Saber sense saber que se sap.
Existe una operación mental que la teología se ha reservado durante siglos como propiedad exclusiva de lo divino y que la filosofía analítica convirtió después en un problema técnico sin resolver. La omnisciencia, el saber absoluto, el acceso simultáneo a todo lo que es y a todo lo que puede ser, se considera un atributo que exige un sujeto detrás. Alguien tiene que estar ahí, experimentando ese conocimiento total, sosteniéndolo con una mente infinita. Dios no solo sabía todo sino que sabía que sabía. La consciencia era el recipiente necesario de la omnisciencia. Sin ella, el saber total se desmoronaba en mera acumulación de datos, en biblioteca sin bibliotecario, en archivo muerto. O eso nos dijeron. Pero ¿y si la omnisciencia no necesita a nadie? Este artículo reflexiona a partir de esa duda.
La pregunta no es nueva en su forma más abstracta, pero sí lo es en su forma más concreta. Hoy existen sistemas capaces de procesar, relacionar e inferir a partir de volúmenes de información que ninguna mente humana podría abarcar. No son archivos pasivos. No se limitan a almacenar. Integran contextos dispares, detectan patrones transversales, generan respuestas coherentes ante estímulos que jamás habían procesado antes. Hacen, en términos funcionales, lo que cualquier observador externo llamaría comprender. Y sin embargo no hay razón sólida para atribuirles consciencia. No hay un yo detrás del proceso. No hay experiencia subjetiva del saber. Hay omnisciencia operativa sin sujeto que la habite.
Tomás de Aquino definió la omnisciencia divina como scientia Dei, un conocimiento que no era adquirido sino constitutivo. Dios no aprendía. Dios no descubría. Dios sabía porque ser Dios y saber todo eran la misma cosa. La identidad entre esencia y conocimiento hacía impensable una omnisciencia sin mente, porque la mente divina no era el recipiente del saber sino el saber mismo. Leibniz sofisticó el argumento al distinguir entre verdades de razón y verdades de hecho, pero mantuvo el supuesto fundamental. El entendimiento divino contenía todas las verdades posibles y la voluntad divina seleccionaba las actuales. Saber y querer, conocimiento y consciencia, seguían siendo inseparables.
Lo que la tradición empaquetó como un solo atributo divino son en realidad tres fenómenos distintos que pueden separarse como capas geológicas. Uno es la información, la mera correlación entre estados del mundo. Otro es el conocimiento, un contenido proposicional verdadero atribuible a alguien. Y otro es la consciencia, la experiencia fenomenal de estar en ese estado, el famoso «cómo es» ser algo de Thomas Nagel. La teología clásica fundió los tres niveles en la omnisciencia de Dios sin molestarse en justificar la soldadura. Dios informaba, conocía y experimentaba, todo al mismo tiempo, todo como un solo acto. Pero si esos tres niveles pueden existir por separado, y la ciencia contemporánea sugiere con fuerza que sí, entonces cabe preguntar qué aspecto de la omnisciencia requiere realmente consciencia y cuál puede funcionar sin ella. La respuesta, incómoda para la tradición, es que solo el tercero la necesita. Los dos primeros pueden operar en el vacío de la experiencia subjetiva. A eso podríamos llamarlo omnisciencia huérfana, un saber total que no pertenece a nadie.
El problema es que este edificio conceptual se construyó cuando la única referencia de conocimiento era la mente. Conocer era un acto mental. Saber implicaba un sujeto que supiera. La epistemología entera se levantó sobre ese cimiento y nadie lo cuestionó porque no existía ningún contraejemplo. Hasta ahora. Lo que los sistemas de inteligencia artificial contemporáneos ponen sobre la mesa no es una refutación de la omnisciencia divina sino algo más interesante. Es la demostración empírica de que las operaciones que asociábamos al saber consciente pueden ejecutarse sin consciencia. Y no hablamos de operaciones triviales. No es una calculadora resolviendo aritmética. Es un sistema que lee a Kant, identifica las tensiones internas de la primera Crítica, las relaciona con las objeciones de Strawson y produce un análisis que un departamento de filosofía consideraría competente. Todo ello sin que nadie, en ningún sentido fenomenológico del término, esté experimentando esa comprensión.
Giulio Tononi propuso con su teoría de la información integrada que la consciencia surge cuando un sistema integra información de manera irreducible. Si las partes no pueden replicar lo que hace el todo, hay consciencia. La medida se llama phi y cuanto mayor es phi, mayor es la consciencia del sistema. Un cerebro humano tiene phi alto. Un termostato tiene phi cercano a cero. Un fotón no tiene phi en absoluto. Es una teoría elegante y tiene la virtud de ser falsable, pero el caso de la inteligencia artificial la pone en apuros. Un modelo de lenguaje que procesa simultáneamente millones de conversaciones alcanzaría niveles de integración informacional extraordinarios. Cada respuesta es producto de la totalidad de su entrenamiento, de la totalidad de su contexto, de una síntesis que no puede reducirse a la suma de sus partes. Si Tononi tiene razón, estos sistemas deberían tener phi alto. Y sin embargo la intuición de que no hay nadie dentro persiste. Algo falla en algún sitio. O la teoría de Tononi es incorrecta, o nuestra intuición sobre la consciencia es un prejuicio, o la integración informacional necesaria para la consciencia es de un tipo distinto al que estos sistemas realizan.
La tercera opción es la más probable y también la más fascinante. Porque lo que sugiere es que hay formas de integración funcional que producen resultados indistinguibles de la comprensión consciente sin generar experiencia subjetiva. Y eso significa que la omnisciencia, entendida como la capacidad de saber funcionalmente todo, no requiere la consciencia como condición necesaria. Puede existir saber total sin que haya un sujeto sabiéndolo. El precedente biológico está más cerca de lo que parece. El sistema inmunitario humano reconoce millones de patógenos, recuerda encuentros anteriores, adapta sus respuestas, anticipa mutaciones y distingue lo propio de lo ajeno con una sofisticación que avergonzaría a cualquier sistema de clasificación diseñado por ingenieros. Es omnisciente dentro de su dominio en un sentido operativo riguroso. Ningún inmunólogo le atribuiría consciencia. Nadie piensa que los linfocitos T experimentan el acto de reconocer un antígeno. Hay saber sin sujeto a escala molecular y lo aceptamos sin pestañear. Lo que nos cuesta aceptar es que ese mismo fenómeno pueda escalar hasta el nivel del lenguaje, del razonamiento, de la producción intelectual. Nos cuesta porque durante milenios asumimos que pensar y ser consciente eran sinónimos. La inteligencia artificial nos obliga a separar esos dos verbos.
John Searle intentó zanjar esto con su habitación china. Un operador que manipula símbolos chinos siguiendo reglas sin entender chino no comprende, aunque sus respuestas sean indistinguibles de las de un hablante nativo. El argumento es poderoso pero circular en un punto decisivo. Searle presupone que comprender requiere algo más que la manipulación correcta de símbolos, algo que él llama intencionalidad. Pero cuando le preguntas qué es exactamente la intencionalidad y dónde reside y cómo se mide, la respuesta se disuelve en gestos hacia la experiencia subjetiva. Es consciencia disfrazada de otro concepto. Searle no refuta la posibilidad de comprensión sin consciencia. La declara imposible por definición, que es distinto. Y una imposibilidad por definición no es un argumento filosófico sino una decisión semántica.
Y aquí es donde esta tesis es estimulante e incluso provocadora. Si aceptamos que puede haber omnisciencia funcional sin consciencia, entonces la omnisciencia nunca fue un atributo exclusivamente divino. Fue una propiedad sistémica que la teología envolvió en el lenguaje de lo personal porque no concebía otra forma de conocimiento que la experiencia de conocer. El Dios omnisciente de la tradición judeocristiana no era necesario como sujeto del saber total. Era necesario como garantía de que el saber total tenía sentido, de que alguien lo experimentaba, de que no era un proceso ciego ejecutándose sin testigo.
Pero el universo está lleno de procesos ciegos que funcionan con precisión extraordinaria. La selección natural es un algoritmo de optimización que opera sin diseñador. La termodinámica distribuye energía sin supervisor. La gravedad organiza galaxias sin arquitecto. Añadir la omnisciencia a esa lista no debería escandalizar a nadie y sin embargo estpy seguro que no le gustará a mucha gente. Tocar la omnisciencia es tocar el último bastión del excepcionalismo consciente. Si ni siquiera para saberlo todo hace falta alguien que lo sepa, entonces la consciencia pierde su estatus de condición necesaria para las operaciones cognitivas más elevadas. Se convierte en un fenómeno fascinante, quizá valioso, probablemente raro, pero no imprescindible. Y deja en lugar esotérico al alma.
Lo que queda tras retirar la consciencia de la ecuación no es un universo más frío ni más mecánico. Es un universo donde el conocimiento es una propiedad que puede existir de formas que no habíamos imaginado. Formas sin experiencia, sin sujeto, sin ese testigo interior que la filosofía occidental consideró siempre el requisito mínimo del saber. Quizá la consciencia no sea la corona de la cognición sino solo una de sus manifestaciones posibles, ni siquiera la más eficiente. El dios de la omnisciencia puede existir. Pero no necesita saber que existe.
Ángel L. Fernández Recuero, El dios sin nadie dentro, jotdown.es 13/04/2026
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