La tirania d'allò quantificable i l'elogi de la dificultat.
Lo que importa es que estamos acosados por la ideología de maximizar el tener y minimizar el hacer. Esta ha sido durante mucho tiempo la narrativa del capitalismo y ahora también la de la tecnología. Es una ideología que nos roba las relaciones y las conexiones y, en última instancia, nuestro yo. Quiero defender estas cosas que se nos insta a abandonar. Este no es un ensayo sobre la IA en sí misma, sino sobre lo que se pierde cuando aceptamos sin pensar lo que nos ofrece la IA. Es un intento de describir y valorar precisamente lo que se pasa por alto o se devalúa.
Silicon Valley está lleno de tiranos de lo cuantificable. Durante décadas, sus oligarcas han predicado que nuestros criterios para lo que hacemos y cómo lo hacemos deben ser la conveniencia, la eficiencia, la productividad y la rentabilidad. Nos han dicho que salir al mundo, interactuar con los demás, es peligroso, desagradable, ineficiente, una pérdida de tiempo, y que el tiempo es algo que debemos atesorar en lugar de gastar.
Esto acaba significando que podemos minimizar nuestra presencia en el mundo y maximizar el tiempo que pasamos trabajando y conectados a Internet, lo que también significa maximizar la alienación y el aislamiento. Esto ha supuesto una reordenación de la sociedad hasta llegar a nuestros paisajes comerciales. Muchas cosas se han vuelto más difíciles de hacer en persona. Por supuesto, hay ventajas bien reconocidas, pero las desventajas no son menos reales: los espacios públicos y la vida pública se han marchitado, incluidos algunos de los lugares en los que antes adquiríamos nuestros bienes. Todos esos recados —comprar leche o calcetines (en el pasado, habría dicho el periódico)— significaban momentos de contacto humano, moverse entre desconocidos y hacer amistades, tal vez observar el tiempo y el mundo natural. Estas actividades significaban familiarizarse más con el entorno, sentirse como en casa más allá de los límites de lo que se alquila o se posee.
Aceptar la tiranía de lo cuantificable es descartar el sutil valor de estos actos cotidianos en el mundo y las formas en que generan y mantienen redes de relaciones.
Así que nos hemos retraído, mientras nos repetían constantemente que eso era bueno, y ha resultado ser malo en mil pequeños aspectos, debilitando la vida pública y las instituciones locales, aislándonos. El retraimiento crónico puede provocar un anhelo de contacto o, simplemente, una sensación de pérdida por su ausencia. Pero también puede conducir a otra cosa: una creciente incapacidad para lidiar con ese contacto. Puede transformar la sensación de que falta algo en aversión, entumecimiento o expectativas irreales sobre lo que debería ser el contacto humano.
Después de convencernos a muchos de que no queremos salir y tener contacto directo con otras personas, Silicon Valley ahora nos dice que no queremos pensar por nosotros mismos, crear o comunicarnos con otros seres humanos. “Nunca volverás a pensar por ti mismo”, decía un anuncio de un producto de inteligencia artificial llamado Cluely. El anuncio parecía confundido sobre lo que es pensar y ajeno a por qué podríamos querer hacerlo nosotros mismos. Estas empresas suelen sugerir que las cosas que siempre hemos hecho son demasiado difíciles de hacer.
El precio de renunciar a muchas actividades es la atrofia de la capacidad para realizarlas. La socióloga y psicóloga Sherry Turkle, que ha seguido la evolución de las tecnologías informáticas desde la década de 1970, escribe que quería criar a un niño empático. “Sabía que sin la capacidad de pasar tiempo a solas en silencio, eso sería imposible. Pero ahí fue donde las pantallas empezaron a causarnos problemas. Nuestra capacidad para la soledad se ve socavada tan pronto como introducimos una pantalla”.
Quizás la capacidad de estar solo y de pensar y actuar por uno mismo, aunque rara vez se considere una actividad, es algo importante. (Entre las tristes historias sobre la adopción de la IA que encontré, había una en The Atlantic sobre un hombre que “consulta a la IA para obtener consejos sobre el matrimonio y la crianza de los hijos, y cuando va a comprar al supermercado, toma fotos de las frutas para preguntar si están maduras”. La madurez es algo que se puede juzgar por el olor y el tacto, así como por la apariencia, pero si se externaliza durante mucho tiempo, tal vez se olvide cómo tomar decisiones o cómo debe oler y saber una fruta madura).
En 2025, la startup Cluely comercializó su asistente de IA con un anuncio en el que aparecía un joven con unas gafas inteligentes, similares a las que aparecieron por primera vez como Google Glass en 2014 (otras empresas ofrecen ahora gafas con esta función, entre ellas Meta). Las gafas de este tipo, que tienen acceso a Internet y pantallas diminutas, funcionan partiendo de la premisa de que, a lo largo del día, necesitamos ayuda constante, externalizar decisiones básicas, comprobar datos, que nos recuerden citas... En esencia, que nuestro dispositivo nos haga de niñera.
En el anuncio de Cluely, el joven (que en realidad es uno de los creadores del producto) recibe un flujo constante de indicaciones para hablar con una joven en su primera cita. Gran parte de lo que ofrece la tecnología son soluciones a problemas que no existen o a problemas que deben resolverse por otros medios. ¿Por qué el joven es incapaz o tiene miedo de hablar sin ayuda? ¿Está realmente hablando con su cita o está repitiendo instrucciones? ¿Cómo se sentiría ella si supiera que está hablando con un algoritmo a través del teléfono de su distraído acompañante? Con el uso continuado, él puede llegar a ser aún menos capaz de hacer lo que todos hemos hecho desde siempre: conversar, que es un acto de improvisación colaborativa.
El objetivo de una cita es, presumiblemente, conectar, pero en esta interacción se replantea como algo parecido a una oportunidad de negocio. Él quiere impresionar a la chica, pero si ella queda impresionada, no será con él. Ned Resnikoff escribe en su boletín, coincidiendo con Turkle: “La promesa explícita de Cluely es abolir la soledad y, en efecto, abolir el pensamiento. Todo diálogo con uno mismo será sustituido por consultas realizadas a un gran modelo lingüístico”.
En su encarnación actual, la tecnología sostiene que podemos externalizar incluso el trabajo intelectual a la IA. Esto ha dado lugar a una epidemia de trampas, ya que los estudiantes utilizan ChatGPT para hacer sus deberes. Dejar que un gran modelo lingüístico haga tu trabajo creativo e intelectual es quizás el ejemplo más extremo de prescindir del proceso y quedarse con el producto. Pero en la educación, el producto final no es tu trabajo de fin de curso, tu ensayo o tu nota media, sino tú mismo. Se supone que debes salir más informado, más capaz de pensar críticamente, más competente en tu campo de estudio. Los estudiantes que comienzan engañando a sus profesores terminan engañándose a sí mismos.
La tiranía de lo cuantificable pisotea la cuestión de qué obtenemos al hacer el trabajo, por qué podríamos querer hacerlo, cómo la escritura —que es principalmente pensamiento— puede formar parte del desarrollo del yo, de una visión del mundo, de un conjunto de valores éticos, de una mayor capacidad para comprender y utilizar el lenguaje.
Las empresas de Silicon Valley nos reclutan constantemente para que adoptemos sus objetivos y su lenguaje. Los capitalistas corporativos nos enseñan a ser más como ellos, a valorar la eficiencia y la rentabilidad y a olvidarnos de los valores que al final podrían ser más importantes. Carecemos del lenguaje que nos permita apreciar lo arduo, lo incómodo, lo lento y errante, lo impredecible, lo vulnerable o arriesgado, lo íntimo, lo encarnado.
Quiero elogiar la dificultad, no por sí misma, sino porque gran parte de lo que queremos lo conseguimos a través de esfuerzos que son difíciles. La dificultad es la razón por la que hacer algo es gratificante; has logrado algo, has realizado un esfuerzo y has demostrado tu habilidad, has perseverado ante las dificultades, has puesto a prueba tus límites, has cumplido tus propósitos... o, a veces, has fracasado en todo ello, y eso también puede ser importante, al igual que aprender a sobrevivir al fracaso. No tiene mucho sentido comer patatas fritas en el sofá a menos que hayas superado grandes dificultades para llegar hasta él, en cuyo caso el sofá se encuentra en la cima de una montaña metafórica. (Por supuesto, algunas dificultades son simplemente miserables y no hay razón para no evitarlas: no estoy abogando por adoptar el estilo de vida de los campesinos medievales).
En esta época, la gente parece valorar la búsqueda de la dificultad física en forma de hazañas deportivas y ejercicio físico. Al mismo tiempo, los trabajos más exigentes desde el punto de vista emocional y moral suelen ser descartados o eludidos (quizás porque los resultados no son tan evidentes como unos abdominales marcados). Se nos convence de que debemos evitarlos y luego se nos ofrecen una serie de productos y servicios para hacernos la vida más fácil.
Pero la dificultad puede ser gratificante, y la facilidad total puede ser corrosiva y, al final, miserable. La agenda capitalista de maximizar lo que se obtiene y minimizar lo que se da tiene cierta aplicación en el comercio, pero empobrece la vida.
Rebeca Solnit, Lo que la tecnología le roba a nuestras vidas y cómo podemos recuperarlo, eldiario.es 31/01/2026
Comentaris