L'escola convertida en un hotel.
Mi querido Gregorio Luri suele decir que algunas familias se comportan como huéspedes de un hotel: creen que basta con alojarse para exigir servicio a la carta. Es la turistificación de la escuela. Al profesor le toca hacer de recepcionista. Si las matemáticas se le atragantan al niño, que cambien el menú. Si estudiar le da pereza, que le suban a la habitación una metodología más entretenida. Y si, después de tantas atenciones, suspende, se pide la hoja de reclamaciones.
A la escuela, sin embargo, no se va para que nos den la razón, sino para descubrir que muchas veces no la tenemos. Educar exige introducir al niño en un mundo que existía antes de su nacimiento y que no tiene por qué adaptarse a sus caprichos. Aprender exige esfuerzo, y las normas no dejan de valer porque a uno le fastidien. Una institución incapaz de exigir nada a sus alumnos podrá proporcionarles muchas satisfacciones, pero difícilmente podrá educarlos.
Hannah Arendt advirtió hace décadas del peligro de perder la autoridad en las aulas. Para la filósofa, el profesor tenía la responsabilidad de transmitir a los niños un mundo que todavía desconocían. Representaba ante sus alumnos algo que estaba más allá de sus preferencias personales: un saber y una herencia cultural que merecían ser transmitidos. Y para cumplir esa tarea necesitaba una autoridad que no dependiera de caerles simpático ni de complacer a sus padres. Cuando los adultos renuncian a respaldar esa autoridad, no liberan a los niños, sino que hacen dejación de sus responsabilidades educativas.
Se está produciendo una transvaloración de los valores escolares. Un suspenso, que antes llevaba a preguntarse cuánto había estudiado el alumno, ahora puede desencadenar una investigación sobre cuánto ha hecho el profesor para evitarlo. El esfuerzo empieza a considerarse una forma de maltrato y cualquier exigencia, una amenaza para el bienestar emocional. A este paso, el derecho a la educación acabará reducido al derecho a aprobar.
La escuela ha muerto y nosotros la hemos matado. Que nadie se alarme: los colegios seguirán abiertos y las leyes educativas continuarán multiplicándose. De burocracia vamos sobrados. Lo que hemos liquidado es la escuela como institución capaz de exigir a las nuevas generaciones algo distinto de lo que ellas mismas desean. Su cometido era sacar a los niños, durante unas horas, del pequeño universo familiar para ponerlos en contacto con un mundo que no habían elegido y que no podían cambiar a su antojo. Allí debían enfrentarse a unos conocimientos comunes y aceptar la autoridad de unos adultos que no estaban a su servicio. Si cada familia acaba decidiendo qué debe aprender su hijo, cuánto se le puede exigir y qué calificaciones merece, al profesor solo le quedará tomar nota de las comandas.
Para atender tantos encargos particulares, la tecnología ya tiene una solución. ChatGPT, que hoy ayuda a los padres a redactar reclamaciones contra los profesores, mañana podrá sustituirlos. Cada alumno tendrá su propio tutor de inteligencia artificial, disponible las veinticuatro horas, con una paciencia infinita y sin la mala costumbre de hacer huelgas o pedir aumentos de sueldo. Si una explicación se le atraganta al estudiante, la simplificará. Si una tarea le aburre, le propondrá otra más entretenida. Y si las calificaciones no gustan en casa, bastará con cambiar las instrucciones. Por fin, un profesor que sabe quién manda.
Naturalmente, habrá que introducir algún sistema de valoración del servicio. Al terminar cada trimestre, las familias podrán puntuar al tutor con caritas sonrientes y dejar una reseña: «Le ha dicho a mi hijo que tiene que estudiar más. Cero empatía». Los algoritmos peor valorados serán reprogramados hasta que aprendan a tratar al cliente como se merece.
El negocio tiene futuro. Las tecnológicas sacarán pecho con sus magníficas cifras de satisfacción y los responsables políticos anunciarán que, por fin, hemos conseguido una educación verdaderamente personalizada.
Habremos logrado el sueño de una escuela en la que nadie tenga que enfrentarse a una corrección. Será un lugar estupendo para pasar la infancia. El problema llegará cuando toque abandonar el hotel. Entonces, nuestros jóvenes descubrirán un pequeño inconveniente que no figuraba en el folleto: la realidad no dispone de un servicio de reclamaciones obligado a darles la razón.
Eduardo Infante, ¡La escuela ha muerto!, Retina. El País 2026

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