Existeixen formes d'escapar a la dissonància cognitiva?
| Leo Festinger |
El psicólogo Leon Festinger acuñó el término "disonancia cognitiva" en 1957 para describir la incomodidad mental que experimentamos cuando mantenemos simultáneamente dos creencias contradictorias o cuando nuestras acciones entran en conflicto con nuestros valores. Según Festinger, este malestar psicológico nos motiva a reducir la inconsistencia, aunque no necesariamente de la manera más honesta o racional.
Lo fascinante es que raramente resolvemos esta tensión cambiando nuestro comportamiento. Es mucho más común que modifiquemos nuestras creencias o que busquemos justificaciones elaboradas. El fumador que sabe que el tabaco mata no suele dejar de fumar, en cambio, se convence de que "todos vamos a morir de algo" o de que su tío fumó hasta los noventa años sin problemas.
En el mundo contemporáneo, las redes sociales han creado ecosistemas perfectos para alimentar la disonancia cognitiva. Los algoritmos nos muestran contenido que refuerza nuestras creencias existentes, un fenómeno que la psicóloga social Carol Tavris describe como parte de nuestro mecanismo de autoengaño. En su trabajo sobre cómo justificamos nuestras decisiones erróneas, Tavris explica que cuanto más invertimos en una creencia o comportamiento, más difícil resulta admitir que estábamos equivocados. Esta inversión puede ser emocional, social, económica o identitaria.
El resultado es una sociedad fragmentada donde cada grupo vive en su propia realidad construida. Los negacionistas del cambio climático encuentran "expertos" que validan sus dudas. Los antivacunas descubren comunidades enteras que comparten su desconfianza. No se trata solo de ignorancia, sino de un mecanismo psicológico sofisticado que protege nuestra autoimagen y nuestra coherencia interna.
Lo más inquietante de la disonancia cognitiva es su invisibilidad. Todos creemos ser la excepción, las personas racionales que basan sus opiniones en hechos y no en emociones. Pero la evidencia sugiere lo contrario, primero sentimos, luego justificamos, y finalmente nos convencemos de que todo el proceso fue puramente lógico.
En el ámbito político, esta dinámica se vuelve especialmente visible y destructiva. Los votantes perdonan a sus candidatos por transgresiones que considerarían imperdonables en el bando opuesto. Las inconsistencias flagrantes se racionalizan, los escándalos se minimizan, y cualquier información contradictoria se descarta como propaganda del enemigo. La lealtad tribal supera la coherencia ideológica.
¿Existe alguna forma de escapar de esta trampa mental? Reconocer que todos somos vulnerables a la disonancia cognitiva es un primer paso crucial. El segundo es crear espacios donde podamos examinar nuestras contradicciones sin que nuestra identidad se sienta amenazada. Esto requiere humildad intelectual, una cualidad escasa en una cultura que premia la certeza absoluta y castiga la duda.
También necesitamos cambiar la narrativa cultural que equipara admitir un error con debilidad. Cambiar de opinión ante nueva evidencia no debería considerarse una falla de carácter, sino una señal de madurez intelectual. Sin embargo, nuestras estructuras sociales actuales hacen difícil esta flexibilidad: los políticos que reconocen equivocaciones son crucificados por los medios, los académicos que revisan sus posturas son acusados de inconsistencia.
La disonancia cognitiva no desaparecerá, es parte fundamental de cómo funciona nuestra mente. Pero podemos aprender a reconocerla, a cuestionarnos con más frecuencia, y a crear culturas que valoren la coherencia genuina por encima de la apariencia de coherencia. En una era donde la polarización amenaza la convivencia democrática, entender cómo nos engañamos a nosotros mismos podría ser el primer paso hacia conversaciones más honestas y productivas.
Mientras tanto, seguiremos predicando sostenibilidad mientras pedimos envíos exprés, criticando el consumismo desde dispositivos que cambiamos cada dos años, y convenciéndonos de que nosotros, a diferencia de todos los demás, somos perfectamente consistentes.
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