Camí cap a un món sense patiment.

Este manifiesto delimita una estrategia para erradicar el sufrimiento en toda la vida sintiente. El proyecto abolicionista es ambicioso, poco convincente, pero técnicamente posible. Es defendido aquí en suelos éticos utilitaristas. La ingeniería genética y la nanotecnología permititán al Homo Sapiens descartar el legado de nuestro pasado evolutivo. Nuestros sucesores post-humanos reescribirán el genoma vertebrado, re-diseñarán el ecosistema global y abolirán el sufrimiento a través del mundo viviente.
¿Por qué existe el sufrimiento? Las rutas metabólicas del dolor y el malestar evolucionaron sólo porque sirvieron a la capacidad inclusiva de nuestros genes en el ambiente ancestral. Sus fealdades pueden ser reemplazadas por un motivante nuevo sistema basado completamente en gradientes de bien estar. La felicidad tan larga como la vida con una intensidad que ahora es fisiológicamente inimaginable puede convertirse en un estado de salud mental heredable. Se presenta un esbozo de cuándo, y por qué, esta transición evolutiva  en la historia de la vida está a punto de ocurrir. Posibles objeciones, prácticas como morales, son mencionadas, discutidas  y después refutadas.
Las imágenes contemporáneas del  drogadicto-confundido, y la de ratas intra-cranialmente auto-estimuladas, son engañosas. Estos estereotipos estigmatizan , y desacreditan falsamente, al único remedio para los descontentos de cada día y  horrores del mundo, cuando éste es, de hecho biológicamente realista. Ya que es engañoso contrastar desarrollo social e intelectual con felicidad perpetua. No tiene que haber tal desbalance. Estos estados de “sobreproducción de dopamina” pueden de hecho realzar  actividades de exploración para metas específicas. Estados hiper-dopaminérgicos pueden también incrementar el rango y la diversidad de acciones que un organismo encuentra reconfortantes. Nuestros descendientes podrán vivir en una civilización de serenidad bien-motivada que “desarrolla al máximo su potencial”, animados por gradientes de dicha. Su productividad podrá eclipsar a la nuestra.
Hace doscientos años, antes del desarrollo de potentes analgésicos sintéticos o la anestesia quirúrgica, la noción de que el dolor “físico” pudiera ser eliminado en la mayoría de las personas hubiera parecido no más que bizarro. Ahora en el mundo desarrollado, muchos de nosotros damos por sentada esta ausencia. La posibilidad de que lo que describimos como dolor “mental”, será también suprimido algún día es igual de contra intuitiva. La opción técnica de su abolición torna su deliberada retención en en una asunto político y decisión ética.
David Pearce, El imperativo Hedonista (Resumen)

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