L'hora de l'estoic.






Érase una vez la disciplina. El trono del esfuerzo. Madruga, haz ejercicio, invierte, explota tu mejor versión, adiestra tu cuerpo y mente para ser invulnerable. Esculpe la realidad con el cincel de tus pensamientos. En nombre de la filosofía estoica, con un repertorio de citas de Marco Aurelio siempre a punto, los nuevos centuriones del triunfo —hoy sin túnica ni camiseta— ofrecen desde sus tribunas virtuales consignas, vídeos, cursos, libros y conferencias con técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. No lo dudes, eres jinete de las adversidades, capitán de tu destino. Por suerte es verdad; la mala noticia es que también es mentira. Los genuinos estoicos griegos y romanos insistían en distinguir entre lo que podemos controlar y lo que escapa de nuestras manos: los logros de la voluntad se equilibran con el peso de las circunstancias —salud, dinero, apoyos—. Aquellos filósofos antiguos exaltaban, es cierto, el trabajo interior. Pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual. Fortalecimiento, resignación y esfuerzo eran los ingredientes de su receta para alcanzar el sosiego: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”. 

Cuando miramos al pasado, solemos seleccionar aquello que nos conviene, pequeñas porciones, lecturas interesadas. Nuestros legionarios del éxito han tomado de aquellos filósofos solo la idea de salvarnos a solas, el trabajo sobre uno mismo, la búsqueda de una felicidad individual. En la quiebra de los ideales colectivos, convierten al yo en un único punto de apoyo. Esa lectura egocéntrica del estoicismo se ajusta al ideal narcisista de nuestro tiempo, un solipsismo que quiere romper las formas de solidaridad y comunidad. Tal vez porque saben bien que, con esos lazos colectivos, se tejen las redes de resistencia y apoyo mutuo.

En su novela Todo un hombre, Tom Wolfe sigue los pasos de Charlie Croker, un magnate inmobiliario que debe más de mil millones de dólares a los bancos, pero se niega a creer que su imperio pueda desmantelarse por una nimiedad así. Él no es un perdedor. En el camino de Croker se cruza Conrad Hensley, un fugitivo desarraigado e idealista. En sus conversaciones le da a conocer la filosofía estoica, que descubrió en la biblioteca penitenciaria. Convierte al promotor inmobiliario a la doctrina de la renuncia y la resistencia. Charlie, en bancarrota, decide explorar la vía del gurú de la autorrealización. Un viejo conocido del incombustible tiburón de los negocios comenta: “Parece que a Croker le va bien otra vez. Va hablando de un tal Epic…nosequé. Es dinamita. Está a punto de firmar un acuerdo con la Fox para un programa que va a llamarse La hora del estoico". Ese estoicismo con más pose que poso se convierte en la nueva fórmula de éxito de Croker. Wolfe anticipa la última vuelta de tuerca: hacer dinero —muchísimo dinero— comerciando con una filosofía nacida para combatir la codicia y sus turbulencias.

Irene Vallejo, Las tribulaciones del millonario estoico, El País 18/10/2026

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Percepció i selecció natural 2.

Determinisme biològic i diferència de gènere.

Què volen els "teapartyers"?