Sandel contra Rawls


Michel Sandel



John Rawls en Una teoría de la justicia, muy influyente obra de 1971 donde el filósofo norteamericano –también un Harvard man– presentaba una versión renovada del hipotético estado de naturaleza al que habían recurrido los pensadores ilustrados: situados tras un “velo de ignorancia”que impide al individuo saber cuáles son sus circunstancias personales y sociales, ¿qué clase de arreglo social elegiríamos? Rawls deduce lógicamente que escogeríamos una mezcla de libertad y redistribución: un mejoramiento de los más desfavorecidos compatible con iguales oportunidades de todos. En materia de moralidad pública, como dejó claro en Liberalismo político casi veinte años después, Rawls opta por la neutralidad: evitemos discutir sobre asuntos metafísicos y lleguemos a acuerdos políticos que nos permitan convivir pacíficamente.

Michel Sandel rechaza el método rawlsiano. El filósofo nos recuerda que el sujeto real que forma parte de las comunidades políticas existentes tiene identidad, apegos, emociones e intereses que no desaparecen tan fácilmente: no es una abstracción que juzga “desde ninguna parte”, por tomar la expresión que da título al libro del filósofo Thomas Nagel. También las feministas tomaron ese camino, reprochando a Rawls que presente un esquema “ciego al género”. El individuo en la posición original, situado tras el velo de ignorancia, resulta ser un ente abstracto típicamente masculino, lo que quiere decir racional y emancipado de cualquier relación social. En suma, no podemos decidir tras el velo de ignorancia: tras el velo de ignorancia no hay nadie.

Esta crítica siempre me ha parecido desconcertante, ya que afea a Rawls precisamente aquello que dota de originalidad y fuerza a su planteamiento. Porque ya sabemos que los individuos tienen apegos, emociones e identidades; lo sabemos porque comprobamos a diario que tales apegos, emociones e identidades condicionan sus posiciones sobre eso que Rawls llama “estructura básica de la sociedad”. Se trata justamente de neutralizar la influencia de nuestros rasgos personales para así poder consensuar el diseño imparcial de una sociedad bien ordenada en la que –por cierto– lo justo tiene prioridad sobre lo bueno. Para ello, nada mejor que razonar como si nuestros apegos, emociones e intereses quedasen fuera del proceso de decisión correspondiente. Ya sabemos que los seres humanos no son así; finjamos que lo son si eso nos permite llegar a conclusiones acertadas sobre la mejor manera de organizar la vida social.

...si uno abre las páginas de Una teoría de la justicia se encontrará con el principio según el cual “las desigualdades sociales y económicas deben ajustarse de manera que redunden en el mayor beneficio de los menos aventajados”. Más aún: Rawls considera que el autorrespeto es un valor ineludible y que las bases sociales del respeto son un bien primario fundamental; la estructura básica de la sociedad debe garantizar que el estatus de los ciudadanos no sea denigrante. Rawls mismo escribió un año antes de su muerte, revisando su teoría, que esta última se situaba a la izquierda del bienestarismo estatal ortodoxo. Y todo esto, dicho sea de paso, lo escribe Rawls en Estados Unidos y no en Francia, lo que supone abogar por un aumento del gasto social en un país cuyos habitantes toleran las desigualdades con mayor facilidad que los europeos. Es verdad que Rawls sanciona el derecho de cada persona a disfrutar del “más amplio sistema total de libertades básicas iguales”, lo que incluye el derecho de propiedad. Pero de alguna parte tiene que venir la riqueza que el Estado redistribuye con mayor o menor acierto; si terminamos haciendo una lectura “neoliberal” de Rawls, desembocamos en La Habana o abrazamos el decrecimiento.

Por otra parte, los llamamientos de Sandel al comunitarismo cívico no están exen


tos de problemas que su contraparte Rawls –no digamos su coetáneo Rorty– trató de sortear con plena conciencia de los mismos. Dice Sandel, inclinándose hacia el republicanismo, que tenemos que discutir en la esfera pública sobre asuntos morales sustantivos en vez de limitarnos a buscar acuerdos políticos que dejen los problemas metafísicos a un lado; y defiende una sociedad donde ejerzamos como “ciudadanos deliberantes”. Sostener tal cosa a la vista del estado de la deliberación en la esfera pública contemporánea se antoja, con todo, extravagante; ya vemos en qué ha quedado el ciudadano deliberante de corte habermasiano una vez que se han abierto las puertas del campo. El ascenso de los extremismos prueba que la democracia agonista –que viene a ser la que pide un Sandel empeñado en que discutamos sobre asuntos morales sustantivos al margen de cualquier consenso heredado– no conduce a un mayor entendimiento entre partidos y ciudadanos, sino más bien en la dirección contraria.

Manuel Arias Maldonado, Del liberalismo y sus escépticos en la hora crítica de Occidente, Letras Libres 19/02/2026

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