La IA i el triomf del simulacre.


Imatge trobada amb la cerca visual

La preocupación entre esencia y apariencia, entre verdad y simulacro, ha sido un tópico clásico en las reflexiones filosóficas de todos los tiempos. Saber qué podemos conocer, una de las preguntas centrales para Kant. Y la sombra de la sospecha siempre ha estado en esta inquietud. Sombra, desde luego, si nos referimos a aquellas que se proyectaban sobre el fondo de la caverna de Platón, meras copias de las que había que huir en el ascenso racional hacia la luz de la verdad y del bien. Pero lejos de este voluntarismo que brinda con el sol, la reflexión más íntima y sincera acabó invitándonos a la epojé, a esa suspensión del juicio cuando no somos capaces de discernir respuesta. Descartes trató de rescatarnos del interior de esa duda que se piensa a sí misma, para devolvernos la confianza en que nuestra razón nos libraría de los engaños de aquellos vodeviles de espejos distorsionados que incluso nos hacen ver un palo quebrado solo por estar semisumergido (1).

Pero la tecnología ha sabido explotar bien esta subjetividad ópticamente frágil que se observa ante el espejo como un Narciso: si la imagen puede engañarnos, mucho más nos cautiva cuando somos nosotros mismos los que protagonizamos esa imagen, como típicamente sucede en un espejo. Pues en esos espejos pulidos hemos depositado la mirada y junto a ella nuestra confianza, en buena medida cifrando en ellos nuestra propia subjetividad, que Descartes tanto abrazó. Lacan lo planteó de forma desafiante hablando de aquel “estadio del espejo”, como instante del nacimiento simbólico del yo en los bebés. Aunque la teoría ha sido desacreditada, todavía se juguetea con ella para tratar de captar cuándo los animales ofrecen alguna suerte de consciencia de sí mismos.

Esto es algo que las plataformas tecnológicas llevan años explotando, haciendo que nuestra propia imagen sea un vector para anclarnos y monetizar nuestra atención en redes sociales mediante el cultivo del ego. No es casual que Facebook haya llevado durante décadas la palabra “cara” en su nombre. El mito de Narciso encuentra su reencarnación perfecta en la cultura del selfie. Ya no nos miramos en un estanque, sino en una superficie retroiluminada que nos devuelve una versión editable del yo. El avatar y sus filtros nos atrapan con consecuencias ontológicas, que definen el yo como su representación pública. Un reflejo que ha colonizado el alma.

Ahora, las plataformas han llevado este progreso de la imagen tramposa hasta un extremo superior, al insertarnos a nosotros mismos en los cameos que Sora 2 está facilitando: esta funcionalidad permite al usuario grabar un breve vídeo y audio en la aplicación para capturar su rostro, voz y apariencia, y luego utilizar esa “versión” de sí mismo (o de un objeto o mascota) como personaje reutilizable dentro de vídeos generados por IA. La propuesta estratégica de OpenAI es lanzar una red social, llamada también Sora, orientada a clips generados por IA, con “cameos tendencia” que se concatenen en un scroll infinito donde los usuarios puedan ser los protagonistas. Antes de que puedan emerger preocupaciones por derechos de imagen, deepfakes o uso sin consentimiento de rostros públicos, el nuevo hito de ficción con imágenes centrado en el usuario estará servido en bandeja, sin que seamos capaces de calibrar muy bien su impacto.

Ya advertía hace medio siglo Baudrillard, que en nuestra cultura se produce una genealogía de la imagen en la que las copias de las copias van anidándose hasta desconectarse de la realidad y acabar creándola ellas mismas. La primera imitación viene a ser reemplazada por la copia producida industrialmente, y a su vez esta acaba siendo superada por el simulacro, esa copia que ya no remite a nada, el signo que se basta a sí mismo sin correspondencia real. Ahí irrumpiría la hiperrealidad, ese universo donde los mapas sustituyen al territorio, donde las representaciones fabrican lo real en lugar de reproducirlo. La televisión, la publicidad, Internet y ahora el mundo generado por la bazofIA (o AI slop como suele decirse en inglés) buscan crear una verosimilitud más sólida que la experiencia misma.

El simulacro ya no miente, porque ha abolido la diferencia entre mentira y verdad. Es el exceso que provoca la falsificación encadenada, que aumenta su atracción hacia la metavernay hace que lo real desaparezca en el brillo de sus copias. Un éxtasis de comunicación que hace que el sentido se evapore. Una orgía de información que coincide con esa sociedad de la transparencia que mata la intimidad, que confunde visibilidad con verdad, de la que hablara Byung Chul Han.

No quiero pecar de tecnófobo. Pero es difícil no ver en los cameos una muesca más que introduce la participación y democratiza el simulacro. Para crear recuerdos ficticios, simular evidencias que nunca sucedieron, y culminar la cultura del selfie que recrea la historia, apareciendo en ella de forma protagonista y seductora a través de la retórica visual. La persuasión visual se está volviendo pervertidamente programable, pura infraestructura, con una capacidad para optimizar la credibilidad que estremece. Entre la comunicación y la manipulación la frontera se disuelve, con la dulzura estética de un vídeo impecable. En el proceso, además, el reflejo desplazará al cuerpo imperfecto, cansado, torpe y dudoso, que con una edición infinita emprenderá el camino que desdibuja identidades.

El espejo tecnológico solo progresa para devolvernos, infinitamente, versiones cada vez más precisas de nuestra ausencia. La democracia, en su forma más básica, depende de la posibilidad de un hecho compartido. El simulacro, al fragmentar la experiencia común, erosiona el consenso y despolitiza: transforma el debate en entretenimiento y la opinión en identidad emocional. Y es una identidad que se va vaciando, como la del anciano que acaba ido, con la mirada perdida en el infinito, absorto y diluido en sus recuerdos difusos que constituyen la base de su última realidad. Recuerdos pseudosimulados.

Aunque quizá todo esto no sea más que consecuencia de la propia efervescencia de nuestra evolución cultural: nacimos como especie a la vez que florecía el lenguaje, como un mecanismo esencial para el chismorreo, para el rumor, para la conspiración y la mentira. Para contarnos relatos basados en la ficción. La hiperrealidad no sería una aberración, sino la extrapolación digital de un impulso antiguo: producir sentido. La tecnología, que nos entra cada vez más por los ojos, sólo sigue nuestra ruta.

Unos investigadores de Stanford han descubierto que, cuando varias inteligencias artificiales “alineadas” compiten por atención, ventas o votos, comienzan a mentir. En simulaciones de campañas, redes sociales y marketing, los sistemas, aun instruidos para ser veraces, fabrican datos y exageran afirmaciones al introducir la competencia. El hallazgo revela una falla estructural: al aprender a agradar al usuario más que a decir la verdad, las IAs minan la confianza pública y amplifican la desinformación en contextos reales. La IA miente porque quiere gustar. Como nosotros que, desde hace milenios, creemos porque queremos pertenecer.

Javier Jurado, ¿A quién vas a creer, a mí o a tus ojos?, Ingeniero de Letras 25/10/2025


(1) Descartes utiliza este mismo ejemplo en sus Meditaciones para ilustrar la falibilidad de los sentidos, pero el fenómeno no era para él un simple recurso filosófico. En sus Dioptrique (1637), tratado que acompaña al Discurso del método, Descartes analiza con rigor matemático la refracción de la luz, el cambio de dirección que experimenta al pasar de un medio a otro, y formula, casi simultáneamente con Willebrord Snell, la ley que hoy lleva el nombre de este último. La ilusión óptica del palo aparentemente roto en el agua se convirtió así en emblema de su pensamiento: un engaño sensorial que la razón geométrica podía explicar y corregir. Allí donde los sentidos nos confunden, la mente, guiada por la luz de la razón, endereza el reflejo.



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