Temporalitat i vida.
Homologar los efectos del tiempo en un semental o un caballo con los efectos del tiempo en un ser humano, es un socorrido expediente para escapar en apariencia a esos contrastes que ponen de manifiesto la singularidad trágica de nuestra existencia. Se hace entonces abstracción de que en el ser humano hay un saber y sentir de esta temporalidad, un saber y sentir de su inevitabilidad, de lo acelerado del proceso, de que desemboca en la corrupción absoluta de toda forma y, sobre todo: un saber y sentir que el punto final de este devenir es el propio destino, de que eso que designa la palabra muerte es uno mismo.
De hecho, si el paso del tiempo fuera en nosotros como lo es en canes o caballos, obviamente nada de lo que precede tendría sentido. De entrada, porque no habría lenguaje (como mucho habría sofisticados sistemas para comunicarse) y no habría en consecuencia disquisiciones al respecto. No habría siquiera sentir del paso del tiempo, es decir sentir del tiempo mismo, cuya esencia es el pasar. Habría en todo caso efectos del tiempo físico, disminución progresiva de capacidades, que se traduciría en sentimiento de debilidad, la cual, en ausencia de humanos que proyectaran sobre ella su ser propio, ni siquiera reflejaría tristeza.
Si el paso del tiempo fuera en nosotros como en ciervos o caballos, habría dolor físico y renuncia a acciones hasta entonces accesibles, pero no esa modalidad de pathos que supone la certeza del fin, la certeza (luego de alguna manera presencia) de lo que aún no está. Habría, en suma, astenia vital, pero no tragedia.
Víctor Gómez Pin, Recreo versus refugio, El Boomeran(g), 10/12/2025
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