L'"efecte riquesa" i la solidesa de la democràcia (Adam Przeworski)


Adam Przeworski


En los años ochenta del siglo XX Adam Przeworski fue uno de los más destacados miembros de la corriente del marxismo analítico (junto con John Roemer, Gerald Cohen, Jon Elster y algunos otros autores). Analizó de forma extraordinariamente original y rigurosa los límites estructurales de la política democrática en el capitalismo, teorizando sobre las condiciones en las que es posible alcanzar un compromiso entre capital y trabajo, encarnado históricamente en la socialdemocracia. 

Aunque su obra es amplísima, quizá sean sus trabajos sobre la naturaleza de la democracia los que mayor impacto han tenido. De acuerdo con su visión minimalista de la democracia, esta es un sistema institucional en el que el Gobierno puede perder las elecciones y, cuando así sucede, se produce la alternancia pacífica en el poder. Mientras haya alternancia, hay democracia. Ahora bien, la gran pregunta es por qué el perdedor acepta la derrota. Podría intentar permanecer en el Gobierno mediante un autogolpe o mediante la movilización popular. ¿Qué le mueve al perdedor a no activar esos mecanismos y dejar paso a un Gobierno rival?

A su juicio, el desarrollo económico es el principal mecanismo de estabilización de las democracias. Alcanzado un cierto nivel de riqueza, los incentivos para subvertir las instituciones democráticas se reducen mucho. El perdedor se resigna y acepta el resultado. De hecho, una de las tesis principales de Przeworski es que la democracia es inexpugnable en los países ricos. Este «efecto riqueza» puede ocurrir por varios motivos. Por ejemplo, porque las diferencias entre las políticas de los partidos no sean muy grandes, o porque los grupos sociales se moderen, o porque el coste de oportunidad de romper las reglas sea más alto en países más ricos.

Como suele ocurrir en sus análisis, la comparación es imprescindible: compara a Trump con autócratas varios, así como la involución autoritaria de Estados Unidos con la de Alemania en los primeros años de la década de 1930; vuelve a examinar la experiencia de Allende, trae ejemplos de las dictaduras comunistas, etc. Y, siendo un conocedor profundo de los regímenes autoritarios, plantea algunos dilemas agudos para el caso norteamericano. Si el proceso de desmontaje de la democracia es gradual, paso a paso, ¿en qué momento se debe organizar una política de la resistencia? Si se hace demasiado pronto, lo más probable es que el movimiento fracase porque la mayoría no percibe aún síntomas claros de peligro. Pero, si se espera mucho, puede ser demasiado tarde.

En sus reflexiones no disimula el desconcierto. Desconcierto porque nada de lo que está sucediendo se suponía que podía pasar en un país con el desarrollo económico y la tradición democrática de Estados Unidos. Entramos aquí en el tercer nivel de análisis, el contraste, a veces doloroso, entre la experiencia directa de lo que el autor experimenta como ciudadano estadounidense y lo que su propia teoría establece. Przeworski traslada a los lectores esa especie de lucha interior entre el científico social y el ciudadano que es testigo de un fenómeno que según la teoría no debería ocurrir. A veces, guiándose por la teoría, piensa en mecanismos que podrían frenar la deriva autoritaria de Trump: la opinión pública, los mercados, la protesta en la calle… (apenas cree que las instituciones, los célebres frenos y contrapesos de la Constitución americana, sean un remedio eficaz). Quizá unos malos resultados en las elecciones a mitad de mandato en el otoño de 2026 sirvan para aclarar las cosas; si el Partido Republicano arrasa, no habrá vuelta atrás, pero si pierde, puede haber disensiones dentro del movimiento MAGA y se debilitará la autoridad de Trump.

En el supuesto de que finalmente Trump rompa las reglas de juego y no acepte la posibilidad de alternancia, eso significará que mucho de lo que creíamos saber sobre la dinámica de las democracias era incorrecto. La pregunta inevitable en tal caso sería: ¿por qué fallan los modelos estadísticos con los que trabajan los científicos sociales? Przeworski contempla dos posibilidades. La primera es que a veces los resultados muy improbables suceden como consecuencia de una combinación rara de circunstancias. Esto no abriría necesariamente un boquete en la teoría. La segunda posibilidad, sin embargo, es algo más dañina: podría ocurrir que los resultados estadísticos estuvieran condicionados por algún factor que no tuvimos en cuenta y que ha dejado de operar (algo así como un cambio de época). En el diario aparecen algunas reflexiones sobre la incapacidad (o, quizá, sobre la imposibilidad) de formular teorías que tengan validez en el largo plazo en el ámbito de las ciencias sociales: generalizamos a partir de las experiencias pasadas, pero eso no nos da demasiada seguridad si las condiciones bajo las cuales dichas experiencias pasadas ocurrieron cambian en algún momento.

En caso de que la democracia estadounidense resista, los apuntes de Przeworski quedarán como una aproximación excesivamente pesimista, aunque, por otro lado, su teoría sobre la estabilidad de las democracias ricas ganará fuerza. Si, por el contrario, la democracia cede al impulso autoritario, su visión personal de la democracia, la historia y la política de Estados Unidos, basada en décadas de investigación, lecturas, conversaciones y viajes, quedará por encima de sus análisis estadísticos.

Ignacio Sánchez-Cuenca, El desafío trumpista a la teoría de la democracia, ctxt 20/02/2026

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