Quan les màquines poden pensar per tu.
Nataliya Kosmyna dedica gran parte de su tiempo a leer y analizar los estados cerebrales de las personas. Otro proyecto en el que está trabajando es un dispositivo portátil —un prototipo que parece unas gafas— que puede detectar cuándo alguien se está confundiendo o perdiendo la concentración. Hace unos dos años, comenzó a recibir correos electrónicos inesperados de desconocidos que le contaban que habían empezado a utilizar grandes modelos de lenguaje como ChatGPT y que sentían que su cerebro había cambiado como consecuencia de ello. Su capacidad para recordar parecía haber empeorado, ¿es eso posible?, le preguntaban. A la propia Kosmyna le había sorprendido lo rápido que la gente había empezado a confiar en la IA generativa. Se dio cuenta de que sus compañeros de trabajo utilizaban ChatGPT en el trabajo, y había comprobado que las solicitudes que recibía de investigadores que esperaban unirse a su equipo parecían diferentes. Esos correos electrónicos eran más largos y formales y, a veces, cuando entrevistaba a los candidatos por Zoom, notaba que hacían pausas antes de responder y miraban hacia otro lado. Se preguntaba, sorprendida, si estaban utilizando una IA como apoyo. Y si estaban utilizando la IA para algo así, ¿hasta qué punto entendían las respuestas que le estaban dando en las entrevistas?
Junto con algunos colegas del MIT, Kosmyna puso en marcha un experimento en el que se utilizaba un electroencefalograma para monitorizar la actividad cerebral de las personas mientras escribían ensayos sin ayuda digital, con la ayuda de un buscador de Internet o con ChatGPT. Descubrió que cuanto más ayuda externa tenían los participantes en el estudio, menor era su nivel de conectividad cerebral. En concreto, quienes utilizaban ChatGPT para escribir mostraban una actividad significativamente menor en las redes cerebrales asociadas al procesamiento cognitivo, la atención y la creatividad.
A los participantes en el estudio, todos ellos matriculados en el MIT o en universidades cercanas, se les preguntó, justo después de entregar su trabajo, si podían recordar lo que habían escrito. “Prácticamente ninguno de los integrantes del grupo de ChatGPT fue capaz de citar nada”, dice Kosmyna. “Eso es preocupante: acababas de escribirlo y no recuerdas nada”.
Kosmyna tiene 35 años, viste a la moda con un vestido camisero azul y un collar grande y multicolor, y habla a mayor velocidad de la que la gente utiliza para pensar. Según explica, escribir un ensayo requiere habilidades que son importantes en nuestra vida en general: la capacidad de sintetizar información, tener en cuenta puntos de vista contrapuestos y desarrollar argumentos. Estas habilidades se utilizan en las conversaciones cotidianas. “¿Cómo vas a lidiar con eso si solo usas ChatGPT? ¿Vas a decir algo como: 'Eh... ¿puedo mirar mi teléfono?', dice.
El experimento fue pequeño (participaron 54 personas) y aún no ha sido revisado por pares. Sin embargo, en junio, Kosmyna lo publicó en Internet, pensando que otros investigadores podrían encontrarlo interesante, y luego siguió con su día, sin ser consciente de que acababa de desatar un boom mediático internacional.
Además de peticiones para entrevistas de periodistas, recibió más de 4000 correos electrónicos de todo el mundo, muchos de ellos de profesores estresados que sienten que sus alumnos no están aprendiendo adecuadamente porque utilizan ChatGPT para hacer sus deberes. Le trasladaban su preocupación de que la IA esté creando una generación capaz de producir trabajos aceptables, pero sin conocimientos útiles ni comprensión de la materia.
Según Kosmyna, el problema fundamental es que, tan pronto como aparece una tecnología que nos facilita la vida, estamos evolutivamente preparados para utilizarla. “A nuestro cerebro le encantan los atajos, está en nuestra naturaleza. Pero el cerebro necesita fricción, enfrentarse a cierta dificultad, para aprender. Necesita tener un reto”.
Si el cerebro necesita fricción, pero también la evita instintivamente, resulta interesante que lo que la tecnología promete sea crear una experiencia de usuario “sin fricciones”, para garantizar que, siempre que pasemos de una aplicación a otra o de una pantalla a otra, no encontremos resistencia. La experiencia de usuario sin fricciones es la razón por la que, sin pensarlo, descargamos cada vez más información (y trabajo) en nuestros dispositivos digitales; es la razón por la que es tan fácil caer en los agujeros negros de Internet y tan difícil salir de ellos; es la razón por la que la IA generativa, como ChatGPT, ya se ha integrado tan completamente en la vida de la mayoría de nosotros.
Sabemos, por nuestra experiencia colectiva, que una vez que te acostumbras a la ciberesfera hipereficiente, el mundo real, lleno de fricciones, resulta más difícil de manejar. Así que evitas las llamadas telefónicas, utilizas las cajas automáticas del supermercado, lo pides todo desde una aplicación; recurres al móvil para hacer los cálculos que podrías hacer de memoria, para comprobar un dato antes de tener que rebuscarlo en tu memoria, para introducir tu destino en Google Maps y viajar de A a B con el piloto automático. Quizás dejas de leer libros porque mantener ese tipo de concentración te parece una fricción; quizás sueñas con tener un coche autónomo. ¿Es este el amanecer de lo que la escritora y experta en educación Daisy Christodoulou denomina una “sociedad estúpida”, un paralelo a una sociedad obesógena, en la que es fácil volverse estúpido porque las máquinas pueden pensar por ti?
La inteligencia humana es demasiado amplia y variada como para reducirla a palabras como “estúpida”, pero hay señales preocupantes de que toda esta comodidad digital nos está costando muy cara. En los países económicamente desarrollados que forman parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las puntuaciones de Pisa, que miden las habilidades de lectura, matemáticas y ciencias de los jóvenes de 15 años, tendieron a alcanzar su máximo alrededor de 2012. Si bien a lo largo del siglo XX las puntuaciones del cociente intelectual (CI) aumentaron a nivel mundial, quizás debido a un mejor acceso a la educación y a una mejor nutrición, en muchos países desarrollados parecen haber disminuido.
En el mundo online, en constante expansión y sin fricciones, tú eres ante todo un usuario: pasivo, dependiente. En la era naciente de la desinformación y los deepfakes generados por la IA, ¿cómo mantendremos el escepticismo y la independencia intelectual que necesitaremos? Cuando aceptemos que nuestras mentes ya no nos pertenecen, que simplemente no podemos pensar con claridad sin la ayuda de la tecnología, ¿cuántos de nosotros quedarán para resistir?
Sophie McBain, ¿Estamos viviendo una edad dorada de la estupidez?, eldiario.es 25/10/2025
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