La política de l'economia del comportament.





La principal virtud que los economistas de esta nueva rama del pensamiento económico reclaman para su teoría es la incorporación en el análisis de la toma de decisiones de supuestos mucho más realistas por recurrir a la psicología. De este modo, hablan de ideas como (i) la racionalidad limitada, donde entran los sesgos cognitivos, (ii) las preferencias sociales, donde introducen la justicia o la equidad como elementos considerados en la toma de decisiones, o el (iii) escasoautocontrol típico de los humanos, para explicar por qué nuestro comportamiento se desvía contumazmente del que predicen las matemáticas de quienes dominan las cátedras de economía. Sin embargo, lejos de aprovechar su aportación al mejor entendimiento de la conducta económica, se aferran a la teoría 'mainstream' y tratan de amoldar el comportamiento de las personas al modelo, como Procusto y su funesto lecho.

Lo que estos autores entienden por 'empujoncitos' o 'nudges' son condicionamientos especialmente diseñados para alterar el comportamiento de las personas de un modo predecible y sin tener que recurrir a prohibiciones explícitas, sanciones, multas o incentivos económicos. Lo llaman 'arquitectura de la elección' y la teoría subyacente es que el Estado puede beneficiar al que recibe el 'empujoncito' a la vez que en apariencia respeta su libertad, ya que no le fuerza a hacer nada en concreto. ¿No es inquietante? ¿No suena a manipulación, evocando experimentos de control mental de las películas de la Guerra Fría?

La idea central de la aplicación de la economía del comportamiento a las políticas públicas es, pues, que una élite política, conformada en gran medida por académicos de izquierdas, científicos sociales o profesores de derecho de universidades vinculados a la Administración —como Sunstein—, tiene la potestad de decidir lo que es mejor para la mayoría de los ciudadanos. Se trata de un paternalismo que poco tiene de liberal —'libertarian' en inglés—, como claman sus proponentes, y mucho de socialista —en inglés, 'liberal'—, porque son ellos los que saben qué es mejor para nuestra salud y felicidad. Y por eso, aun sutilmente, estamos obligados a someternos a sus diseños y seguir sus esquemas. Porque es por nuestro propio bien. Cabe cuestionarse qué virtud los hace merecedores del título de 'arquitectos de la elección' y por qué una persona normal no puede reclamarlo para sí misma.

Se preguntarán qué tiene que ver esto con la economía. Pues bien, la ciencia económica desarrollada por los teóricos de la rama del comportamiento es loa que ofrece la coartada científica a la manipulación, aportando a la causa del intervencionismo su particular lecho de Procusto. Y es que, según los economistas de esta rama de estudio, la ciencia ha demostrado la irracionalidad de las personas más allá de toda duda. Las personas cometemos errores en nuestros razonamientos muy a menudo. Y si la gente razona mal, argumentan Thaler y compañía, ¿cómo pueden esperar obtener lo que realmente quieren sin nuestra ayuda? Para ellos, el hecho de que el mercado les da precisamente lo que ellos mismos escogen tiene poco significado si esa elección resulta de la inconsistencia lógica y del pensamiento defectuoso.

Acierta, pues, el reciente Nobel cuando afirma que “para hacer buena economía, uno tiene que tener en cuenta que las personas somos humanos”. No en vano, la crítica a los modelos dominantes en la economía actual, y sus nefastas consecuencias, es un tema recurrente en este blog. Sin embargo, Thaler y, en general, la escuela de la economía del comportamiento continúan siendo rehenes del mismo modelo teórico defectuoso. Porque, en el fondo, lo que afirman es que, a menos que alguien cumpla a la perfección los estrechos criterios de racionalidad definidos en los libros de texto para modelar al 'homo oeconomicus', no está escogiendo realmente en el sentido más estricto del término. Y eso es porque somos presa de todo tipo de sesgos psicológicos que limitan nuestra racionalidad.

Lo que Thaler ha descubierto tiene poco que ver con que la gente sea racional o no, sino con la premisa falsa de la economía 'mainstream' de que las preferencias individuales son constantes. Tengan en cuenta que la constancia es la condición 'sine qua non' para comprimir esas preferencias en una fórmula matemática.

Los economistas del comportamiento pierden, pues, la ocasión para denunciar la irrealidad de tales supuestos y, lo que parecía un desafío serio al credo de la economía 'mainstream', cuestionando la naturaleza constante de las preferencias humanas, en realidad ha dejado intacto el dogma, limitándose a modificar a martillazos la formulación matemática y a recetar 'trucos' legales y regulatorios para que el comportamiento del consumidor se ajuste mejor a lo que predice la ecuación. Es decir, planteando dudas sobre la capacidad de las personas para hacer uso apropiado de su cerebro, el Nobel puede estar abonando el terreno, aun con buenas intenciones, a la introducción del control estatal para protegernos a los ciudadanos de nosotros mismos y de nuestra racionalidad imperfecta. Control estatal que, personalmente, me asusta. Y mucho.

Antonio España, La economía del control mental, El Confidencial 17/11/2017








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