Trencar el sistema, trencar aparells (Donna Haraway)

Donna Haraway





Oí por primera vez la palabra cíborg en plena guerra de Vietnam. El entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, instaló en Honolulu el frente de batalla electrónica y yo entonces daba clase en la Universidad de Hawái. El origen militar del cíborg estaba presente para mí como activista, como bióloga y como intelectual. Más tarde, un estudiante que estuvo en el Ejército me contó que el término cíborg había sido acuñado durante la carrera espacial, en el esfuerzo por llevar al hombre a la Luna, y que el mejoramiento de los seres humanos —con tests en simios con implantes de dispositivos que controlan el azúcar en sangre o señales neuronales— formaba parte de ese mismo horizonte tecnológico: el modelo animal mejorado tecnológicamente. El cíborg para mí nunca fue simplemente una máquina, sino una conjunción de carne y tecnología digital.

Nunca fui antitecnológica. La tecnología es la organización funcional del mundo. Pero el grado en que la tecnología estaban siendo puesta al servicio de una construcción del mundo militarizado y dominado por los hombres era un problema enorme para el pensamiento feminista. Quise habitar ese terreno, retorcerlo, desmilitarizarlo. El Manifiesto cíborg estaba en alianza con mis amigas ecofeministas, pero sin adoptar la posición antitecnológica que predominaba entonces —y por buenas razones—. Yo quería defender una postura feminista cíborg.

Me gustaría mencionar que a mí me gusta cuando la tecnología falla. Estas tecnologías que son tan valiosas fallan constantemente. Fallan al menos tanto como nosotros. Es importante recordarlo. Son momentos de lucidez: en las condiciones de ruptura es cuando surge la posibilidad de la comprensión. No obtenemos nuevas ideas cuando las cosas funcionan. Las obtenemos cuando las cosas se rompen. De ahí emerge la posibilidad de cambio. Es solo una de las razones por las que creo que la gente resiste. Yo ahora mismo estoy implicada con personas que intentan impedir la construcción de más centros de detención para inmigrantes antes de ser deportados. Al resistir, intentamos hacer que falle todo el aparato, de forma que abra en el mundo la posibilidad de que ocurra algo distinto. Intentamos hacer colapsar los sistemas de opresión para que, desde el vientre del monstruo, puedan surgir nuevas posibilidades. Creo que el movimiento por los derechos civiles hace eso con enorme lucidez.

Soy partidaria de una IA lenta, de desarrollarla solo en la medida en que haya relaciones energéticas sostenibles, relaciones ecológicas sostenibles y una reorganización creativa del trabajo. Estoy a favor de una IA lenta, integrada en la construcción del mundo en el que creo. Y no de la IA rápida a la que hoy nos están sometiendo.

Todo el tiempo me describen como poshumanista, pero me resisto a esa etiqueta. Hay pensadores a los que me siento cercana —como la filósofa italiana Rosi Braidotti— que asumen con gusto ese distintivo. Yo estoy más en el compost, en los estratos, en la materia que se descompone, en el calor del montón de compost en putrefacción; desde ahí es desde donde pienso.

Para mí el feminismo trata de romper el género, no de reforzarlo. Trata de entender que las categorías de género están hechas —no inventadas sin más, sino construidas— y que podrían ser de otra forma: menos violentas y binarias, más abiertas y hospitalarias. Y que la fluidez de género, y una cierta… digamos, soberanía sobre el propio cuerpo —aunque soy cautelosa con esa palabra—, son importantes. El género tiene una historia evolutiva, y hoy esa fluidez es muy intensa: los ríos fluyen con fuerza. El feminismo forma parte de ese río. Las feministas que quieren fijar y definir el género, saber de antemano lo que es —esto y no aquello—, creo que cometen errores con las categorías, en las políticas y me opongo a sus propuestas. Aun así, las sigo leyendo. Me niego a cancelarlas. 

Carmen Pérez-Lanzac, entrevista a Donna Haraway: "Vivimos en un mundo protonatalista y antiinfancia ...", El País 30/05/2026




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