Sense paraules, la democràcia mor.



Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica en el personaje de Marco Antonio de su obra Julio César, cuando, junto al cadáver ensangrentado de César, se dirigió al pueblo romano: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. Con estas palabras, Marco Antonio se desmarcó de los políticos que hablan como políticos y se identificó como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima. De hecho, esta intervención de Antonio es uno de los alardes más brillantes de técnica oratoria de la historia de la literatura.

Siguiendo esta misma tradición de descrédito de la retórica, Silvio Berlusconi declaró, siendo ya primer ministro de Italia: “Si hay algo que no puedo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Solo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo, Il Cavaliere desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante. En esta misma línea de desprecio hacia cualquier palabra que no sea la suya, Donald Trump afirmó: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”. Se presenta como un hombre de acción libre que siempre habla con libertad, frente a los demás que mienten obedeciendo a intereses oscuros.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza equivale a decir la verdad. La historia está llena de supuestos antipolíticos que se singularizan exclamando: “Basta de palabrería”. Como señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizás, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas. O, expresado con sus palabras literales: “En un mundo en el que no se sabe bien en quién creer, el fanfarrón, el mentiroso, el que tiene mucha labia y soltura para hablar en público, puede resultar tan convincente como el mejor formado y el más ético de los oradores”.

Las ventajas evidentes de esta postura antirretórica son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlos, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes. Los electores, tan radicalmente críticos con todo lo que suene a discurso político, se sienten fascinados y dóciles ante la arrolladora personalidad de Trump, cuando las cualidades que irradia, y que lo hacen un candidato tan diferente, no son sus acciones, sino su fanfarronería, su burla violenta de quienes lo cuestionan, sus comentarios denigrantes sobre las mujeres y su deshonestidad generalizada, malentendida como inteligencia y astucia. Pese a su mermada reputación actual, la retórica, entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación entre la clase política y la ciudadanía. La cita atribuida a Pericles lo ilustra bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
Estrella Montolío Durán, Contra la antirretórica, El País 11/10/2018

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