Què succeix quan les paraules colapsen?
| Francesca Albanese |
Y es que cuenta Francesca Albanese que su padre era abogado, que ella estudió leyes, se especializó en la protección jurídica de los derechos humanos, hizo un trabajo sobre los refugiados palestinos en las legislaciones internacionales, y continúa dando la batalla por la justicia donde hay que darla, en las instituciones, en Nueva York, en Washington o en Bruselas, en lo que aún queda de las Cortes Penales Internacionales, lamentándose ahora de que lo que está pasando en Gaza y en Cisjordania está acabando con el derecho internacional y con cualquier idea de justicia. Lo único que queda, dice, es “usar y proteger el sistema legal”. Un sistema legal que está siendo deslegitimado y destruido, tal vez de forma irreversible.
¿No será el derecho, y los estados de derecho, y el derecho internacional, y los derechos individuales y colectivos, y las instituciones que los defienden, algo así como una de las grandes conquistas de la humanidad? ¿No será lo único que les queda o les quedaba a los palestinos? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando ya no se confía en el derecho, cuando colapsa la justicia? ¿No es el triunfo inapelable de los matones, de la chulería, de la ley del más fuerte?
Cuenta Albanese su desazón por la erosión de lo que ella llama “humanismo” y, a veces, “ilustración”. Algo así como la creencia en que la palabra, la razón, el diálogo, el juicio, el pensamiento, una cierta tensión hacia el valor y hacia la universalidad, pueden orientarnos en lo que hay que hacer, decirnos lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero y lo que no lo es, lo que es bello y lo que es feo, lo que es justo y lo que es injusto. Y orientarnos sobre cuál es nuestro deber, nuestra tarea. Porque si no, ¿qué? O, como dice el verso de Vallejo, “más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos”.
¿No existe la posibilidad, para el animal que somos, para el viviente dotado de palabra, de “llamar a las cosas por su nombre”? ¿O todo depende de quién lo diga, y desde dónde lo diga? ¿Todavía vale la pena la lucha por las palabras y con las palabras? Albanese dice en algún momento que el encarnizamiento contra ella, el de verdad, el más despiadado e inclemente, empezó cuando usó la palabra “genocidio”, cuando publicó un informe que se titulaba “Anatomía de un genocidio”. Y añade que “se va a gastar antes el tiempo que las palabras”. Como si confiase en la fuerza de esa palabra porque es la palabra justa, la que le hace justicia a lo que pasa, la que lo llama y lo hace presente.
¿No tiene que ver también el colapso de la palabra con el triunfo de los matones? ¿Recuerdas el patio del cole, cuando aparecían los matones, rodeados de los suyos, y ya no valían las reglas ni las razones? ¿Recuerdas la desazón, la tristeza, las ganas de llorar que nos entraban entonces, porque ya no servía de nada hablar ni razonar ni apelar a una norma o a una costumbre que nos protegiera? ¿Recuerdas la sensación de impotencia, de derrota, de intemperie, de que no había límites y todo era posible?
El Estado de Israel y sus cómplices están destruyendo sistemáticamente la atención, el derecho, el trabajo y la lengua. Todas esas conquistas civilizatorias que nos permiten vivir juntos con un mínimo de dignidad. Todos los límites. Pero lo que me ha impresionado de verdad es lo que dice Albanese de la esperanza. La considera “una disciplina y un ejercicio activo”. No un sentimiento, o una actitud, o una emoción, sino una disciplina, una actividad y un ejercicio. Algo que hay que ganar y que ganarse. Como si cada día hubiera que hacerla, ejercitarse en ella, obligarse a ella, rigurosamente, disciplinadamente, con el esfuerzo, el celo y la aplicación que exige.
El derecho requiere ser atesorado y sostenido, aunque quizá sin perder conciencia de su insuficiencia, como parte de la “fragilidad del bien”. Desde un permanente estado de excepción de sí mismos, los poderosos incumplen el derecho internacional, imponiendo la prepotencia económica o militar para su provecho siempre que las circunstancias lo exijan por ser las normas un obstáculo para su conveniencia. Esa bruta facticidad no invalida la invocación del derecho, sino que es, precisamente, lo que motiva su reivindicación y su insistencia sostenida. También existe la justicia, como dimensión que lo nutre sin identificarse completamente con él. Un más allá de la ley que no habilita ninguna violencia ni una transgresión del derecho en nombre de una convicción privada o facciosa, sino algo del orden de la conciencia en el que pueden sostenerse incluso las personas condenadas por una adversidad de las cosas, por la ley (nunca sabemos del todo si habrá sido justa) o por la historia. Como sea, la anomia es una imposición creciente de los más fuertes, tanto en el derecho internacional como en el civil, en su revocación de cualquier límite, también el que con toda su fragilidad busca mantener el derecho.
Hermosa la idea de esperanza como ejercicio y como trabajo que sostiene una apertura a lo que no sabemos. También la paciencia puede pensarse del mismo modo, de un modo activo. Si la entiendo bien, esa esperanza (que no es simple espera) nunca es negacionista de la adversidad, pero no le concede el carácter absoluto que parece tener cuando no es posible ver nada más allá de lo que se impone. No se permite el facilismo de dar por perdida una disputa por el sentido de las cosas que comenzó hace mucho y no somos quiénes para abandonar.
Diego Tatián/Jorge Larrosa, Ejercitarse en la esperanza, ctxt 20/02/2026
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