La fal·làcia de la fal·làcia naturalista (John Searle)


David Hume






Conforme su horizonte filosófico se fue ensanchando con el estudio de la mente o la investigación de los hechos institucionales, el proyecto filosófico de John Searle fue cobrando mayores vuelos, guiado por una pregunta fundamental: ¿cómo encajan el significado, la intencionalidad o la conciencia en un mundo como el que describen la física y la química, compuesto por partículas elementales y campos de fuerza? Planteó la misma pregunta a propósito de las promesas, las obligaciones e instituciones sociales como el dinero, la propiedad o los gobiernos. Si hay un hilo conductor a lo largo de su obra es la pretensión de reconciliar la experiencia humana del mundo con la visión de la realidad que proporciona la ciencia, sin caer en reduccionismos. Para Searle esta es la gran cuestión que debe afrontar la filosofía, como expresó en repetidas ocasiones:

“¿Cómo podemos reconciliar la concepción del mundo descrita por la física, la química y el resto de ciencias básicas, con lo que sabemos –o creemos saber– sobre nosotros como seres humanos? ¿Cómo es posible que en un mundo constituido por partículas físicas en campos de fuerza puedan existir cosas tales como la conciencia, la intencionalidad, el libre albedrío, el lenguaje, la sociedad, la ética y las obligaciones políticas?”

Sin duda, recuerda la tarea que Wilfrid Sellars asignó a la filosofía: “comprender cómo las cosas, en el sentido más amplio posible del término, se relacionan entre sí”. Sobre ese trasfondo, cobra especial relevancia la pregunta por los valores, sin los que no cabe entender la textura de la experiencia o la vida humana. Ahora bien, ¿dónde encajan los valores en la realidad descrita por la ciencia? Es la vieja pregunta metafísica por la relación entre hechos y valores, que afecta de lleno a la moralidad, aunque ni mucho menos se reduce a ella. Es fácil ver todo lo que hay en juego: si defendemos una estricta separación entre hechos y valores, la ciencia estudiaría los hechos del mundo, mientras la ética se ocuparía de los valores (o de parte de ellos); de lo que se desprendería que la objetividad pertenece en exclusiva a la esfera de los primeros, pues solo los hechos determinan si una proposición es verdadera o falsa. Habría que concluir, por tanto, que no es posible la objetividad ni en la esfera moral ni en los valores en general: los juicios morales, como los estéticos, serían la expresión de preferencias, sentimientos o actitudes, pero no susceptibles de ser verdaderos o falsos. ¿Cómo pasar del "es" al "debe"?

No era en modo alguno una discusión marginal. Como escribió W. D. Hudson, la imposibilidad de pasar del “es” al “debe” (is/ought) se había convertido para muchos filósofos analíticos en “el problema central de la filosofía moral” del siglo XX. Y Searle era perfectamente consciente de la importancia de esta tesis, refiriéndose a ella como “el axioma fundacional” o “la más importante proposición” de la filosofía moral de la época.

... Searle no plantea el problema en términos metafísicos, sino al modo de los “filósofos lingüísticos”, como era esperable en el momento álgido de la filosofía del lenguaje ordinario, es decir, como una relación entre clases de enunciados: ¿de un conjunto de enunciados descriptivos acerca de hechos es posible derivar un enunciado valorativo como conclusión? Se daba por sentado que la respuesta solo podía ser negativa, porque no es válido pasar de los primeros al segundo, so pena de incurrir en un salto lógico injustificado que convertiría en falaz el argumento. Dicho de otro modo, una conclusión valorativa solo se seguiría si introducimos un enunciado valorativo entre las premisas. Pretender otra cosa sería cometer la famosa falacia naturalista.

Su modo de rebatirla fue por medio de un contraejemplo, utilizando para ello la idea de acto performativo que es clave en la teoría de los actos de habla, concretamente el caso de una promesa. Aquí están los pasos que sigue para mostrar cómo se pasa del “es” al “debe”:

1. Pepe profirió las palabras “Con esto te prometo, María, pagarte cinco euros”.
2. Pepe prometió a María pagarle cinco euros.
3. Pepe ha contraído la obligación de pagar a María cinco euros.
4. Pepe tiene la obligación de pagar a María cinco euros.
5. Luego Pepe debe pagar a María cinco euros.

...lo importante es que empezamos con un enunciado descriptivo sobre lo que Pepe hizo (1) y acabamos con una conclusión acerca de lo que Pepe debe hacer (5). No hay brecha ni salto lógico, sino una transición gradual que resulta perfectamente natural. Pronunciadas en las circunstancias apropiadas, las palabras de Pepe constituyen una promesa (1 y 2). Hacer una promesa no es simplemente anunciar una intención, sino que uno se compromete a cumplir la obligación que ha creado y que le debe al otro (3 y 4). El punto más delicado sería el paso a (5), pues hay que matizar o rebajar adecuadamente la fuerza de ese “debe” para atender a la posibilidad de que haya otras circunstancias que afecten al cumplimiento de la obligación: por ejemplo, que María exonere a Pepe del cumplimiento de la promesa, pues en tal caso ya no debería pagarle. Pero eso se soluciona introduciendo la cláusula de ceteris paribus: (5) siendo las demás cosas iguales, Pepe debe pagar a María cinco euros. Es una conclusión evaluativa más débil, pero perfectamente válida.

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