Íncels, gymbros i criptobros.
La manosfera es el ecosistema online donde se generan una serie de subculturas digitales como las que nombras, aunque los gymbro por ejemplo trascienden lo digital. Se trata de una maquinaria que genera comunidad y ordena una serie de valores, y que consigue transformar malestares diversos de los jóvenes –imposibilidad de ligar, miedo al futuro, soledad– en discursos antifeministas. Muchas veces estos discursos son además una puerta de entrada a la radicalización o al apoyo a proyectos de extrema derecha.
Lo que empieza como inseguridad sexual, inestabilidad vital, etc. puede terminar articulado como reacción política. Por ejemplo, toda una serie de subculturas como los incel –célibes involuntarios en inglés–, o los llamados artistas del ligue, tienen que ver con la inquietud por las relaciones con las chicas que se manifiestan en esa edad. Luego hay otras expresiones, como los activistas por los derechos de los hombres, que es, digamos, la que se expresa tanto dentro como fuera de la manosfera, en movilizaciones por la custodia compartida o en todos aquellos discursos que dicen que “el feminismo ha ido demasiado lejos y los hombres están discriminados”.
En el libro explico un poco sus argumentos y también lo que estas expresiones pueden explicarnos mucho de la sociedad en que vivimos. Por ejemplo, los gymbro representan la cultura del fitness llevada al extremo: jóvenes que invierten obsesivamente en transformación muscular como prueba de virilidad y mérito personal. Mientras que los criptobro encarnan el emprendedurismo individual mediante la especulación con criptomonedas. Figuras como Llados ejemplifican esta promesa: coches, casas, riqueza fácil. En realidad nada tan alejado de las figuras de éxito personal en la sociedad actual.
Más allá de si las derechas invierten en promocionar a estos influencers, yo creo que los recursos más importantes que hacen crecer estas propuestas son los que se generan a través de las propias plataformas que monetizan estos malestares. Los algoritmos premian este tipo de propuestas extremas, polarizadoras o que tienen facilidad para captar la atención, que enganchan con preocupaciones genuinas que tienen los jóvenes y generan valor a partir de ellas. Además, cualquier preocupación que circula en internet acaba convertida en mercancía. Vemos que se ofrecen productos destinados a estos jóvenes o a hombres seducidos por estas ideas: cursos para ligar o para invertir, retiros solo para hombres, etc. Evidentemente esta manosfera puede confluir de manera más o menos explícita con el apoyo a proyectos políticos conservadores, como sucedió durante las primeras elecciones de Trump, en las que el republicano estuvo respaldado por la Alt-Right, ese movimiento de internet que mezclaba supremacismo blanco, antifeminismo, teorías conspirativas y estética transgresora.
Las derechas radicales y los influencers antifeministas explotan tanto los malestares económicos, como los relacionados con las transformaciones de género convirtiéndolos en reacción antifeminista: “El feminismo discrimina a los hombres”, “los migrantes te quitan el trabajo”…
Además, en los últimos años el feminismo se ha identificado con el gobierno progresista, los medios y las autoridades escolares, de manera que cuestionarlo se percibe como la posición rebelde y transgresora. Para muchos adolescentes, ser “antisistema” implica ahora ser “antifeminista”. Esta apropiación del capital simbólico de la rebeldía convierte al antifeminismo en algo cool y subversivo, mientras el feminismo aparece como la ideología oficial y algo antipática.
En ocasiones, el feminismo que perciben estos hombres es profundamente moralizador y culpabilizador (“todos los hombres son violadores”, “renunciad a vuestros privilegios”). Esta individualización del problema mediante la culpa no solo pierde de vista su carácter estructural, sino que obstaculiza el cambio social. Desde un feminismo de transformación podríamos entender que no hace falta que los hombres retrocedan para que podamos avanzar las mujeres: todos podemos estar mejor si atacamos el origen real de los malestares que, en parte, les llevan al antifeminismo: la crisis de vivienda, el desempleo, los bajos salarios, la precarización que les hace más dependientes de sus padres…
El feminismo tiene el reto de explicarles a estos varones que las compensaciones basadas en la subordinación de las mujeres son un callejón sin salida también para ellos; de darles espacio y sumarlos a nuestro proyecto, explicándoles que se trata de construir un mundo mejor para todos, también para ellos. Necesitamos politizar sus frustraciones hacia un lugar emancipador, no reaccionario.
Hablo de Llados en el libro como el ejemplo perfecto de cómo el emprendedurismo individual se fusiona con una exhibición de una masculinidad exacerbada. Su pequeño emporio se construyó sobre cursos de criptomonedas –una suerte de estafa piramidal– vendiendo imágenes de éxito puramente material: coches, casas, mujeres como objetos de consumo. Su famosa frase “la fucking panza es de pringados” resume su filosofía: el cuerpo musculado y la riqueza como pruebas de valía personal, de éxito social y de “acceso a mujeres”.
Su conversión evangélica reciente no es contradictoria, sino complementaria. El evangelismo –especialmente en sus vertientes neopentecostales– encaja perfectamente con la ideología neoliberal mediante la teología de la prosperidad: Dios premia económicamente a los fieles y el éxito material es señal de bendición divina. Es la sacralización del emprendedurismo que estas iglesias pueden representar.
Los chavales muy jóvenes están expuestos a mecanismos adictivos desde edades tempranas: apuestas deportivas online, criptomonedas, videojuegos donde se compran elementos que te permiten jugar mejor y que tienen forma de juego de azar, etc. Todos comparten la misma estructura psíquica y pueden terminar en ludopatía.
Lo perverso es cómo se presentan y cómo se vinculan a la especulación. Se producen eventos como Mundo Crypto, y tenemos a influencers que venden cursos de trading a chavales que en realidad carecen de recursos que arriesgar. Prometen éxito rápido para jóvenes, lo que conecta con elementos sociales: por un lado la meritocracia –que nunca ha funcionado– atraviesa una crisis de legitimidad, por otro, tienen la percepción de que “trabajar es de pringados” –la aspiración es encontrar un atajo: influencer, inversor–. Estos discursos reproducen y exageran un principio social: es el dinero el que te da valor social. El resultado son subjetividades arrasadas: vigorexia, trastornos alimentarios, ludopatía, depresión por comparación constante. Todo ello genera un terreno perfecto para plantar la semilla ultra.
Los chicos, diferencia de las chicas, tienen menos alternativas para construirse como hombres y sienten más presión para encajar en roles tradicionales. La vigilancia sobre la masculinidad es más intensa: el “maricón” sigue funcionando como mecanismo de control. Están atrapados entre las demandas de las “nuevas masculinidades” y las viejas expectativas que persisten. Aquí las dudas sobre cómo relacionarse o construirse en un mundo tan cambiante se juntan con otras indeterminaciones sociales (precariedad, falta de futuro, miedo al cambio climático). Este es un caldo de cultivo que aprovecha la extrema derecha para politizar estos malestares en un sentido reaccionario.
Estos grupos utilizan datos estadísticos reales como que los hombres son quienes cometen la mayoría de los suicidios, tienen menores tasas de graduación universitaria, reciben menos custodias en caso de separación o divorcio, sufren más accidentes laborales y muertes por homicidio y tienen menor esperanza de vida. Los datos son ciertos, pero su interpretación omite sistemáticamente las causas estructurales. La paradoja es que, como señalas, muchas de estas cuestiones tienen su origen precisamente en la construcción de la masculinidad tradicional que el feminismo también combate. El suicidio masculino y las muertes por violencia interpersonal están directamente relacionados con las expectativas sobre la masculinidad: asumir conductas de riesgo, mostrarse siempre fuertes y resolutivos como prueba de virilidad, ser más transgresores de la norma. Y esta misma construcción dificulta buscar ayuda psicológica o expresar vulnerabilidad emocional, factores cruciales para prevenir el suicidio. Respecto al trabajo, la propia división sexual explica que históricamente los hombres han asumido empleos más peligrosos, pero muchos trabajos feminizados también rompen los cuerpos a largo plazo.
En realidad, no se trata de competir por quién está peor, sino de luchar colectivamente por mejorar las condiciones de todas las personas y, simultáneamente, cuestionar los roles de género que oprimen de formas diferentes a hombres y mujeres, desmantelando la división sexual del trabajo. Cuando aparecen estos argumentos victimistas, la mejor forma de desactivarlos es reivindicar ese horizonte compartido: recentrar el conflicto hacia el enemigo real. El verdadero enemigo no son las mujeres ni los migrantes, sino el sistema que genera desigualdad: un capitalismo que concentra la riqueza en pocas manos, precariza el trabajo, jerarquiza brutalmente las vidas por clase social y convierte cada aspecto de la existencia en mercancía.
Adriana T., entrevista a Nuria Alabao: "Necesitamos politizar las frustraciones de los hombres jóvenes hacia un lugar emancipador, no reaccionario", ctxt 12/12/2025
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