Els drets humans i la lluita per la dignitat.
| El Roto |
Los derechos humanos se han convertido en una de las
principales banderas de lucha por la dignidad humana. Homenajeados y
ultrajados, no hay ningún Estado que no esté retóricamente comprometido
con su defensa, pero
tampoco lo hay que en la práctica no los vulnere de una manera u otra. Y
es que, a lo largo de los 66 años de su proclamación, los derechos
humanos han sido invocados para justificar guerras, torturas,
exterminios y otras formas de opresión y violencia. En este sentido, han
servido (y sirven) de coartada para legitimar situaciones de indignidad
(Guantánamo, Gaza, Lampedusa, etc.) y garantizar los privilegios de las
élites gobernantes.
¿Será que, en palabras de Boutros-Ghali, los derechos humanos constituyen el “lenguaje común de la humanidad”? ¿O tal vez
son un imperativo ético que se ha revelado incapaz de transformar las
condiciones de vida que hacen del humano, según Marx, “un ser humillado,
esclavizado, abandonado y despreciado”? En varios trabajos, el profesor
Joaquín Herrera Flores ha señalado que tras el aparente consenso del
que gozan los derechos humanos, se esconde un campo de luchas y
antagonismos “que abren y consolidan espacios de lucha por la dignidad
humana”. Lejos de ser valores abstractos o normas jurídicas sin
contenido, los derechos humanos describen narrativas de resistencia y
dinámicas de lucha por la dignidad humana: son procesos históricos
heterogéneos que congregan experiencias de empoderamiento social y
político para transformar realidades opresoras. Desde esta óptica, se
inscriben en un marco de posibilidades que impugnan el poder constituido
y afirman el poder constituyente desde abajo.
Para
que formen parte de un proyecto colectivo comprometido con los
oprimidos, es necesario aprender los derechos humanos con el Sur, como
propone Boaventura Santos. “Aprender con el Sur” implica reconocer el
sufrimiento de las víctimas causado por el colonialismo, el capitalismo y
el sexismo, entre otros sistemas de dominación, así como promover el
intercambio recíproco de saberes y experiencias. Esta exigencia apunta a
la construcción de una nueva cultura de los derechos humanos pautada
por cuatro ejes fundamentales:
Descolonizar
los derechos humanos, que significa denunciarlos como expresión de un
determinado particularismo occidental que al amparo de principios
universalistas sitúa al varón blanco, propietario, cristiano y
heterosexual por encima del resto de la humanidad. Es tomar partido por
las luchas emancipadoras de mujeres, negros, personas con discapacidad,
minorías étnicas y sexuales, indignados en calles y plazas, entre otros
grupos subalternos cuyas demandas más elementales a menudo son
descalificadas, cuando no automáticamente despreciadas. Es aprender que
no existe una sola forma de dignidad humana, sino que se expresa de
diferentes maneras según las distintas culturas, religiones y
tradiciones de lucha. “Sí se puede”, “¡Ya basta!”, “ Kefaya!”, “No nos representan”, karama, “Aturem el Parlament”, satyagraha, “Otro mundo es posible”, ubuntu, poder popular, Sumak kawsay,
son consignas y palabras de orden que indican la dirección de algunas
de las actuales luchas por la dignidad. Y es también aprender a traducir
nuestra rebeldía de manera reconocible para otros lugares del mundo con
los que articularse.
Despatriarcalizar
los derechos humanos, que quiere decir construir racionalidades no
sexistas que luchen contra la violación sistemática de los derechos de
las mujeres en la esfera pública y privada, que contribuyan a erradicar
las opresiones y discriminaciones machistas y aprendan de la pluralidad
de luchas feministas contra los patriarcados: de las mujeres que han
estado en la vanguardia contra la mercantilización y la injusticia
(centrales en la Primavera árabe o en las campañas contra la
privatización del agua en Sudáfrica), de las que desafían la explotación
y cosificación del cuerpo humillado y vendido, de las que combaten las
vejaciones y exclusiones del mercado en forma de recortes y empleos
precarizados, de las que se organizan para tejer solidaridad, reclamar
dignidad y construir colectividad.
Desmercantilizar
los derechos humanos, que es dejar de considerarlos un lujo subordinado
a los dictados del capitalismo, a la austeridad letal, a la extorsión
de los mercados, bancos y agencias de calificación, a la deuda
ilegítima, la especulación con alimentos, a las políticas de saqueo
propias del neoliberalismo, a los imperialismos “humanitarios” que
derraman “sangre por petróleo”, etc. Es impedir que la economía
capitalista extienda su ámbito hasta arrasar los derechos conquistados.
Significa, entre otras cosas, redefinir el papel del Estado para
convertirlo en un vehículo que regule el poder casi sobrenatural de los
mercados, promueva las economías solidarias, atienda a las
reivindicaciones de las clases trabajadoras y populares en términos de
justicia y no de caridad, impulse una generación de nuevos derechos
(agua, biodiversidad, renta básica de emancipación, etc.) y cree nuevos
regímenes de propiedad común orientados a desmercantilizar la salud, la
educación, la vivienda y, en definitiva, a fomentar valores y relaciones
no mercantiles.
Democratizar los
derechos humanos, que es crear vínculos de (re)conocimiento entre
las diferentes luchas y lenguajes de la dignidad para construir unos
derechos humanos interculturales y solidarios. La dignidad no es un
atributo dado. Se disputa en las relaciones sociales, políticas y
económicas. Así, “cuando la debilidad de los oprimidos se hace fuerza”
(Paulo Freire), estos se hallan en mejores condiciones de afirmar su
dignidad rebelde y debilitar el poder de los opresores. Por ello,
mientras el amor prohibido de David Kato, los sueños de paz de Rana
Zaqout y el coraje de las tantas Malalas de este mundo no quepan en
estos derechos humanos, nuestra dignidad plural tampoco puede caber en
ellos.
Agustí Aguiló, Nuestra dignidad no cabe en estos derechos humanos, Contrapoder. el diario.es, 09/12/2014
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