Quan el ciutadà esdevé un hooligan.




La pensadora Martha Nussbaum lleva años advirtiendo de que las democracias pueden ser erosionadas por el mal uso político de las emociones. No porque las emociones deban desaparecer –algo tan imposible como indeseable– sino porque cuando se cultivan deliberadamente sentimientos negativos como el miedo o el desprecio hacia determinados grupos, el espacio racional de la democracia se estrecha. El ciudadano deja de serlo para convertirse en hincha o en hooligan

En la multitud, en el grupo, la racionalidad individual se diluye y lo que domina es la sugestión pasional. La masa siente más, pero piensa menos. Lo inquietante es que hoy esas masas no necesitan reunirse en una plaza, un patio de colegio o un estadio porque viven conectadas en redes que incrustan en sus cabezas un amplificador que les anula toda autonomía.

La antipolítica contemporánea ha aprendido esa lección con rapidez. Estamos asistiendo a una forma de guerra cognitiva donde conquistar el territorio ya no significa ocupar una ciudad, sino colonizar los cerebros. No se trata de convencer a la ciudadanía con argumentos complejos, sino de ponerle tanta sangre en la cabeza que el cerebro no pueda pensar. 

En Israel, el gobierno criminal de Benjamin Netanyahu alimenta una narrativa emocional permanente que convierte el miedo y el odio en anfetamina política. El genocidio de Gaza se explica también así. Israel es una sociedad atrapada en una espiral emocional donde la seguridad se ha transformado en una pasión colectiva que apenas admite disidencias y que brinda por la pena de muerte para palestinos. Pocas voces quedan en Israel que se rebelen contra esa lógica del exterminio y reclamen que la justicia no puede construirse sobre la deshumanización del otro.

Freud llamaba tánatos a la pulsión de destrucción y muerte que habita en los individuos y también en las sociedades. Durante décadas pensamos que la política democrática había logrado domesticarla con instituciones, leyes y conciencia humanística. Hoy sabemos que tánatos ha vuelto a ocupar el mapamundi y nuestras calles, apareciendo no solo en los conflictos armados sino también en la conversación cotidiana, donde cada desacuerdo se convierte en una batalla. 

Por eso la metáfora del fútbol no es tan inocente. En el estadio, la lógica es un nosotros contra ellos. Los nuestros siempre tienen razón, los otros, nunca. El árbitro está comprado, el rival es un enemigo, musulmán el que no bote y la victoria lo justifica todo. Es una lógica tan simple, tan desbordada, como profundamente peligrosa. Viva el rugby.

El problema de nuestro tiempo no es que haya demasiadas emociones, sino que está dominado por pasiones intensas, mientras la razón duerme. El miedo y la ira son fáciles de producir. El amor, el perdón, la empatía o la compasión requieren más esfuerzo. Querer requiere tiempo, odiar es inmediato. 

Recuperar una política que combine razón y emoción no es una tarea sencilla. Quizás, podríamos empezar por recordar algo que la vieja Ilustración advertía; las sociedades que renuncian a pensar acaban siendo gobernadas por quienes mejor saben excitar sus pasiones y cuando eso ocurre, el mundo deja de parecerse a una mesa donde compartir y se convierte en un patio de colegio o en un campo de fútbol de infantiles donde la sangre corre demasiado deprisa por la cabeza de padres y familiares y donde nadie escucha el silbato que intenta detener la violencia.

Paco Cano, El sueño de la razón ..., ctxt 07/04/2026

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