L'obsolescència de l'odi.
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El odio se ha vuelto superfluo, dice Günther Anders, ya no es necesario para producir destrucción masiva.
Era el combustible que precisaban las guerras antiguas, cuando el combate era cuerpo a cuerpo, quien odiaba consumía (se comía) el cuerpo del odiado. “Odio, por tanto existo”.
Pero ya no hay ningún cuerpo a cuerpo, el artillero no percibe a sus enemigos, todo ocurre “desde lejos”. Ya no hay lucha, sino trabajo.
Las víctimas son productos. La maldad se ha vuelto quirúrgica, sin necesidad de emociones o sentimientos. Se mata apretando unos botones, sin ver o conocer los resultados de las acciones. Sin culpa tampoco. El problema no es el odio, sino esta indiferencia. "No saben lo que hacen".
Pero entonces, ¿cómo entender hoy la sobreabundancia de los discursos de odio? ¿Se equivocó Anders en su diagnóstico?
Podemos distinguir tal vez dos dimensiones de la destrucción: la dimensión técnica donde el discurso de Anders sigue teniendo validez (pensemos en la dronificación de las guerras actuales) y la dimensión mediática donde la crueldad se exhibe exultante.
“Odiamos, luego existimos”. El odio hace comunidad virtual entre los que adhieren a la destrucción que los técnicos ejecutarán. Es una anfetamina para la depresión, dice Bifo, para el sentimiento de inexistencia. ¿Cómo va a combatirse ese odio anfetamínico con argumentos, razones, cifras, números?
En cualquiera de los dos casos, odio virtual o indiferencia técnica, la persona concreta objeto de odio queda descarnalizada, deshumanizada, espectralizada, como “terrorista”, como “mena”, como blanco a abatir. Odio a una imagen, a la imagen de.

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