Epistemologia social





Si te apetece pensar por ti mismo, hazlo. Si confías en que marcará la diferencia, bien… todos depositamos nuestra fe en cosas que no podemos demostrar. Pero ni por un momento creas que eres Neo en Matrix y estás viendo el código.

La inmensa mayoría de lo que crees, lo crees porque alguien te lo contó. Si te pusieras a redactar un inventario honesto de tus creencias, verías que muy pocas provienen de una experiencia directa o de un razonamiento autónomo. Lo habitual es que hables de segunda mano —de oídas—, como quien repite fórmulas aprendidas sin haberlas digerido. En cierto modo, funcionas como un loro estocástico: generas frases con apariencia de comprensión, pero sin que medie una reflexión propia.

Sabes —o crees saber— que el agua hierve a 100 grados, que Cervantes escribió El Quijote, que Franco gobernó durante cuarenta años, que la Sagrada Familia está en Barcelona o que la Guerra Civil empezó en 1936. Pero ¿cuántas de estas afirmaciones has verificado con tus propios ojos o tu propio criterio? ¿Has leído el Quijote entero? ¿Has estudiado fuentes primarias sobre la Segunda República? ¿Has comprobado por ti mismo que el punto de ebullición del agua varía con la altitud? (Spoiler: sí lo hace)

La mayoría de tus certezas se apoyan en una estructura de confianza delegada. En román paladino: crees lo que crees porque te lo han enseñado, y no porque lo hayas vivido, entendido o contrastado. Es un fenómeno tan universal como incómodo.

Sin embargo, nada de esto es una acusación contra ti o tus creencias sobre estas cosas. En particular, esto no demuestra que tus creencias sean irracionales. Lo que estos ejemplos ponen de relieve es que nuestra imagen del mundo depende en gran medida de los demás. Si tuviéramos que averiguarlo todo por nosotros mismos, apenas sabríamos nada.

Como explican Steven Sloman y Philip Fernbach en su reciente libro The Knowledge Illusion: Why We Never Think Alone, No podemos comprenderlo todo. Confiamos en conocimientos abstractos, vagos y no analizados.

En las últimas décadas, ha cobrado fuerza un giro hacia una concepción más social del conocimiento. Los llamados epistemólogos sociales han empezado a dejar paladina constancia de que, al ser seres irremediablemente sociales, también nuestra vida intelectual está tejida de vínculos, dependencias y colaboraciones. Así, la epistemología social nos aboca a explorar cómo la racionalidad y el saber poseen dimensiones que no pueden entenderse cabalmente sin considerar el entramado social que los sustenta.

Según el filósofo Alvin Goldman, autor de Knowledge in a Social World (1999) o Social Epistemology: Essential Readings (2011), hay tres áreas dentro de la epistemología social: la epistemología social interpersonal, la epistemología social colectiva y la epistemología social institucional.

La epistemología social interpersonal se ocupa de los estados epistémicos de los individuos, pero presta especial atención al papel que desempeñan las «pruebas sociales» o lo que podríamos llamar «razones sociales». Las pruebas sociales son pruebas que conciernen a otras personas. Se trata de pruebas sobre lo que otras personas dicen, creen, hacen, etcétera. Los debates dentro de esta rama de la epistemología social abordan cuestiones como las siguientes:

  • ¿Cuándo es racional creer lo que te dice otra persona?
  • ¿En qué condiciones alguien puede ser considerado un experto?
  • ¿Puede ser racional creer en algo cuando sabes que otros no están de acuerdo?

En cambio, la epistemología social del agente colectivo se ocupa de los estados epistémicos de los grupos, más que de los individuos. En este caso, se considera que los grupos son el agente epistémico central. Por consiguiente, dentro de esta rama de la epistemología social nos enfrentamos a cuestiones como las siguientes:

  • ¿Bajo qué condiciones un grupo cree en algo?
  • ¿Cómo se relacionan las creencias de un grupo con las creencias de los miembros del grupo?
  • ¿Qué hace que la creencia de un grupo sea racional?

Por último, la epistemología social institucional u orientada a los sistemas examina y evalúa el papel que desempeñan las instituciones en nuestras prácticas epistémicas.

Las instituciones afectan la forma en que adquirimos, mantenemos y distribuimos el conocimiento, aunque estas tareas pueden realizarse mejor o peor. Esta rama de la epistemología social examina qué acuerdos institucionales funcionan mejor en términos de nuestros objetivos intelectuales. Las preguntas que se plantean en esta rama de la epistemología social incluyen:

  • ¿Qué pueden hacer las instituciones ante la difusión de noticias falsas?
  • ¿De qué manera se pueden reformar nuestras prácticas científicas para alcanzar mejor la verdad?
  • ¿Los jurados llegan a conclusiones más precisas cuando ciertos tipos de evidencia son inadmisibles?

Como se puede observar, las cuestiones abordadas por la epistemología social trascienden el estrecho perímetro de la epistemología individualista tradicional. Esta rama más reciente ha iluminado las múltiples y profundas formas en que nuestra vida intelectual está entrelazada con la de los demás: los otros no son meros interlocutores ocasionales, sino auténticos recursos cognitivos. Lejos de ser islas autosuficientes, los seres humanos prosperan, intelectualmente hablando, al alimón con sus semejantes. Nadie está condenado a recorrer el camino del conocimiento en solitario: todos avanzamos con mayor claridad cuando caminamos en compañía. 

Sergio Parra, Haznos un favor a todos: no pienses demasiado por ti mismo, Sapienciología 29/03/2025




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