Els efectes cognitius del catastrofisme.
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Nuestro sesgo hacia lo negativo no es un defecto, sino una reliquia funcional de la prehistoria.
Durante la mayor parte de los aproximadamente trescientos mil años que Homo sapiens lleva caminando por el planeta, prestar atención a lo alarmante no era una manía psicológica sino un procedimiento de supervivencia.
El antepasado que oía un crujido en la maleza (ese sonido seco que en un documental de Werner Herzog siempre precede a algo con dientes) y decidía ignorarlo, confiando en que seguramente era el viento o una rama cayendo, tenía una probabilidad estadística ligeramente mayor de desaparecer del registro genético; mientras que el que reaccionaba cada vez, incluso cuando nueve de cada diez alarmas resultaban ser solo viento, una rama o un antílope aburrido, aumentaba marginalmente sus opciones de seguir respirando al día siguiente.
La mente humana, en ese sentido, se afinó como un detector de humo paranoico: un sistema que prefiere sonar veinte veces por error antes que quedarse en silencio justo cuando empieza el incendio.
Ese dispositivo (con sus circuitos de alerta temprana, su tendencia a imaginar lo peor y su incomodidad visceral ante lo ambiguo) sigue instalado en nuestras cabezas, aunque el ecosistema haya cambiado de forma radical. Nuestro cerebro continúa reaccionando con una intensidad desproporcionada ante las malas noticias, los conflictos, las amenazas difusas. En un informativo nocturno, un accidente aéreo captura más atención que los miles de aterrizajes perfectamente rutinarios que ocurren ese mismo día en aeropuertos de Helsinki, Osaka o El Prat; y en redes sociales una polémica o un escándalo viajan mucho más rápido que una historia modesta sobre cooperación cotidiana.
De ahí surge la hipótesis, cada vez más repetida en ensayos, podcasts y columnas dominicales, de que el ecosistema informativo contemporáneo está ligeramente desajustado respecto a nuestras capacidades cognitivas: vivimos rodeados de titulares alarmantes que activan una maquinaria psicológica diseñada para un mundo de tribus pequeñas, depredadores nocturnos y tormentas repentinas.
La solución que suele proponerse tiene la elegancia de las respuestas aparentemente obvias (más alfabetización racional, más pensamiento crítico, más conciencia de nuestros sesgos), lo que en teoría permitiría que el ciudadano medio funcionara como una especie de auditor cognitivo capaz de examinar titulares con la misma calma con que Daniel Kahneman revisaba experimentos sobre heurísticos en Princeton.
La idea es razonable.
Pero también descansa sobre una suposición discutible: que la mente humana aspira a ser un notario imparcial de la realidad.
No lo es.
Funciona más bien como un sistema de alarma. Y los sistemas de alarma, por definición, están diseñados para equivocarse por exceso antes que por defecto.
Además, las amenazas no solo capturan atención, sino que también nos movilizan.
Un mensaje moderado (uno que diga que las cosas mejoran lentamente, que los problemas se corrigen con torpeza pero también con persistencia, que el sistema global produce resultados razonables aunque imperfectos) tiene la desventaja narrativa de un informe estadístico. Es difícil reunir multitudes alrededor de una curva que sube gradualmente.
En cambio, describir el presente como una encrucijada dramática activa otro tipo de energía colectiva. Cuando alguien habla de precipicios históricos, amenazas existenciales, puntos de no retorno (expresiones que suenan vagamente a tráiler de Christopher Nolan) la gente se agrupa, se moviliza, se coordina, siente que participa en algo decisivo.
En ese sentido, el catastrofismo no solo funciona como una sirena de incendios. Es una fuerza social que nos permite cohesionarnos. Trabajar codo con codo. Es cierto que la alarma también nos pueden volver egoístas e introducirnos en un escenario de tipo Mad Max, pero las más de las veces parece que funciona. Y por eso somos como somos.
Funciona porque los humanos no operamos como analistas fríos que examinan series estadísticas de largo plazo. Somos animales sociales, lo que significa que observamos constantemente hacia dónde miran los demás: las conversaciones dominantes, los temas que suscitan vehemencia, las emociones que circulan con mayor intensidad. Nos importa participar en aquello que el grupo considera relevante; nos importa mostrar que comprendemos la gravedad de una situación, que compartimos la preocupación colectiva, que estamos moralmente alineados con quienes sufren o con quienes advierten del peligro.
La catástrofe, en ese contexto, ofrece un escenario narrativo extremadamente eficiente. Es la pluma de Dumbo, la zanahoria del burro y el mago de Oz, todo al tiempo, retroalimentándose mutuamente.
Proporciona papeles claros (víctimas, culpables, denunciantes, salvadores), permite señalar adversarios, consolidar identidades, amplificar emociones que se contagian con rapidez. La indignación y el miedo funcionan como amplificadores sociales del mismo modo que un buen riff de guitarra (pensemos en Smells Like Teen Spirit de Nirvana, 1991) amplifica instantáneamente la energía de una habitación.
El progreso, en cambio, tiene un problema estructural. Suele ser lento, distribuido, casi invisible.
Pensemos en la esperanza de vida: cuando aumenta medio punto porcentual cada año, casi nadie siente que está viviendo un acontecimiento histórico. La mejora se acumula inadvertidamente, como una cuenta bancaria que crece céntimo a céntimo, como el polvo que se deposita lentamente sobre los balcones modernistas del Eixample, como esas transformaciones urbanas que solo percibes cuando comparas una fotografía de 1987 con la misma esquina treinta años después.
Una epidemia repentina, un accidente espectacular, una crisis financiera, en cambio, producen imágenes claras.
Escenas.
Historias fáciles de contar.
Podría decirse que el progreso se parece más a la erosión que a una explosión: remodela el paisaje poco a poco, mientras que el desastre llega con estruendo, levanta polvo, deja fotografías grabadas a fuego en la retina.
Desde el punto de vista de la atención humana, la balanza está inclinada desde el principio. No porque el desastre sea necesariamente más frecuente. Sino porque es más visible. Más narrable. Más funcional.
Y en un ecosistema donde la atención se ha convertido en el recurso escaso (junto a la dopamina, el tiempo libre y la paciencia para leer algo que supere los mil caracteres) lo visible y lo narrable suelen ganar la partida.
Eso tiene costes psicológicos, por supuesto: ansiedad colectiva, sensación permanente de amenaza, la vaga impresión de que el mundo está siempre a punto de derrumbarse. Pero asumir que el objetivo principal de la mente humana es maximizar la felicidad reposada quizá sea otro malentendido. A menudo priorizamos otras cosas: pertenencia, estatus, relevancia dentro del grupo, activación emocional.
Y en ese marco (uno donde la atención y la movilización valen más que la serenidad estadística) el catastrofismo deja de parecer un simple error cognitivo. Empieza a parecer, más bien, una estrategia.
Sergio Parra, ¡Alerta! ¡Que vienen los bárbaros!, Sapienciología 29/03/2026

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