Quan la llibertat és un problema (Plató)




Leer a Platón después del siglo XX es hacerlo bajo sospecha. La República ya no es sólo un ejercicio filosófico sino un artefacto retrospectivamente peligroso, un texto que parece haber ensayado algunas de las coreografías mentales que más tarde adoptarían los regímenes autoritarios. No porque Platón fuera un fascista avant la lettre, sino porque pensó el orden con una radicalidad que convierte la libertad en un problema, no en un punto de partida.

La ciudad platónica no se funda en la pregunta “¿cómo vivir juntos siendo libres?”, sino en una más inquietante: “¿cómo evitar que la multitud se destruya a sí misma?”. La política nace allí como pedagogía forzada, como una inmunología social destinada a proteger a la polis de su propio caos. El resultado es conocido: una república sin ciudadanos en sentido moderno, habitada por funciones, castas del alma, especialistas del bien. El individuo no es sujeto sino síntoma.

Desde esta perspectiva, el parentesco estructural con el fascismo no está en la violencia explícita —Platón es demasiado aristocrático para eso— sino en la desconfianza radical hacia la espontaneidad. El pueblo, dejado a su suerte, degenera; la libertad, sin tutela, se corrompe en licencia; la opinión, sin guía, se vuelve ruido. El filósofo-rey aparece entonces como una figura proto-tecnocrática: alguien que sabe mejor, y por lo tanto decide mejor, incluso cuando decide contra la voluntad de los gobernados.

Pero sería un error cómodo leer la República como un simple manual autoritario. Platón no quiere dominar cuerpos sino alinear almas. Su proyecto es una psicopolítica temprana: una arquitectura del interior humano proyectada sobre el espacio urbano. En ese sentido, el fascismo moderno es menos platónico de lo que parece: allí donde Platón aspira a la armonía, el fascismo se alimenta del exceso, de la movilización permanente, del ruido emocional. Platón quiere silencio formativo; el fascismo, griterío sincronizado.

La libertad, en Platón, no desaparece: se redefine hasta volverse irreconocible. No es libertad de elegir, sino libertad de cumplir con la propia esencia. Se es libre cuando se obedece a la parte mejor de uno mismo, incluso si esa obediencia viene impuesta desde fuera. Aquí se revela el núcleo problemático: la coincidencia forzada entre verdad y poder. Cuando alguien afirma saber qué es lo mejor para todos, la libertad deja de ser un riesgo compartido y se transforma en un error que hay que corregir.

Platón inaugura una tradición de circuitos cerrados: mundos bien climatizados donde el sentido está garantizado al precio de la exclusión. El fascismo hereda esta lógica, pero la vulgariza. Donde Platón ofrecía ascenso intelectual, el fascismo ofrece identidad; donde había formación del alma, hay mitología del nosotros. Ambos comparten, sin embargo, una alergia profunda a la intemperie liberal.

Tal vez la pregunta no sea si Platón conduce al fascismo, sino qué hacemos hoy con ese deseo persistente de ser gobernados por quienes “saben”. En una época cansada de libertad —de su incertidumbre, de su ruido, de su responsabilidad— la tentación platónica reaparece con nuevos disfraces: expertos, algoritmos, sistemas que prometen orden sin conflicto. La República vuelve entonces no como libro antiguo, sino como incómodo reflejo.

La lección no es cancelar a Platón, sino leerlo como advertencia: toda política que aspire a curarnos de la libertad termina enfermándonos de obediencia.

Juan Miguel Pozo, Platón y el fascismo: República y libertad, Imbéciles 02/01/2026

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