Rapidesa de la tecnologia contra la lentitud de la ciència.





El ejemplo más reciente de rapidez científica que nos viene a la cabeza es la vacuna de la covid, que estaba lista a solo un año de declararse la pandemia. Pero solemos olvidar que ello solo fue posible gracias a una ciencia que había sido desarrollada casi en solitario por dos visionarios, Katalin Karikó y Drew Weissman, que pusieron a punto la tecnología del ARN mensajero durante 20 años de investigación heroica, mal financiada y desdeñada por la industria farmacéutica y el establishment científico de la época. El ARN mensajero, por cierto, se descubrió en 1961 como consecuencia directa de la doble hélice del ADN hallada en 1953. Eso hace un total de 70 años para hacer la vacuna de la covid. 

La inteligencia artificial que nos ha anegado en solo dos o tres años es un concepto publicado por Alan Turing en su artículo Computing machinery and intelligence, de 1950. El título original de la película de 2014 Descifrando Enigma, donde Benedict Cumberbatch interpreta a Turing, es The imitation game, que fue el nombre que dio Turing a lo que hoy llamamos test de Turing, donde un humano tiene que decidir si está hablando con una máquina o con otro humano. Hay un acuerdo general en que ChatGPT es el primer artefacto que supera el test de Turing, lo que nos vuelve a dar un plazo de 70 años entre el planteamiento del problema y su solución. ¿Eso es Aquiles? Más bien vuelve a parecer la tortuga, ¿no?

La ciencia no es rápida. La que puede ser rápida es su explotación tecnológica, siempre que los estímulos económicos estén al alcance de la mano y tengan un montón de ceros. Pero esos Aquiles dependen de una ciencia básica que no se hizo para ganar dinero, ni siquiera para resolver problemas prácticos. La física cuántica no se desarrolló para fabricar teléfonos móviles, ni la doble hélice del ADN se descubrió para curar el cáncer. Los científicos que hicieron aquello estuvieron movidos por una fuerza mucho más poderosa que la ambición, la compasión o la urgencia por cambiar el mundo. Esa fuerza se llama curiosidad, y seguramente es el verdadero motor del conocimiento, pero sus resultados son cualquier cosa menos rápidos. Son tan exasperantemente lentos como el avance de nuestros sistemas de gobernanza democrática. Insisto: una carrera entre dos tortugas.

En realidad, el desarrollo vertiginoso de la tecnología al que asistimos estupefactos tiene menos que ver con la ciencia que con la política, una política que estimula, financia y consiente la concentración de un poder económico sin límites en manos de unas pocas personas a las que nadie ha elegido para ejercerlo. 

Javier Sampedro, Una carrera entre dos tortugas, El País 14/02/2026

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