Una fonamentació ètica de la procreació.



Marianne Durano es filósofa, anticapitalista, decrecentista: aboga por reducir nuestro consumo para favorecer la sostenibilidad. Y madre treintañera. De cuatro hijos. 

En este valioso ensayo, La vida o la nada. ¿Por qué tener hijos en tiempos de colapso?, cuenta con humor que ha tenido que escribir este libro porque la gente (amigos, desconocidos, normalmente de izquierdas, y hasta su propia madre) no para de decirle: “¿Pero tú no eras ecologista? Un hijo, vale; dos, bueno, al menos sigues por debajo de la tasa de reposición poblacional; ¿pero más?, ¿cómo se come?” Su texto es una explicación (¿una autodefensa?) de su condición de madre de muchos. No obstante, como filósofa que es, aporta más: una fundamentación ética de la procreación.

Su tesis es la siguiente: los humanos del presente tenemos la responsabilidad de evitar que el planeta siga hecho un asco. También de facilitar que los humanos de ahora y del mañana podamos vivir “vidas auténticamente humanas” (haciendo uso de nuestras facultades “propias”: moralidad, libre albedrío). Esta responsabilidad se condice, para la autora, con los ideales anticapitalistas y decrecentistas (este ensayo no le dirá mucho al lector que no comparta estos anhelos, pues se dan por sentados). Dicha responsabilidad implica, por fuerza, que siga habiendo niños: ganas de futuro. Sin hijos no tiene sentido mejorar el mundo o dejar de maltratarlo: sin hijos ni siquiera es coherente tener propósitos morales. ¿Para qué querer “hacer el bien” si no hay “a quien”?

Durano arguye que el problema no es la superpoblación sino la concentración de la riqueza. Que tener hijos no es ni un “tener” (un poseer) ni un “proyecto” (su noción de “transmisión” me ha recordado a la de la rabina Delphine Horvilleur). Que sin hijos no hay política: hay la nada. En el capítulo 5 se enfrenta, de la mano de Epicuro, al juicio pesimista de que “traer niños al mundo es condenarlos a sufrir”: el sufrimiento no impide la alegría. Pulula por aquí, como dato al que seguir dándole vueltas, esta información: “(…) La Franja de Gaza es una prisión a cielo abierto. (…) Y, sin embargo, con 7,7 hijos por mujer, el índice de fecundidad en Gaza es el más alto del mundo, a pesar de que las mujeres palestinas tienen un nivel educativo particularmente alto”.

...para ella “la procreación es (…) una aquiescencia a un ‘impulso vital’ que nos atraviesa, (…) a todas las generaciones por igual”; como instinto, “se manifiesta como pulsión sexual”. Si juntamos esta idea con aquella otra ya apuntada de que (cito) “es nuestra fertilidad lo que nos convierte en seres morales” (aunque, al mismo tiempo, reconoce de pasada que sí hay otras maneras, sin tener hijos, de luchar por la dignidad colectiva), las objeciones me parecen claras. a) ¿Significa esto que la sexualidad no reproductiva (¡que es la gran mayoría, en los humanos y otros animales!) es menos moral que la reproductiva? b) ¿Significa esto que ha sido o es “una vida con menos sentido de la vida” la vida de los humanos que, por su propia constitución íntima, han quedado excluidos de antemano de la posibilidad de procrear biológicamente? Por infertilidad u otras afecciones. O por no ser heterosexuales. Millones y millones de personas, a través de los milenios. c) ¿Qué tiene que decir ante el hecho objetivo de que muchos humanos, al ser padres o madres, no se han convertido en mejores personas o “animales políticos” más “virtuosos”? Los ejemplos abundan. (Ella misma menciona a Elon Musk).

Berta García Faet, ¿Tener hijos hoy es moral o inmoral? Apuntes sobre 'La vida o la nada', de Marianne Durano, El País 11/04/2026

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