Gènere, precarització i ressentiment.






El ascenso del antifeminismo se suele explicar habitualmente como reacción a una “pérdida de privilegios”. Sin embargo, se entiende mejor el fenómeno si hablamos de estatus, es decir, de la posición que ocupa un individuo o grupo en la jerarquía social y que tiene que ver con cuestiones como el reconocimiento y el valor que otros le atribuyen. Aunque la falta de reconocimiento social tiene efectos en las condiciones de trabajo y de vida, no se trata aquí únicamente de recursos materiales, sino de dignidad social percibida. Hablamos del sentimiento de que uno es tenido en cuenta, de que su existencia y contribución son valoradas por la comunidad. Por ejemplo, determinados obreros industriales en los años setenta podían ganar lo mismo que hoy pero gozaban de mayor reconocimiento social; reconocimiento que se habían ganado a pulso mediante la organización y la lucha. Tenían además una identidad colectiva marcada y un sentido de dignidad y de pertenencia que les permitía formar parte de un movimiento obrero fuerte y con influencia social.

Los procesos de pérdida de estatus se relacionan con el apoyo a la derecha radical, aunque no sea el único factor relevante. Y esa pérdida no requiere empobrecimiento real, basta con la percepción de que otros ganan terreno mientras tú te estancas, o de que las reglas del juego cambian y la sociedad ha dejado de valorarte. La politóloga Arlie Hochschild documentó este fenómeno en su estudio sobre los votantes de Trump, Extraños en su propia tierra, donde mostraba que la sensación de que algunas minorías, las mujeres o los inmigrantes “se estaban colando” generaba fuertes sentimientos de rabia y enfado, incluso aunque no hubiese pérdida económica objetiva. Si la hay, estos sentimientos se recrudecen. Esos malestares, esa sensación de desposesión simbólica, son combustible político de primer orden para las extremas derechas que buscan llenar ese vacío, ya sea mediante una compensación identitaria: estás explotado, o no cuentas, pero eres español o estadounidense –y eso es algo “valioso y exclusivo”–; o bien transformando la rabia e impotencia en odio o resentimiento.

Las actuales crisis de estatus tienen una dimensión de género ineludible. De hecho, el género es un elemento central de la construcción de jerarquías sociales. Mediante él se establecen escalas de valor en los sistemas patriarcales –divide, por ejemplo, el trabajo en remunerado y no remunerado, el espacio público y privado y asigna cada uno de estos elementos a un género–. Por eso las actuales crisis de estatus, espoleadas desde hace décadas por el impulso de la posición social de las mujeres, tienen una dimensión de género ineludible. Como explica la socióloga Alice Evans, hay bastantes casos que indican que, cuando los hombres se enfrentan a condiciones de trabajo peores, con menores salarios o con menor reconocimiento o a periodos de desempleo largos, a menudo responden con una agudización del sexismo. Este puede expresarse como una cuestión discursiva, cultural o de valores, de autoafirmación, pero incluso puede adoptar la forma de violencia machista cuando se añade a problemas de adicciones o de salud mental, que a menudo son el resultado de estos procesos sociales de empobrecimiento. Así, el fenómeno de la reacción masculina ante la pérdida de estatus económico es un patrón que se observa en muchas sociedades. Este es también un vehículo de derechización, que en parte explica por qué en muchos países occidentales los hombres simpatizan más con las opciones reaccionarias que las mujeres, que tienden a apoyar más opciones progresistas, la llamada “brecha política de género”.

Aunque la clase obrera no es necesariamente la principal base electoral de los partidos de derecha radical, algunos antiguos distritos obreros en declive sí muestran considerable apoyo a estas opciones. En Francia, las antes potentes regiones industriales del norte que votaban al Partido Comunista hoy lo hacen mayoritariamente por Marine Le Pen. Podemos observar fenómenos similares también en comunidades mineras donde la automatización eliminó trabajos tradicionalmente masculinos, o en áreas rurales donde la agricultura industrializada redujo la demanda de trabajo manual.

El proceso de desindustrialización suprimió millones de empleos manufactureros, muchos hombres perdieron sus trabajos y no fueron capaces de encontrar otros. Como consecuencia, aumentaron de forma radical los problemas de salud mental, los suicidios y el consumo de drogas. También apareció una retórica fácil que vincula la inmigración y el feminismo con esta pérdida de empleos; y siempre es mejor estar enfadado con alguien que estar triste. Aquí floreció gran parte del resentimiento y de la solidaridad negativa (“si estoy mal, creo que otros también deberían estarlo”), emociones que se asocian con el ascenso de las derechas radicales y el panorama político actual. Y el antifeminismo es una buena pasarela.

Hay investigaciones que constatan una fuerte correlación entre desempleo masculino y un aumento de las expresiones e incluso de los comportamientos sexistas. Así, los hombres estadounidenses que pierden su trabajo muestran mayores tasas de oposición al aborto, compran más armas y expresan mayor rechazo a las mujeres políticas. Estos varones que se sienten en posiciones injustas de desventaja tienden a abrazar formas abiertas de sexismo, dice Evans.

Las desigualdades se viven de forma profundamente generizada. La precariedad laboral, tener que vivir con los padres a los treinta, la falta de horizonte vital… todo eso se experimenta como fracaso personal, pero específicamente como fracaso en tanto que hombre. Las expectativas han cambiado bastante, pero si el modelo del hombre proveedor ya no es el ideal, ese modelo no ha sido sustituido por otro alternativo, más allá de la imagen de éxito asociada al dinero, inalcanzable para la mayoría. No se han ampliado las vías de adquisición de respeto social. Más bien estas se han reducido a medida que aumentaba el individualismo, se desintegraba el mundo obrero y la cultura a la que daba forma, se debilitaba la lucha política y, por tanto, crecían la explotación y la pobreza mientras se desmontaba el estado del bienestar que había sido consecuencia de esa fuerza acumulada. De manera que, en contextos de depauperación creciente, algunos de estos hombres pueden apostar por reforzar los roles de la masculinidad más explícitamente sexista como vía para restaurar su estatus. Pero ese dolor podría tener otras traducciones y otras salidas: podría convertirse en lucha colectiva contra quienes realmente destruyen sus vidas. La disputa por el sentido del malestar es el terreno político central de nuestro tiempo. Porque la rabia está ahí, solo falta dirigirla hacia los que hacen negocio de la explotación y sus comparsas políticas.


Nuria Alabao, Desindustrialización y nostalgia, ctxt 21/01/2026

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