Les condicions polítiques del ciutadà.



Podemos discutir en muchos aspectos qué es política, en qué consiste el nivel de lo propiamente político, etcétera. Pero es difícil negar las condiciones mínimas que ya sentó Aristóteles: la de un espacio público, que es público precisamente porque trata de lo común, del vivir bien, de lo que es justo o injusto, conveniente o inconveniente para una comunidad, que se define ante todo por un lenguaje capaz de decir significativamente eso que es común. La igualdad de principio de todos los que intervienen en ese espacio y el uso de la palabra como ingrediente esencial de su participación son las dos condiciones ineludibles. Ambas condiciones no son aportaciones que los participantes traen ya a él, sino dimensiones constitutivas del espacio público: los individuos quedan constituidos como ciudadanos cuando asumen esas condiciones y no al revés. Al entrar en ese ámbito, que a la vez reúne y distingue, se entra en una nueva dimensión, irreductible a la condición pre-política. La organización de la participación, la estructura del Estado, puede ser diversa –aunque es evidente que la democracia es la más exacta configuración del espacio público, en la medida en que convierte en principio la condición radical de la igualdad.

Naturalmente el individuo humano, entendido así, como ciudadano, como miembro de la comunidad política, es un ente abstracto y debe serlo, porque la condición ciudadana no hace acepción de ninguna particularidad, no toma en consideración ningún rasgo distintivo. El ciudadano es literalmente un cualquiera, un quídam, un Don Nadie, intercambiable con cualquier otro, alguien que participa en la discusión pública en calidad de uno más de los miembros de la comunidad, no por poseer determinadas cualidades ni por representar no se sabe qué intereses: si lo hace, no tiene más valor que quien lo hiciera sin ser nadie. La abstracción del ciudadano, a pesar de todas las críticas que contra ella se han proferido, no tiene que ser enriquecida con concreciones: su abstracción es el símbolo de la absoluta igualdad de derechos de cualquier miembro de la comunidad, de la universalidad de esta, que no está formada a partir de ningún rasgo determinado; por eso es la mayor garantí y la mejor defensa del ámbito de la política. Es en él, y no en la vida social, donde cobra su pleno sentido el viejo proverbio castellano, “nadie es más que nadie”.


Ramón Rodríguez, Ciudadanía y políticas de la identidad, Claves de razón práctica, nº 236, septiembre/octubre

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