Antonio Escohotado: els evolucionistes i les organitzacions sense organitzador..

Herbert Spencer
2. Aunque ya Buffon (1707-1788) había admitido, a título hipotético, lentas variaciones en las especies vivas, fue el zoólogo J. B. Lamarck (1744-1829) el primero en proponer un «transformismo» generalizado: los órganos se desarrollan en función de necesidades biológicas y, por consiguiente, vinculados al medio externo. Las variaciones del medio inducen anomalías en su uso que, transmitidas hereditariamente, pueden llegar a modificar de modo radical los órganos mismos.

Esta capacidad adaptativa de la vida y el viviente fue rechazada por todos los naturalistas de la época, a parecer por la reverencia que rodeaba a cada especie como obra divina o incambiable. Apoyaba esto la paleontología catastrofista de Cuvier (1769-1832), basada en periódicas destrucciones de la fauna terrestre seguidas por una creación divina de nuevas e inalterables especies. Pero el «fijismo» de Cuvier sufrió un grave golpe cuando el geólogo C. Lyell (1797-1875) pudo explicar —satisfactoriamente— el estado del globo por lentas transformaciones debidas a las mismas causas hoy actuantes. Lamarck y Lyell contribuyeron a la síntesis de Charles Darwin (1809-1882), aunque en ella influyeron también trabajos ajenos por completo a botánica y zoología, como la línea argumental del filólogo W. Jones hasta su tesis del “indoeuropeo”, La riqueza de las naciones y un ensayo (totalmente equivocado) del abate Malthus sobre población y recursos.

Por todas partes se insinúa una idea sobre estabilidad y cambio que no sólo contraviene el dogma sino cualquier simplismo. Es el concepto de estructuras objetivas desplegándose en relación con un medio, organizaciones sin organizador, y aunque al comienzo aparezca en fenómenos como historia del derecho (gracias a los trabajos de Savigny), lingüística comparada o mercados ahora se hace totalmente consciente en biología (un término de Lamarck), gracias a El origen de las especies por selección natural (1859), el tratado de Darwin. Lo antes cubierto por pontificaciones sobre la Providencia, el Creador y hasta el pagano Hado cata el veneno de órdenes endógenos, propiamente naturales, donde todos y nadie intervienen decisivamente. Competencia y esfuerzo, sus elementos básicos, animan un proceso donde prospera lo “favorable”. La llamada «selección natural» combina pequeñas variaciones orgánicas debidas al influjo del medio con una lucha por la supervivencia, debida al potencial exceso de la reproducción sobre la producción. Aunque organismos inferiores convenientemente adaptados pueden perpetuarse largamente, la selección sienta como norma el perfeccionamiento de cada ser vivo —o su desaparición.

Por más que la teoría evolucionista se apoye en multitud de apoyos empíricos, llegó en el momento de máxima fe en el Progreso, al que —por su parte— confirió un fundamento objetivo. En El origen de las especies leemos:
«Cabe deducir con cierta confianza que nos está permitido contar con un porvenir de incalculable duración. Y como la selección natural actúa solamente para el bien de cada individuo, todo don físico o intelectual tenderá a progresar hacia la perfección».

2.1. Herbert Spencer (1820-1903), un ingeniero de ferrocarriles que acabó escribiendo un gigantesco Sistema de filosofía sintética, aplicó el concepto de evolución a varias ciencias, y trató de deducir el principio evolutivo mismo. Fue un pensador vigoroso y original, con conceptos propiamente dichos. A la pregunta de qué es cualquier evolución contesta diciendo:

«Una integración de materia y una disipación concomitante de movimiento, en cuya virtud la materia pasa de una homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad definida y coherente».
En última instancia, la homogeneidad es «incoherente» y la heterogeneidad «coherente». El concepto de evolución pone de manifiesto una finalidad que se despliega sola, a golpes de azar. Se trata precisamente de aquella finalidad «objetiva» que Kant buscó -en vano- mientras escribía la Crítica del juicio. Para Spencer la evolución cosmológica, biológica, geológica, psicológica, moral, política o social será siempre el hacerse coherente de alguna energía mediante su progresiva definición en el interior de un medio, siendo el único rasgo común a todos los medios una condición de inestabilidad para lo allí existente. Cuando la inestabilidad no produce especialización (hoy diríamos «entropía negativa») producirá disolución. A esta alternativa captada en su discurrir la llama Spencer ritmo evolutivo. Y si considera con optimismo el proceso no es porque predomine la evolución sobre la disolución en general, sino porque toda disolución constituye la premisa de una evolución ulterior. Hasta qué punto el concepto de evolución está en el aire lo indica que Spencer publicase gran parte de sus hallazgos cuatro años antes de hacerlo Darwin.

2.1.1. Nos falta espacio para entrar en las consecuencias que este pensador extrae de aplicar el principio de la selección natural (rebautizado por él como «supervivencia del más apto») en ética, psicología, sociología, etc. No tanto él como discípulos suyos –W.Bagehot en Inglaterra y W.G.Sumner en Estados Unidos-promovieron una simplificación del proceso evolutivo conocida como darwinismo social, que acabó incurriendo pronto en inhumanidad. Inhumano es, en efecto, enunciar un racismo supuestamente científico como justificación de políticas coloniales, o sugerir proyectos eugenésicos (mejora de la especie) basados en la eliminación física o la esterilización de individuos y grupos “inaptos”. Pero ya hemos visto otros casos de interpretación sesgada –por ejemplo, el Aristóteles “católico”-, y estos criterios no están tanto en el origen como en derivaciones arbitrarias montadas sobre Spencer, que pasan por alto lo diferencial entre sociedades humanas y bancos de arenques. El darwinismo social no percibe que nuestra evolución es ante todo una evolución referida a instituciones, y pisotea el principio de órdenes autoconstituídos con disparates como “leyes de la evolución”, gracias a las cuales cabría predecir el futuro de las sociedades como se predice la caída de un tiesto. Aunque la evolución sea una alternativa al determinismo, estos autores la embuten en un corsé de etapas prefiguradas –como los “estados” de Comte-, cuando todo cuanto puede revelar una evolución son tendencias actuales y pasadas, nunca el mañana.

Esto no quiere decir que Spencer fuese un modelo de lo políticamente correcto. Entre sus libros el que más ampollas levantó fue El hombre contra el Estado (1884), un alegato individualista que se opone por igual a la sociocracia comtiana y a la dictadura proletaria. Las reformas sociales son tan deseables como el mejoramiento interno de los individuos, pero tal como no cabe abreviar el tránsito desde la infancia a la madurez, evitando el enojoso proceso del crecimiento, tampoco es factible que formas sociales inferiores (“coactivas”) se hagan superiores (“espontáneas”) sin atravesar pequeñas y sucesivas modificaciones. Una fe irracional en la fuerza del Estado engendra revoluciones, que acaban fracasando estrepitosamente por pretender toda suerte de cosas imposibles. Se trata, pues, de «abolir esa confianza en la omnipotencia del gobierno» (cualquier tipo de gobierno), cuyo efecto será siempre un desprecio por la dignidad del hombre concreto, un dogmatismo autoritario. La sociedad sólo vive y siente en los individuos que la componen. El mejor estado será una democracia sin mesianismos, donde el progreso moral de los ciudadanos no se vea estorbado por privilegios de particulares, pero tampoco suplantado por directrices emanadas del poder político.

Aunque la idea se encuentra ya bien asimilada en Mandeville, Spencer piensa enérgicamente la diferencia entre sociedades “militares” -donde la cooperación se impone por la fuerza-, y sociedades “industriales”, donde la cooperación resulta voluntaria. Por otra parte, no ignora que este segundo tipo –superior evolutivamente- debe atravesar convulsiones muy graves para imponerse del todo al primero, pues éste –incomparablemente más antiguo- reacciona manipulando la envidia, el patriotismo y otros sentimientos viscerales con mitos de redención, que incluso proponen una redención “científica” como el comunismo de Marx y Engels. Por lo demás, la industrialización no es el fin de nada, sino parte de un proceso que apunta a sociedades individualistas. Spencer piensa que el individualismo educado puede acabar imponiéndose, aunque sólo “tras una era de socialismo y guerra”. 

Antonio Escohotado, El evolucionismo, Tema XXI Positivismo y materialismo,  Génesis y evolución del análisis científico.Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales

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