Percepció i engany.
Nuestro cerebro no es el producto de un diseño optimizado para conocer la verdad y entender la realidad. Es una pequeña chapucilla, un apaño, un kludge que dicen los angloparlantes, en el que la evolución ha convergido. Una solución provisional, un artificio quizá torpe y feo, pero suficientemente bueno (increíblemente bueno, en algunos casos) para el propósito de la supervivencia y la procreación. Por eso está lleno de miles de parches y partes que en su día fueron seleccionadas pero que ya no sirven a su propósito, que se han reutilizado culturalmente o que directamente han quedado como rémoras o estructuras que acompañan y a veces entorpecen. Por eso, como es un tejido energéticamente caro, los algoritmos cerebrales rellenan e interpolan los patrones que apenas retienen de todo lo percibido por nuestros órganos sensoriales. Y en particular por nuestros ojos. Las ilusiones ópticas son, probablemente, el mejor estandarte de cómo a nuestro cerebro se le puede engañar, conociendo sus puertas traseras.
Por ejemplo, puede aprovecharse que el cerebro interpola por contexto, e interpreta los colores haciendo que lo que en un contexto parece un color negro clareado, en otro se vuelva un amarillo oscurecido, cuando en realidad son exactamente el mismo color, como en los miles de ejemplos que circulan por Internet:
También puede hacerse que, jugando con su forma de interpretar el enfoque, podamos hacer que nuestro cerebro interprete una imagen bidimensional como una imagen tridimensional, en la que un círculo azul parece adentrarse en la lejanía detrás de un par de círculos rojos concéntricos:
Jugando con ambos efectos (el contexto cromático y esa tendencia cerebral a interpretar representaciones tridimensionales de imágenes que son sólo bidimensionales), es posible hacer que la representación de un tablero de ajedrez sobre el que descansa un cilindro verde, estemos completamente convencidos de que la casilla A de color negro y la casilla B de color blanco a la sombra del cilindro son de distinto color. Cuando en realidad, son exactamente de mismo color:

El contexto es absolutamente determinante, como sucede con el sesgo de anclaje, pues nos aporta una información a priori irrelevante que condiciona por completo el montaje con el que armamos nuestra propia percepción. Cuánto nos afecta vernos rodeados de grandes que nos hacen sentir pequeños, o de pequeños que nos hacen sentir grandes. Cuánto condiciona nuestra percepción la posición que ocupemos en cada instante, como sucede en la famosa ilusión de Jastrow en la que dos piezas idénticas parecen de distinto tamaño en función de su colocación:
Y esta combinación completa de contextos, posiciones, colores e incluso desplazamientos llega a ser capaz de condicionar nuestra forma de interpretar el movimiento representado en las imágenes. Como por ejemplo en el movimiento de estos cubos que se desplazan según las flechas y sus brillos, pero que en realidad están absolutamente quietos…
… o que rotan sobre sí, permaneciendo en la misma quietud…
…del mismo modo que rota esta figura de mujer, que interpretamos que gira dextrógiramente, como las manecillas de un reloj, o levógiramente, en sentido antihorario, según prime en la interpretación una región del cerebro. Para comprobarlo, basta mirar a cualquiera de las dos imágenes que le asisten a los lados, para comprobar cómo nuestro cerebro conmuta en la interpretación de la imagen central:
Si estos son los increíbles efectos que se pueden provocar sobre los rudimentos de unos pocos gifs y algo de conocimiento sensorial y perceptivo, ¿qué no seremos capaces de estimular hoy en nuestras creencias con la tecnología contemporánea y la inminente?
Javier Jurado, ¿A quién vas a creer, a mí o a tus ojos?, Ingeniero de Letras 25/10/2025








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