Eutanàsia, avortament i majoria d'edat.
A los humanos nos alivia que los otros decidan en nuestro lugar, al menos en las grandes encrucijadas vitales. Por eso buscamos refugio en religiones, doctrinas e ideologías políticas. Pero a la asunción de esa angustia (la de decidir nosotros mismos) se la llama precisamente "mayoría de edad". Hay algo fundamentalmente cómodo en que Dios, el marido o la naturaleza decidan por nosotros qué hacemos con nuestro cuerpo, con nuestros deseos, con nuestra libertad, pero resulta que los poquísimos progresos no-prometeicos realizados por la humanidad (la igualdad de género, el derecho, los DDHH) se han alcanzado en permanente lucha contra esa comodidad. No estoy seguro de que el aborto sea un "derecho" ni de que deba plantearse en esos términos. De lo que estoy seguro es de que, mientras la vida no se reproduzca en vasijas de barro (o en úteros artificiales), tenemos que decidir quién decide sobre la gestación: si el marido, el Estado y la Iglesia, como ha ocurrido durante siglos, o la voluntad de la mujer. Si decidimos esto último, entonces no solamente estamos obligados a despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo sino a asegurar (en nombre del derecho a la salud) que se realizará en condiciones sanitarias que sólo puede garantizar la sanidad pública. En todo caso, una vez se ha decidido quién decide no se disuelve el dilema moral; sencillamente se traslada a otro lugar. A un lugar, digamos, más justo (en la medida en que es posible la justicia en nuestro mundo sublunar). Que se cargue ahora a la mujer con un dilema moral es la forma más expresiva de declarar su mayoría de edad y su igualdad con el hombre, pero es dudoso que de esta manera vea aumentada su "felicidad".
En el caso de la propia muerte, la angustia del dilema se multiplica por mil. En condiciones normales, la evidencia estadística demuestra que nadie quiere morirse. "Condiciones normales" quiere decir ese conjunto de constricciones todavía compatibles con el ejercicio de la ficción llamada libertad y, por lo tanto, con la ficción llamada responsabilidad. ¿Somos libres cuando firmamos un contrato en un taller textil para alimentar a nuestra familia? ¿Somos libres cuando decidimos cortarnos el pelo y vestirnos exactamente igual que nuestros compañeros de clase? ¿Cuando emprendemos una dieta dictada por un canon de belleza mercantil? ¿Cuando, en fin, cometemos un crimen? Esas derechas que entronizan la Vida Sagrada y aplastan las vidas concretas -y que responderían afirmativamente a estas preguntas- se negarían, sin embargo, a validar la "libertad" en el caso de la eutanasia.
La mayor parte de los valedores de la Vida, mucho me temo, sólo invocan a Dios para condenar las vidas concretas o agravar su sufrimiento.
... se nos dice que debe decidir la naturaleza. ¿Pero nos sentimos obligados por la naturaleza a soportar un cólico nefrítico o recurrimos al nolotil? ¿No nos vestimos, cocinamos, nos ponemos nombres, volamos en avión, nos operamos las arrugas, usamos ordenadores, consultamos a la IA? Y al contrario, ¿invocamos acaso la tiranía del orden natural, como hacía el marqués de Sade, cuando golpeamos, violamos, traicionamos a nuestro amigo o nos apropiamos de sus riquezas? "Perdida nuestra verdadera naturaleza", decía Pascal, "todo es nuestra verdadera naturaleza"; de ahí nuestra perplejidad y nuestra zozobra; y el angustioso e irrenunciable imperativo de tomar nuestras propias decisiones. En un orden hasta tal punto in-natural que borra las fronteras entre vida y cultura, entre muerte natural y muerte artificial, los valedores de la Vida recurren a la Naturaleza sólo para encerrar en ella a los pobres, a los racializados, a las mujeres, a los sufrientes.
El único progreso no-prometeico que ha hecho la humanidad -muy precario y hoy además muy amenazado- tiene que ver, lo he dicho, con el desplazamiento de los inevitables dilemas morales desde la sociedad a los individuos, a los que reconocemos colectivamente la capacidad de decidir sobre su propia vida. De eso va la mayoría de edad. De eso va el derecho democrático. No de proporcionar soluciones y mucho menos seguridades sino de colocar los dilemas morales, y la angustia aparejada, en el lugar adecuado. O lo que es lo mismo: de que decidamos quién tiene derecho a decidir y quién no. Pero nadie ha dicho que ser un sujeto, y no un objeto, sea fácil o agradable. Justo ahí empiezan, al contrario, las dificultades. De la angustia de decidir en "libertad" no pueden liberarnos, no, ni la Biblia ni la Constitución.
Santiago Alba Rico, Ser libre no es divertido, publico.es 03/04/2026

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