Dogmatisme woke.
| Douane Rousselle |
Una de las medidas más fiables del progreso ético es el aumento de cierto tipo de dogmatismo. En un país normal no hay debate sobre si la violación y la tortura son tolerables ni sobre cuándo lo son: la gente acepta dogmáticamente que están fuera de lugar, y los que las defienden simplemente son tachados de monstruos. Un signo claro de decadencia ética es que empecemos a debatir sobre la violación (¿existen las «violaciones legítimas»?), o que la tortura no solo se tolere en silencio, sino que se exhiba públicamente. Poco a poco, se hacen posibles cosas que antes eran inimaginables.
Hoy tenemos dos grandes bloques ideológicos opuestos. Los neoconservadores religiosos (desde Putin y Trump hasta Irán) abogan por un retorno a las antiguas tradiciones ortodoxas cristianas (o musulmanas) frente a la decadencia posmoderna «satánica», que generalmente se centra en cuestiones LGBT+ y transgénero; sin embargo, su política real está llena de obscenidad y violencia bárbaras. En el lado opuesto, la izquierda liberal políticamente correcta predica la permisividad hacia todas las formas de identidad sexual y étnica; sin embargo, en su empeño por garantizar esta tolerancia, necesita cada vez más normas —más «cancelación» y regulación—, que introducen una ansiedad y una tensión constantes en este universo permisivo presuntamente feliz. Estas limitaciones son, en cierto sentido, mucho más fuertes que la prohibición paterna —que provoca el deseo de transgredir—, y ayudan poco a la causa de la emancipación genuina: la distraen de ella.
La caracterización de Duane Rousselle del movimiento woke como «racismo en la época de los muchos sin el Uno» puede parecer problemática, pero da en el blanco: en oposición casi exacta a la postura típica del racista —que lucha contra un intruso extranjero que supone una amenaza para la unidad del Uno (digamos, los inmigrantes y los judíos para nuestra nación)— la postura woke reacciona contra aquellos de los que se sospecha que no han abandonado verdaderamente su apego a las viejas formas del Uno (en otras palabras, «patriotas», defensores de los valores patriarcales, eurocentristas…). En este «nuevo orden mundial», se aceptan todas las orientaciones sexuales con una excepción: los hombres blancos cisgénero, a los que se ordena sentirse culpables por lo que son, por sentirse «cómodos en su piel», mientras que a todos los demás (incluso a las mujeres cis) se les permite ser lo que (sienten que) son. Esta postura es cada vez más perceptible en los extraños sucesos que nos rodean. Tomemos el caso del Gettysburg College, que, despertando una comprensible oleada de críticas, aplazó un acto en 2022 para personas que estaban «hartas de los hombres blancos cis». El acto iba a ser organizado por el Centro de Recursos sobre Género y Sexualidad de la universidad, y se animaba a «los asistentes a “venir a pintar y escribir acerca de” sus frustraciones con los hombres que se “sienten cómodos en su piel” blanca». Como era de esperar, muchos acusaron a la universidad de fomentar el racismo. Probablemente también se esperaba que los propios hombres blancos cis participaran en el acto, aunque de forma autocrítica, expresando su incomodidad con respecto a su piel y su culpabilidad con respecto a su orientación sexual.
Es en estos términos como podemos explicar la paradoja de que, en la cultura woke y la cultura de la cancelación, la fluidez no binaria coincide con su opuesto. La prestigiosa École normale supérieure de París ha debatido una propuesta para establecer en sus dormitorios comunes pasillos reservados exclusivamente a individuos que hayan elegido la mixidad/diversidad (mixité choisie) como su identidad de género, con exclusión de los hombres cisgénero (hombres cuyo sentido de la identidad personal y del género se corresponden con su sexo de nacimiento). Las normas propuestas son estrictas: por ejemplo, a quienes no se ajusten a los criterios no se les permitirá pasar ni siquiera brevemente por estos pasillos. La idea también abre la vía a nuevos límites: si un número suficiente de individuos se identifica en términos más específicos, se les puede reservar un pasillo. Hay que señalar tres características de esta propuesta: en primer lugar, que solo excluye a los hombres cisgénero, no a las mujeres cisgénero; en segundo lugar, que no se basa en ningún criterio objetivo de clasificación, sino solo en una autodesignación subjetiva; en tercer lugar, que exige nuevas subdivisiones clasificatorias, lo que demuestra que todo el énfasis en la plasticidad, la elección y la diversidad acaba en lo que no se puede sino llamar un nuevo apartheid, una nueva red de identidades fijas. Por eso la postura woke ofrece el caso supremo de cómo la permisividad se convierte en prohibición universal: en un régimen políticamente correcto, nunca sabemos si algunos de nosotros seremos cancelados por nuestros actos o palabras, ni cuándo; el criterio es siempre confuso.
Con toda su declarada oposición a las nuevas formas de barbarie, la izquierda wokeparticipa plenamente de ella, promoviendo y practicando un discurso plano y sin ironía. Aunque defiende el pluralismo y promueve la diferencia, su posición subjetiva de enunciación —el lugar desde el que habla— es extremadamente autoritaria, permitiendo un debate muy limitado e imponiendo exclusiones que a menudo se basan en premisas arbitrarias. Sin embargo, en todo este embrollo, siempre debemos tener en cuenta que el wokeísmo y la cultura de la cancelación se limitan de facto al estrecho mundo de la academia (y, hasta cierto punto, a algunas profesiones intelectuales como el periodismo), mientras que la sociedad en general se mueve en la dirección opuesta. La cultura de la cancelación, con su paranoia implícita, es un intento desesperado (y obviamente ineficaz) de compensar los problemas y tragedias reales a los que se enfrentan las personas LGBT+, la violencia y la exclusión a las que están sometidas permanentemente. La respuesta a esta violencia no puede consistir en replegarse a una fortaleza cultural, un seudo «espacio seguro» cuyo fanatismo discursivo deja intacta e incluso refuerza la resistencia de la mayoría contra ella. Contrariamente a quienes afirman que el wokeísmo está retrocediendo en la vida académica y cultural, creo que más bien se está «normalizando» de forma gradual, siendo ampliamente aceptado incluso por quienes en privado dudan de sus principios, y practicado por la mayoría de las instituciones educativas y estatales. Por eso merece más que nunca nuestra crítica, como también la merecen sus opuestos: la obscenidad del nuevo populismo y el fundamentalismo religioso.
En su peor versión, la cultura de la cancelación tiene un tono claramente fundamentalista: algo concreto que hayas hecho o dicho puede ser elevado inesperadamente al estatus universal de error imperdonable. Esto significa que un caso concreto (una expresión que has utilizado, por ejemplo) no se condena porque no encaje en una regla universal clara, sino porque se le da un nuevo giro a la propia universalidad. No es de extrañar, pues, que a los obscenos populistas de derechas les guste provocar a los activistas de lo políticamente correcto: que disfruten con su estatus de objeto privilegiado de lo que Lacan llamaba odioenamoramiento, un objeto que a los demás les encanta odiar. He observado la misma postura al hablar con mis conocidos serbios: a muchos de ellos les gusta quejarse de que todo el mundo los odia, percibiéndolos como responsables del atroz crimen de Srebrenica y de la «limpieza étnica». Pero ¿es realmente así? Creo que este sentimiento de ser tratado como un paria es un movimiento defensivo: la realidad es que ahora, con todos los demás problemas en los que estamos inmersos, la gente de todo el mundo es cada vez más indiferente hacia Serbia (y hacia los populistas de derechas en general); no les importan los serbios, así que lo que hay detrás de la queja de los serbios es más bien un deseo desesperado de seguir siendo el centro de atención, incluso como objeto de odio: mejor el odio que la indiferencia. En otras palabras, lo que realmente echan de menos los serbios es que ya no son el fascinante objeto de odioenamoramiento.
Slavoj Zizeck, Los signos inequívocos de la decadencia ética, bloghemia.com 30/03/2026
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