Marxisme i nacionalisme.




Para Marx y Engels, apenas es necesario repetirlo, es el surgimiento de las clases -determinado por factores económicos, por la división del trabajo y la acumulación del capital- y la guerra entre las clases lo que explica el cambio social en la historia humana. El nacionalismo, como la religión, es un fenómeno temporal que, generado por el ascenso de la burguesía, es una de las armas espirituales contra el proletariado. El nacionalismo penetra en las masas con frecuencia como una forma de "falsa conciencia" que les oculta su verdadera condición y les crea ilusiones que producen conformismo y un falso confort. Una vez que desaparezcan las condiciones que explican el nacionalismo —la guerra de clases— éste, como la religión, se evaporará junto con otras ilusiones políticamente potentes e históricamente determinadas. Pudiera ser que el nacionalismo adquiriese una influencia propia, como sucede en el caso de otros productos de la evolución de las fuerzas productivas; pero no podrá sobrevivir a la destrucción de su fuente primaria, el sistema el sistema capitalista.

Esto se convirtió en un dogma de todas las escuelas marxistas. A pesar de todos los desacuerdos en cuanto a otros puntos, esta idea del nacionalismo fue común tanto al gradualismo pacífico de Eduard Bernstein, como a losmiembros más radicales del Partido Bolchevique. Creer que el nacionalismoera una ideología reaccionaria burguesa, era equivalente a creer que des-aparecería eventualmente. Cuando mucho, las revueltas nacionalistas de los países coloniales podían ser consideradas como determinadas históricamente, como un paso táctico en el camino hacia la verdadera revolución socialista que no se haría esperar. Aún así, una revuelta nacional anticolonialista debía diferenciarse del nacionalismo como tal. Fue esta creencia lo que indignó y desilusionó tanto a la izquierda intemacionalista, dirigida por Lenin, Karl Liebknecht y sus amigos, cuando los partidos socialistas de los países en guerra, en lugar de proclamar una huelga general que hubiera detenido la contienda en 1914, se sumaron a las fuerzas beligerantes de sus países. Por lo mismo, Rosa Luxemburgo protestó por la formación de un estado nacional polaco a fines de la guerra. Es justo decir que la Revolución de Octubre tuvo un
carácter genuinamente antinacionalista.

El contraste que se ha señalado a veces entre Lenin, como la voz auténtica del sentimiento ruso, y el "desarraigado cosmopolitanismo" de hombres como Trotsky o Znoviev o Radek, no tiene fundamento. Para Lenin, la revolución rusa era la ruptura del eslabón más débil en la cadena capitalista cuya significación consistía en precipitar la revolución mundial ya que, como Marx y Engels habían pensado, el comunismo en un solo país no podría sobrevivir. Lo que ocurrió fue diferente; pero la doctrina no fue alterada, sino en tiempos de Stalin. El sentimiento inicial entre los primeros bolcheviques fue genuinamente antinacionalista: tanto que los críticos bolcheviques en Rusia competían entre sí para minimizar las glorias de su propia literatura nacional (Pushkin, por ejemplo) a fin de expresar su desprecio por una tradición nacional que consideraban como un valor eminentemente burgués.

Un sentimiento similar animó a los líderes de las fracasadas revoluciones comunistas en Hungría y Munich. El "chauvinismo nacional" y el "chauvinismo social" se convirtieron en términos de oprobio, en lemas para aplastar movimientos autónomos en algunas de las provincias no rusas del viejo Imperio ruso. Pero después de este periodo, la etapa genuinamente internacionalista estaba liquidada. A partir de entonces cada revolución y cada revuelta tuvo un elemento nacionalista. El surgimiento del fascismo o del nacional socialismo fue interpretado por los teóricos marxistas como el último esfuerzo—extremo y desesperado— de resistencia por parte del capitalismo contra la victoria inevitable del socialismo internacional. A este prejuicio ideológico se debió la subestimación de la fuerza de los movimientos nacionalistas totalitarios o autoritarios que triunfaron en la Europa central, la Europa del noreste, la Península Ibérica y otras partes.

La autosuficiencia económica que siguió a la gran crisis de 1931 —plausiblemente interpretada como la culminación de las contradicciones internas del sistema capitalista— fue, entre otras cosas, una forma de nacionalismo económico intenso que sobrevivió a sus supuestas causas económicas, y obstruyó en gran medida el avance del progreso, ya fuese liberal o socialista. Lo que aconteció después en los recién liberados territorios de Asia y África parece apoyar la idea de que, a partir de los años 20, ni el socialismo ni ningún otro movimiento político podría tener éxito si no iba acompañado no sólo por el antiimperialismo, sino por un pronunciado nacionalismo.

Isaiah Berlin, Sobre el nacionalismo (53-54)

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