El present de la promesa digital (César Rendueles)





La materialización de la promesa digital no ha sido el internet de las cosas, ni siquiera una fantasía ciberpunk, sino algo mucho más cutre y penoso: recuerda a Berlusconi y sus Mama Chicho antes que a Neuromante. Los coches Tesla parecían el precedente inmediato de los vehículos voladores de la ciencia ficción. Sus dueños descubrieron que conducían una chatarra hortera y propensa a incendiarse ideada por un millonario supremacista con delirios paranoides. Es difícil pensar en una mejor escenificación de este giro grotesco del espacio digital que la investidura presidencial de Trump. En la mitología ciberutópica los nerds de Silicon Valley eran chicos tímidos pero brillantes que no sabían bien qué hacer con sus millones y seguían vistiendo sudaderas con capucha. El progresivo acercamiento de los ciberoligarcas al estilo de vida, valores y aspecto de un proxeneta de Las Vegas les valió un puesto de privilegio en la ceremonia de toma de posesión de Trump: literalmente por delante de los ministros del Gobierno.

La crisis de la covid-19 fue el hito histórico de este giro posutópico de nuestra sensibilidad tecnológica que surgió de la aceleración digital. En apenas semanas, se exigió a las administraciones públicas y a toda clase de empresas que desarrollaran buena parte de sus actividades en la red. Facebook, Instagram y WhatsApp (de la misma compañía) reemplazaron muchos de los espacios de socialización tradicionales. Netflix y Spotify sustituyeron nuestras salas de cine y de conciertos. Las oficinas y reuniones se distribuyeron por cientos de miles de hogares conectados por una tupida red de apps privadas. Fue un experimento social ambiguo que mostró las limitaciones del proyecto de digitalización generalizada. (…) Empezamos a vivir internet cuando nos prohibieron salir de nuestras casas. Y la extrema derecha española supo capitalizar la rebelión contra esa ortopedia tecnológica insoportable: no solo mediante el negacionismo más burdo, sino a través de una apología trivial de la sociabilidad (las “terrazas” y las “cañas”).

Las versiones digitales de la educación o de distintas expresiones artísticas (…) se mostraron como simulacros pobres, a años luz de las promesas de realidad virtual aumentada. La pandemia nos enseñó la realidad tecnológica en la que ya vivíamos: para continuar con nuestra vida social y profesional, para acceder al ocio, a la cultura o a la educación era imprescindible aceptar las condiciones impuestas por grandes corporaciones tecnológicas. El núcleo de la sociedad digital existente se nos mostró sin tapujos: un entramado monopolista que permite a inmensas empresas privadas controlar infraestructuras fundamentales tanto de la actividad productiva como de nuestra vida en común, y que nos ofrece a cambio una sucesión interminable de tenebrosas videoconferencias y relaciones tóxicas en las redes sociales.

La cuestión no es solo que la derecha, sobre todo la extrema, haya ejercido un monopolio implacable —con excepciones, como la oleada feminista de 2017— sobre la capacidad de la tecnología digital para marcar la agenda política. El problema es que las redes sociales existentes se adaptan mucho mejor al programa iliberal que a un proyecto emancipador. Cuanto más disparatada sea la campaña, cuanto menos dependa de la construcción de lazos políticos sólidos, mejor es la relación entre esfuerzo invertido y resultados. Dedicando una hora al día a Twitter puedes convencer a millones de que la Tierra es plana y de que Hillary Clinton participa en una red de pedofilia satánica en una pizzería de Washington. Hacen falta vidas enteras de huelgas y asambleas para convencer a la gente de que el jefe que los explota es un explotador.

Durante la primera década del siglo XXI, el problema tecnopolítico por antonomasia era cómo aprovechar la potencia emancipadora del tipo de identidades débiles y fluidas que parecían consustanciales a internet. La neorreacción contemporánea ha cambiado las reglas del juego. Nos ha mostrado que internet es compatible con identidades políticas excesivamente fuertes, capaces de proliferar, como organismos extremófilos, en entornos sociales frágiles. Este narcisismo digital ha crecido en el caldo primigenio de la derecha radical, pero se ha expandido a los campos políticos progresistas. En cualquiera de sus versiones —neoestalinista, tránsfoba, conspiranoica, ecocolapsista…—, el trumpismo de izquierdas es un virus político agresivo que se caracteriza por un marcado sentido de agravio, una búsqueda casi patológica de liderazgos fuertes y una participación política intensa pero muy individualizada en la que, necesariamente, las redes digitales desempeñan un papel fundamental.

Tal vez lo más llamativo es lo sencillo que ha sido este proceso de transformación de la utopía en distopía tecnológica. Lo familiar y coherente que nos ha resultado esta situación de indefensión colectiva y dependencia digital extrema. La razón, en parte, es la casi completa desaparición del movimiento de la cultura libre, que ha naturalizado la percepción de la tecnología como una demoniaca caja negra económica y política. Comparados con los impenetrables dispositivos actuales o las plataformas y las redes sociales —de Amazon a TikTok, pasando por YouTube—, Microsoft o los DRM [la gestión de los derechos digitales] parecen casi expresiones amables de un capitalismo corporativo de rostro humano.

César Rendueles, La utopía tecnológica devino en distopía, El País 03/02/2026

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