Atenció parcial continua.
Una persona puede realizar tareas más complejas con un cuaderno y papel a mano que sin ellos: la mayoría de las personas no pueden calcular 53.683 dividido por 7 en su cabeza, pero podrían intentar hacer una división larga en papel. No podría haber dictado este artículo, pero escribir me ayudó a organizar y aclarar mis pensamientos. Como seres humanos, somos muy buenos en lo que los expertos denominan “descarga cognitiva”, es decir, utilizar nuestro entorno físico para reducir nuestra carga mental, lo que a su vez nos ayuda a realizar tareas cognitivas más complejas. Imagínate lo difícil que sería funcionar cada día sin un calendario o recordatorios en el teléfono, o sin Google para recordarlo todo por ti. En el mejor de los casos, las personas inteligentes que trabajan en colaboración con máquinas inteligentes lograrán nuevas hazañas intelectuales y resolverán problemas difíciles: ya estamos viendo, por ejemplo, cómo la IA puede ayudar a los científicos a descubrir nuevos medicamentos más rápidamente y a los médicos a detectar el cáncer de forma más temprana y eficaz.
La complicación es que, si la tecnología realmente nos está haciendo más inteligentes, convirtiéndonos en máquinas eficientes de procesamiento de información, ¿por qué pasamos tanto tiempo sintiéndonos tontos?
El año pasado, 'brain rot' (podredumbre cerebral) fue nombrada la palabra del año por Oxford, un término que abarca tanto la sensación específica de estupidez que nos invade cuando pasamos demasiado tiempo navegando por basura en Internet como el contenido corrosivo y agresivamente tonto en sí mismo, los memes sin sentido y el galimatías de la IA. Cuando sostenemos nuestros teléfonos, en teoría tenemos la mayor parte del conocimiento acumulado del mundo al alcance de la mano, así que ¿por qué pasamos tanto tiempo arrastrando nuestros ojos por basura?
Una de las cuestiones es que nuestros dispositivos digitales no han sido diseñados para ayudarnos a pensar de forma más eficiente y clara; casi todo lo que encontramos en Internet ha sido diseñado para captar y monetizar nuestra atención. Cada vez que coges el teléfono con la intención de realizar una tarea sencilla, discreta y potencialmente enriquecedora, como consultar las noticias, tu cerebro primitivo de cazador-recolector se enfrenta a una industria tecnológica multimillonaria dedicada a desviarte de tu objetivo y mantener tu atención, pase lo que pase. Para ampliar la metáfora de Christodoulou, del mismo modo que una de las características de una sociedad obesogénica son los desiertos alimentarios —barrios enteros en los que no se puede comprar comida saludable—, gran parte de Internet son desiertos informativos, en los que el único alimento disponible para el cerebro es basura.
A finales de los años 90, la consultora tecnológica Linda Stone, que trabajaba como profesora en la Universidad de Nueva York, se dio cuenta de que sus alumnos utilizaban la tecnología de forma muy diferente a sus colegas de Microsoft, donde también trabajaba. Mientras que sus colegas de Microsoft eran disciplinados a la hora de trabajar con dos pantallas —una para el correo electrónico, por ejemplo, y otra para Word o una hoja de cálculo—, sus alumnos parecían intentar hacer 20 cosas a la vez. Acuñó el término “atención parcial continua” para describir el estado estresante e involuntario en el que a menudo nos encontramos cuando intentamos alternar entre varias actividades que exigen un gran esfuerzo cognitivo, como responder a correos electrónicos mientras estamos en una llamada de Zoom. Cuando oí por primera vez este término, me di cuenta de que, como la mayoría de las personas que conozco, vivo la mayor parte de mi vida en un estado de atención parcial continua, ya sea mirando con culpa mi teléfono cuando debería estar jugando con mis hijos, o distraída incesantemente por mensajes de texto y correos electrónicos cuando intento escribir, o tratando de relajarme mientras veo Netflix y simultáneamente hago la compra online,preguntándome por qué me siento tan relajada como una cena recalentada en el microondas.
La multitarea digital nos hace sentir productivos, pero a menudo es una ilusión. “Tienes la falsa sensación de estar al tanto de todo sin llegar nunca al fondo de nada”, me dice Stone. También te hace sentir permanentemente nervioso: un estudio que realizó reveló que el 80% de las personas experimentan lo que denomina “apnea de pantalla” cuando revisan sus correos electrónicos: se quedan tan atrapadas en las interminables notificaciones que se olvidan de respirar correctamente. “Tu sistema de lucha o huida se regula al alza, porque estás constantemente tratando de estar al tanto de todo”, dice, y esta hipervigilancia tiene un coste cognitivo: nos hace más olvidadizos, peores a la hora de tomar decisiones y menos atentos.
La atención parcial continua ayuda a explicar tanto el deterioro cerebral como el estado mental —porque ¿qué es sino una sobrecarga cognitiva, el punto en el que dejas de resistirte al aluvión de distracciones digitales y permites que tu cerebro descanse en las cálidas y turbias aguas de Internet?— como la existencia misma de la basura online. Al fin y al cabo, lo que importa a las empresas tecnológicas desde el punto de vista financiero no es que quieras leer lo que estás leyendo, o que te encante lo que escuchas o lo que estás viendo, sino que no quieras o no puedas alejarte. Por eso los servicios de streaming como Netflix producen películas insulsas y basadas en fórmulas y recetas que se etiquetan eufemísticamente como “visionado casual” y están diseñadas literalmente para espectadores que no están realmente viendo, y las listas de reproducción de Spotify están llenas de música genérica de archivo de artistas falsos, para proporcionar música de fondo, ambientes 'Chill Out' o 'Party', para oyentes que no están realmente escuchando. En resumen, el Internet moderno no te convierte necesariamente en un idiota, pero sin duda te prepara para actuar como tal.
En medio de este clima ha llegado la IA generativa, con una oferta totalmente novedosa. Hasta hace poco, solo se podía externalizar a la tecnología el recuerdo y parte del procesamiento de datos; ahora se puede externalizar el propio pensamiento. Dado que pasamos la mayor parte de nuestra vida sintiéndonos sobreestimulados y agotados, no es de extrañar que muchos hayan aprovechado la oportunidad de dejar que un ordenador haga más cosas que antes hacíamos nosotros mismos, como escribir informes de trabajo o correos electrónicos, o planificar unas vacaciones. A medida que pasamos de la era de Internet a la era de la IA, lo que consumimos no solo es información de cada vez menor valor y ultraprocesada, sino también información que está esencialmente predigerida, presentada de una manera diseñada para eludir funciones humanas importantes, como evaluar, filtrar y resumir información, o considerar realmente un problema en lugar de limitarse a la primera solución que se nos presenta.
Sophie McBain, ¿Estamos viviendo una edad dorada de la estupidez?, eldiario.es 25/10/2025
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