Dret a l'eutanàsia i necropolítica.
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El «individualismo posesivo» denunciado por Macpherson, propio de un liberalismo que exalta la libertad de los individuos para desvincularse de la sociedad, acaba situándonos ante un «darwinismo social» que, desentendiéndose ya del derecho a la vida, se deshace de quienes son débiles e incapaces. No se está diciendo que el Estado vaya a obligar explícitamente a que alguien muera, pero sí podría propiciar, más por omisión que por acción, que se deteriore aún más la vida de las personas incapacitadas, ya sea por enfermedad física o por trastorno mental. Si el Estado ofrece la muerte como solución a esos problemas, ya deja de tener incentivos para procurar que las vidas de quienes sufren puedan sanar o, por lo menos, se vivan con la mayor dignidad posible.
Tal consideración nos recuerda que los propósitos del liberalismo siempre operan por medio del Estado, pero lo hacen apelando a los individuos. De hecho, el liberalismo invoca la libertad de los individuos, siempre que no agredan a otros, para actuar sin restricciones. Y esa ilusoria autonomía debe adecuarse a lo más profundo que hay en uno mismo, que son sus percepciones. Es por ello por lo que, amparándose en la libertad que otorga ser propietario de sí misma, la persona puede sentirse mujer pese a ser un hombre (y a ello le llamamos trans), puede sentirse otro tipo de animal aun siendo humano (y a ello le llamamos therian), o puede sentir que el sufrimiento psicológico que padece es insoportable (y entonces solicita la eutanasia).
Se observa, pues, que la autonomía del individuo se adecúa a sus sentimientos y experiencias, y éstos acaban siendo modulados por los marcos de sentido que, de acuerdo con los intereses de los poderes privados, promueven los poderes públicos. Así como los «derechos trans» fueron una invención promocionada por determinados poderes para emascular el potencial subversivo de ciertas reivindicaciones sociales, el «derecho a la eutanasia» puede ser una forma, aparentemente compasiva, por medio de la cual esos mismos poderes consigan zafarse de un número cada vez mayor de población imposibilitada y, por consiguiente, improductiva. A fin de cuentas, lo cierto es que el suicidio asistido distorsiona el sentido que históricamente la sociedad le ha conferido al trato que reciben las personas que sufren o son vulnerables.
Ya para ir acabando, bueno sería tener en mente que la consolidación del capitalismo comportó que el derecho de propiedad sobre una cosa se desligara definitivamente del uso sobre esa cosa. Quizá la rotunda consumación de este proceso radica en la idea de que es posible acabar con nuestra vida, renunciar a su uso, precisamente porque es de nuestra propiedad. De igual manera, la consolidación del capitalismo dio lugar a unas leyes supremas o constituciones en las que la propiedad privada buscaba fundamentarse en los derechos humanos. Una trágica consecuencia de todo eso pudiera ser que la eutanasia, amparándose en la propiedad de uno mismo, se exhiba como un derecho que humaniza.
En resumidas cuentas, la secuencia lógica es más o menos la que sigue. Hay un principio consustancial a las corrientes de pensamiento liberales: la propiedad es un derecho natural, y la primera de las propiedades que el individuo posee es su propio cuerpo. A partir de ahí, se despliega un argumentario aparentemente sensato: si la voluntad de un individuo, apelando a factores que alteran su dignidad personal, es deshacerse de su cuerpo, por qué motivo el Estado no debería posibilitarle los medios óptimos para la consecución de ese fin. Ocurre que, incluso si prescindimos de una concepción religiosa o trascendental de la vida humana, advertimos el problema que subyace en todo esto.
Nunca es plenamente autónoma la decisión del individuo para acabar con su vida cuando ese individuo se encuentra en situación de gran sufrimiento y no dispone, a modo de alternativa, de medios para mitigarlo. Se puede decir de la petición de eutanasia que se trata de una decisión sopesada de forma consciente e informada, pero cualquier decisión reposa sobre diferentes opciones susceptibles de ser seleccionadas o descartadas. De manera que la petición de principio del liberalismo, esa que nos dice que el individuo se encontraría facultado para matarse en base a una decisión legitimada por la autopropiedad o plena soberanía de sí mismo, termina chocando con los determinantes socioeconómicos que pudieran posibilitar una alternativa a la muerte.
Ahí está el muro contra el cual acaban colisionando las concepciones idealistas del ser humano. A modo de ejemplo, aún hay pacientes de esclerosis lateral amiotrófica (enfermedad que provoca la atrofia muscular pero que deja intactas las capacidades intelectuales) que siguen esperando las ayudas públicas aprobadas hace un par de años. A veces son muy cuantiosos los recursos que se necesitan movilizar para asistir a personas con ciertos problemas o enfermedades. En ausencia de esos recursos el individuo experimenta una presión que le incapacita para decidir con plena autonomía. Por lo que, en circunstancias de presión social o económica, las decisiones al respecto de un asunto implacable e irreversible, como lo es la muerte, serían ilegítimas o cuanto menos insensatas.
Digamos, por consiguiente, que debemos ser capaces de advertir cuando las decisiones tomadas como consecuencia de la desesperación se nos presentan fraudulentamente como resultado de una supuesta libertad, autonomía o, incluso, empoderamiento individual. No se descubre nada al afirmar que por debajo de las decisiones individuales se mueven intenciones, muchas veces imperceptibles, que contribuyen a configurar o a desconfigurar sociedades humanas. Y solamente reconociéndolo es que podremos estar prevenidos de las implicaciones que puede comportar la normalización social de la eutanasia.
Genís Plana, Sobre el suicidio asistido: la necropolítica del liberalismo, Browstone España 29/04/2026

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