas. Si hubieras visto uno falso, habrías creído que era real. Tu creencia es verdadera y justificada, pero se basa en la suerte, no en el conocimiento.

La oveja en el campo: Ves lo que parece una oveja en un campo y crees que hay una oveja en el campo. En realidad, el objeto es un perro, pero hay una oveja escondida detrás de él. La creencia es cierta (hay una oveja en el campo), pero no estás viendo a la oveja.

El fuego mal identificado: Ves humo y crees que hay un fuego en el campo. El «humo» es en realidad un enjambre de insectos, pero hay un fuego oculto y sin relación con eso cerca.

Mala o buena suerte: la creencia se convertía en verdadera por una contingencia de la situación, pero el estado cognitivo y el juicio del agente quedaba desconectado de los hechos a pesar de acertar, como el arquero que da en el blanco por un golpe de viento que modifica la trayectoria y corrige su mala puntería.

No discutiré aquí la historia de las reacciones a estos ejemplos, que ha llevado a una suerte de revolución en epistemología transformando la idea de conocimiento para proteger la agencia epistémica de la suerte, centrando la epistemología en un proceso anti-suerte o anti-riesgo epistémico. Baste decir que tanto en el caso teórico como en el práctico, la agencia trata de controlar la posibilidad de una intromisión de la suerte, tal como hace la neurocirujana que planifica una operación o el equipo de ingeniería de un rascacielos que construye una descomunal torre en una zona pantanosa.

También aquí en el territorio epistémico nace un sentimiento reactivo a la comprobación de que nuestras capacidades cognitivas no pueden eliminar del todo el riesgo de que nuestras creencias sean verdaderas o falsas independientemente de tales capacidades. Ese sentimiento es la perplejidad, una expresión de emoción cognitiva que sentimos ante lo inesperado, sea un acierto afortunado o una desafortunada equivocación. La epistemología puede ser en sus mejores momentos poco más que una guía de perplejos que tratan de alcanzar sabiduría en un mundo de apariencias engañosas.

Fernando BroncanoSuerte moral, suerte epistémica y la revolución en teoría moral y epistemología, El laberinto de la identidad 18/03/2026

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