Vergonya epistèmica.
Unos párrafos para introducir y reflexionar sobre un (dos) concepto(s) de epistemología política: vergüenza y desvergüenza epistémica.
Los griegos consideraban que el ideal de vida plena, florecimiento o eudaimonía se definía por una vida orientada por lo kalón kai agathós. Lo agathós es lo bueno, noble, valioso. Kalón es más complicado de saber qué significaba para los griegos. Está relacionado con lo estético y hace referencia a lo bello, pero su extensión en mucho mayor. Una posible traducción es lo honorable, en el sentido en que en el Banquete, uno de los personajes sostiene que además de las cosas buenas que buscamos en la vida, una persona debería avergonzarse por lo que es vergonzoso y honrar lo que es honorable. Ambas cosas están muy relacionadas con la identidad práctica (y en mi caso epistémica): la vergüenza es la reacción a la exposición ante otros del yo cuando se ha hecho algo que no merece el respeto de aquellos. Lo honorable tiene una dimensión externa, la de las cosas que deben ser honradas y tiene además y sobre todo una dimensión interna, la del autorrespeto que deriva del respeto que se concede a quien lo merece y que es reivindicado también cuando se está tranquilo por la propia conducta. Lo honorable se relaciona con lo kalón y una vida así orientada es la que merece honra, respeto, autoridad. No en el sentido premoderno de las sociedades del honor, sino en el mucho más interesante que une el honor y la vergüenza con la idea de autoridad ante otros y ante sí.
Bien: una dimensión central de la vergüenza es la vergüenza epistémica, la que se siente cuando uno no alcanza los estándares que otros esperan de su palabra, conocimiento, experticia o simple expresión de sus creencias y pensamientos. Podemos considerarla en primera persona cuando decimos "mírame a los ojos y dime si me quieres". El "mírame a los ojos..." que le exigimos a nuestros hijos en la niñez y adolescencia es un modo de educación de la vergüenza epistémica en segunda persona. Y tiene una dimensión tertiodimensional, como es el autorrespeto por el modo en que respondemos a las demandas epistémicas de los demás cuando nos preguntan, piden consejo, o acuden a nuestra experiencia y conocimiento. La vergüenza epistémica es la que se siente cuando se siente que la autoridad propia epistémica está amenazada por nuestra torpeza.
La desvergüenza epistémica es, claro, lo contrario: la falta de sentido del honor y autoridad epistémica. La del artista o literato (en sentido inclusivo de género, disculpas) que se abandona al gusto comercial y pierde la tensión creativa; la del periodista que se somete a las líneas ideológicas de la empresa que le paga y deja de importarle la investigación, la evidencia, los hechos: la del científico o intelectual que orienta su carrera a la publicación por la publicación sabiendo de la irrelevancia y superficialidad de lo que escribe, que copia sin citar o que pierde todo sentido de la relevancia. No hablaré de la política, pero podríamos seguir.
Hay tiempos en que la desvergüenza epistémica se extiende por la sociedad del modo que la suciedad en los parques: porque nadie se ocupa de limpiarla, porque a nadie le importa y porque una gran multitud de gentes parecen estar conformes con esa forma de identidad en que el poder y la ambición sustituyen a la autoridad, el autorrespeto y la honra.
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