La democràcia mor per l'eviliment d'una part de la societat
La democracia no muere y el autoritarismo no crece sin un encanallamiento que afecte a buena parte de la sociedad. Hace un siglo, ese encanallamiento se nutrió de la brutalización de la Primera Guerra Mundial y de la peor crisis del capitalismo -la que siguió al Crack del 29. Hoy, donde crece el autoritarismo no hay poblaciones traumatizadas por la violencia ni sometidas a la pobreza más abyecta. Así como el descrédito de la democracia tiene mucho que ver con la desigualdad galopante, el encanallamiento en sí (la pérdida de empatía y la celebración de la maldad) hay que buscarlo en cuestiones más ideológicas que materiales, en el mundo virtual más que en el mundo real. Es la circulación de odio, violencia y mentiras, tanto en las redes sociales como en los medios tradicionales, de lo que se nutre el encanallamiento.
La izquierda siempre ha criticado -y con razón- los aparatos ideológicos del Estado (Althusser), pero el debilitamiento de los aparatos ideológicos del Estado (escuela, iglesia, partidos, medios de comunicación), en paralelo al debilitamiento del Estado mismo, no ha favorecido los movimientos emancipadores, sino todo lo contrario. Al perder el control sobre los aparatos ideológicos, el Estado los ha cedido a otros agentes que los han utilizado para demoler la democracia: tanto los “tecnooligarcas” (Thiel, Zuckerbergm Musk, Bezos), como los influencers a los que benefician los primeros.
A la par que se han debilitado los aparatos ideológicos del Estado lo ha hecho la noción de autoridad en sentido lato, lo cual afecta especialmente a la ciencia y al saber experto. Estos son sustituidos por influencers encargados de propagar desinformación y discursos de odio, que alimentan al mismo tiempo las fantasías ideológicas (gran reemplazo, negacionismo climático) y el encanallamiento, sin los cuales no pueden prosperar las opciones autoritarias.
El futuro autoritario no es una vuelta al pasado. Las comparaciones con el fascismo clásico son insuficientes. Tampoco con el capitalismo oligárquico del siglo XIX. Ni con el Antiguo Régimen o el feudalismo. No son suficientes, pero tampoco son erróneas: todas las analogías mencionadas son necesarias y pertinentes. Porque nuestro momento autoritario bebe de todo ello. El presente que vivimos y el futuro que nos espera será al mismo tiempo nuevo y arcaico. Y aunque no nos ofrezca todas las soluciones para los problemas a los que nos enfrentamos, comprender lo arcaico es esencial para entender lo nuevo.
Alfredo Gonzalez Ruibal, Diez tesis sobre el fin de la democracia, publico.es 19/02/2026

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