Español, una especie en extinción.
Nadie que conozca ha negado hasta ahora el arraigo que ha tenido el nepotismo sobre todo entre la gente que respira los aires mediterráneos, sea de la religión que sea. Preferir al amigo, al conocido, al familiar en el desempeño de un cargo de responsabilidad o no, pero que implique una compensación económica aunque se pequeña, a otros que a priori presentan mejores avales y méritos no ha significado ningún problema de conciencia durante mucho tiempo en nuestro entorno más cercano. Los contactos, el enchufe, lo que después se llamó capital social en el ámbito sociológico, abrieron a mucha gente el camino para obtener ventajas laborales y políticas. La búsqueda de trabajo estaba asociada a la pregunta a quién conoces, y la respuesta correcta pasaba por encima de cualquier entrevista, casting o realización de cualquier tipo de test aptitudinal. Lo importante es que eres de los nuestros y entre nosotros nos cuidamos y protegemos. Era lo natural, lo que se acostumbraba a hacer, porque se consideraba a la vez que era lo mejor, además de lo que conllevaba de compromiso, dependencia y lealtad, que la alternativa, demasiado abierta a lo incierto, no podía garantizar.
Contra esta visión las éticas norteñas, tanto el utilitarismo como el kantismo, llevan siglos conspirando. Neutralidad y desinterés tanto el principio utilitarista como el imperativo categórico presentan como criterio normativo para desatascar las decisiones trascendentales de la vida, lo que implica el abandono de la tribu y el abrazo al proyecto ilustrado cosmopolita europeo. La búsqueda de lo mejor para la mayoría o lo que la universalidad de los principios morales requiere por encima de los intereses egoístas personales o tribales ha sido siempre la propuesta meritocrática que servía para desmontar las redes clientelares basadas en los lazos familiares y el amiguismo.
Siempre se ha tendido a sospechar de lo que viene de fuera y a seguir lo que la tradición del lugar ha marcado. Por defecto se ha favorecido a lo nuestro por encima de lo que no lo es. No se ha tratado nunca como una obligación sino como un hecho que la opinión popular casi siempre ha dado por bueno. Existía, eso sí, una minoría crítica, tachada de afrancesada que cuestionaba estos comportamientos a partir de principios éticos, como los que hemos mencionado, que priorizaban criterios de objetividad y eficiencia.
La propuesta “españoles primero” parece demostrar la idea de que lo frecuente y lo que ha sido lo normal en el país en los ámbitos productivos y políticos está dejando de serlo, o por lo menos, así se siente en determinados sectores. “Españoles primero” expresa el reconocimiento del triunfo de unos ideales que nunca se han considerados como propios, los de la ilustración, y la necesaria reacción para restablecer el casticismo como lo que define un carácter reacio al cambio caiga quien caiga. ¿Significa que los hechos se han desnaturalizado al quedar impregnados de valores ajenos al espíritu del lugar? Lo que era natural, lo propio, se ha convertido en un valor, y estos valores, en un principio foráneos, finalmente dejan de serlo al encarnarse en contratos laborales que no miran el origen y en una ley que intenta regularizar lo que de hecho pasa y lo que no debería pasar, según los partidarios de poner por delante al español de aquí.
Ahora con ser solamente español no basta. ¿Tanto se ha desnaturalizado el ser español que para reivindicarlo se necesita de una normativa para reparar lo que se considera un desajuste moral y un oprobio nacional? ¿Quiere decir que los principios universalistas contra los que se definían los auténticos españoles finalmente se han colado por la puerta de atrás? ¿En qué momento se produjo esta inversión que nadie ha vislumbrado hasta ahora? ¿Cómo reaccionar ante la decadencia de lo autóctono, si hasta el equipo de futbol que mejor ha representado la esencia del país jugó unos cuartos de final de la Champions con un único jugador nacido en territorio español, aunque, maldita la gracia, sea internacional por Marruecos?
Tan convencido estaba lo español que lo suyo era atemporal que ni siquiera se rebajó para detectar la existencia de signos en el presente y en el pasado reciente que advertían de cambios inminentes. Arrogancia, señoritismo rancio, aristocratismo plebeyo, en fin, lo que la mejor literatura castellana en sus diferentes momentos dejó escrito … ¿Cómo pretender ser los primeros si se pasaron lustros siendo los últimos de la clase? ¿A alguien le ha sorprendido realmente semejante decadencia? Puestos a mal pensar se debería acusar con pruebas a quienes dirigen los hilos de esta conspiración. ¿Y si pecaron de ingenuos cuando pensaron que apelando a sus apellidos (siete u ocho) era suficiente para inmunizarlos del gran reemplazo que está por venir? La política implícita de la “prioridad nacional” es la de hacer lo posible para considerarlos “dignos” de ser considerados como una especie que debe ser protegida, aunque no hayan hecho ningún mérito para ello, simplemente han interpretado, y quieren continuar interpretando, el mismo guion redactado hace mucho tiempo, lo que les hace aparecer como los personajes viejunos que aparecen en las fotos de color sepia de ese pasado al que la historia nos aconseja mejor no repetir.
Barcelona, 30 de abril de 2026
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