Contra el discurs de la manosfera.
Mientras Harrison Sullivan (@HSTikkyTokky) camina por las calles de Marbella, montones de niños se le acercan para saludarlo y hacerse una foto con él. Pero Sullivan (Reino Unido, 2001) no es un deportista, ni tampoco es actor: es un influencer… de la manosfera.
La escena, que aparece en el documental Dentro de la manosfera recientemente estrenado por Netflix y dirigido por Louis Theroux, se repite en otros países, con otros influencers del estilo: la mayor parte de sus seguidores –y ellos lo saben– son menores de edad y jóvenes.
En este contexto, lo que ofrecen los gurús de la manosfera es una especie de receta para ‘ser auténticamente hombres todo el rato’. Es decir, en el fondo, para ser queridos y apreciados, para estar protegidos por el grupo. Para tener un lugar, para pertenecer. Aunque sea de una manera muy perversa, quienes se sienten atraídos por las promesas de la manosfera buscan lo mismo que el resto de las personas de este planeta: conexión.
Sucede, sin embargo, que es muy difícil conectar con los demás cuando uno no es capaz de mostrarse vulnerable. Que la sociedad mutile a los niños su capacidad de expresarse emocionalmente conlleva, pues, un vacío que solo pueden traducir en rabia (prácticamente, la única emoción que se le permite a la masculinidad tradicional). Esa sensación de inadecuación se exacerba cuando crecen y se dan cuenta de que la sociedad espera de ellos que sean emocionalmente competentes, cuando es una habilidad que apenas han podido desarrollar durante la niñez. El entorno se antoja entonces perfecto para un depredador de la manosfera, que les ofrece una salida que ‘les suena’; una estrategia de supervivencia que ya conocen, alentada durante años en círculos familiares, de amigos y productos culturales: ser ‘más hombres’.
En este contexto, lo que ofrecen los gurús de la manosfera es una especie de receta para ‘ser auténticamente hombres todo el rato’. Es decir, en el fondo, para ser queridos y apreciados, para estar protegidos por el grupo. Para tener un lugar, para pertenecer. Aunque sea de una manera muy perversa, quienes se sienten atraídos por las promesas de la manosfera buscan lo mismo que el resto de las personas de este planeta: conexión.
Sucede, sin embargo, que es muy difícil conectar con los demás cuando uno no es capaz de mostrarse vulnerable. Que la sociedad mutile a los niños su capacidad de expresarse emocionalmente conlleva, pues, un vacío que solo pueden traducir en rabia (prácticamente, la única emoción que se le permite a la masculinidad tradicional). Esa sensación de inadecuación se exacerba cuando crecen y se dan cuenta de que la sociedad espera de ellos que sean emocionalmente competentes, cuando es una habilidad que apenas han podido desarrollar durante la niñez. El entorno se antoja entonces perfecto para un depredador de la manosfera, que les ofrece una salida que ‘les suena’; una estrategia de supervivencia que ya conocen, alentada durante años en círculos familiares, de amigos y productos culturales: ser ‘más hombres’.
Esta tormenta perfecta se aprecia en una escena del documental en la que Theroux charla con un acólito del influencer Justin Waller: “Los tíos estamos destinados a sufrir, no a ser felices. Aprendemos más de nuestros fracasos. No creemos en la depresión, no nos lo tragamos. Mi hermano murió. Lo pasé muy mal, pero traté de convertirlo en algo positivo”. “¿Cómo murió?”, pregunta Theroux. “Se suicidó”, responde el joven, sin darse cuenta, quizás, de que esa respuesta invalida todo lo que ha dicho anteriormente.
Pero lo cierto es que toda la sociedad tiene que caminar de la mano para que los discursos asociados al género, y todo lo que conllevan, no calen en los más pequeños. Para esto, según Nuria Alabao, haría falta potenciar la educación sexual y afectiva. “Sigue siendo muy deficiente. Los chavales reciben antes la influencia de la manosfera que una conversación seria sobre deseo, consentimiento o relaciones”, cuenta.
Y continúa: “Pero no se trata de imponer un catecismo feminista ni de dar charlas sobre igualdad que los chicos perciban como sermones morales. Probablemente, lo que funcione mejor es crear espacios donde puedan expresar dudas y equivocarse. Generar espacios donde pensar con ellos de verdad, porque el feminismo tampoco tiene todas las soluciones y a veces sus dudas son muy legítimas. La educación feminista tiene que enseñar a pensar de forma autónoma, a discriminar argumentos, en vez de exigir adhesión a un dogma. Y sobre todo, debe incluirles como parte de nuestro proyecto: si solo reciben el mensaje de que ellos son el problema o son parte del problema, difícilmente van a sentirse interpelados por la solución. La clave es que entiendan que el feminismo también lucha contra lo que les oprime a ellos —los mandatos de masculinidad, la exigencia de ser siempre fuertes, la soledad emocional— y que sus frustraciones legítimas tienen causas estructurales que no se resuelven culpando a las mujeres ni votando a la extrema derecha”.
Marta Sader, Los gurús de la manosfera y su receta para que niños y chavales se conviertan en 'hombres de verdad', eldiarios.es 01/0472026
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