La fe religiosa ha estat substituïda per la fe informativa.
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| Karl Kraus |
Un día de noviembre de 1969 aparecía en el periódico vienés Kurier una noticia que pasó sin pena ni gloria, que casi no se percibió entre muchas otras, insertada entre ellas con el mismo tono y la misma fiabilidad. Decía que unos criadores habían logrado la producción de huevos planos gracias al apareamiento de minigallinas y de gallos de veinticinco kilos de peso procedentes de las selvas asiáticas. Dichos huevos presentaban varias ventajas tanto para el comercio como para las amas de casa, pues las cáscaras eran duras, lo cual dificultaba la rotura. Además, según la alimentación de las gallinas, estas incluso podían poner huevos de cualquier color deseado. Esa novedad, decía la noticia, podía verse en una feria del huevo entre el 6 y el 8 de diciembre de ese año en la Simmeringerstrasse 99, distrito XI, de la capital.
La información apareció porque el día anterior el escritor Peter Müller había llamado a la redacción para comunicar algo que sabía: que unos criadores habían logrado la producción de huevos planos gracias al apareamiento de minigallinas y de gallos de veinticinco kilos de peso procedentes de las selvas asiáticas. Y lo comunicó con el tono de un hombre serio y bien informado.
¿Cómo era posible que esas cartas, crónicas, informaciones aparecieran en la prensa? Lo percibió el oído de Kraus: por el tono. Y ello le permitió llegar a la conclusión de que el tono de la información y el de la desinformación es exactamente el mismo, que información y desinformación comparten el mismo lenguaje. De ahí que la primera no esté capacitada para contrarrestar a la segunda porque ambas pertenecen al mismo género. De hecho, todo el camino de la información ha conducido a la desinformación. Lo cierto se aloja en el saco roto de la información y acaba mezclándose en un atroz batiburrillo con lo falso.
Es la información la que prepara los cerebros para los bulos. No importa lo que se diga, la clave está en el tono. […] Todos los días se nos informa sobre porcentajes que el periodista cree y hace creer al oyente. De ahí solo hay un paso a un porcentaje erróneo o incluso disparatado. Tal como está concebida la información, con el gesto pomposo de decir la verdad desde la ignorancia, de remitirse a los datos que no se han investigado y de recurrir a expertos en la materia que acuden corriendo a la llamada de los medios y se acoplan a su lenguaje, ya está dando pie al bulo. Solo hacen falta el gesto pomposo, los datos y un experto para generarlo perfectamente. Lo esencial es un lenguaje trufado de términos científicos, no demasiados para no agobiar, muchos de los cuales el periodista desconoce, no entiende y enseguida olvida, pues no le pertenecen, pero que transmite para crear un tono capaz de generar fe. La fe religiosa ha sido sustituida por la fe informativa. Y es la fe del hombre informado la que abre las puertas a los bulos.
Kraus, sin embargo, va más allá. Para llegar a este punto, dice, la información había de inflarse, cobrar influencia y poder hasta convertirse ella misma en el acontecimiento. “¿Es la prensa el mensajero? No, es el acontecimiento –escribe en El ocaso del mundo por la magia negra–. ¿Un discurso? No, la vida. No solamente pretende que los verdaderos acontecimientos sean sus informaciones sobre los acontecimientos, sino que genera, además, esa siniestra identidad, de modo que siempre se crea la impresión de que los hechos existen como noticia antes de producirse y a menudo antes de que exista incluso su posibilidad... Ella no es un mensajero –¿cómo podría un mensajero exigir y recibir tanto?–, ella es el acontecimiento”. Décadas después insistía en esta idea al hablar de “una época que extrae del periódico todo su acontecer y experimentar, todo su ser y valer”.
La conversión de la información en el acontecimiento mismo y poco a poco también en espectáculo permanente nos lleva al momento de hoy en que lo que estremece ya es la imagen, no el hecho. De ahí que podamos leer o escuchar que “nos indignan las imágenes”, que “no podemos soportar las imágenes de una hambruna masiva”, que “nos resultan intolerables las imágenes de cuerpos destrozados” o que un ministro pueda decir que “no se repetirá la imagen” y no el hecho indignante, escandaloso, delictivo, criminal que la imagen refleja y que ha dejado de importar o a lo sumo importa como soporte. Hasta la radio, un medio eminentemente auditivo, habla de la “imagen del día”, pero es precisamente la imagen del día acompañada de la palabra ahuecada la que enfría, desactiva y anula la imaginación.
El lenguaje periodístico, con sus clichés, tópicos, frases hechas, repeticiones, metáforas que en un momento pueden poseer cierta gracia pero pasan de un periódico al otro, de un medio al otro, de una pluma a la otra, de una boca a la otra, tanto en el ámbito político como en el mediático, mil veces masticadas hasta acabar en la basura, con su apuesta por lo comprensible, con su repetición hasta la saciedad de la frase hecha hasta grabarla a fuego en la mente de lectores, escuchantes, televidentes y videovidentes para impedir y desactivar cualquier palabra propia, ha dejado el lenguaje en los huesos. El periodismo se centra en el tema y rebaja la palabra; “lo que vive del tema morirá antes que el tema. Lo que vive en el lenguaje vivirá con el lenguaje”, escribe Kraus en Heine y las consecuencias. Los lectores modernos son para él criaturas del periodismo, el cual, a su vez, “ha vinculado la palabra escrita al deber del efecto inmediato, ha ampliado los fueros del público y lo ha animado a ejercer una tiranía espiritual a la que todo artista ha de sustraerse”, leemos en Apocalipsis.
Lo que Kraus observó en este proceso de aplanamiento, ahuecamiento, empobrecimiento, que comportaba un vaciado de la imaginación, fue preparación para la guerra. Es su gran reproche a la prensa: que preparara los cerebros y los corazones para ella. La imaginación está dentro del hombre. Su vaciado es por tanto el vaciado del interior del hombre. Una y otra vez recalca que la información desactiva la imaginación; y por esta entra, como por un conducto, la piedad. Kraus insiste en el papel central de los periódicos en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial y de las que vendrían después; de la prensa que “nos socavó el corazón a tal punto que ya no pudimos ni imaginar lo que nos aguardaba: ¡por eso es culpable de esta guerra!”. Y: “Si uno tuviera imaginación en vez de periódicos, la técnica no sería un medio para complicarse la vida y la ciencia no se empeñaría en destruirla”. El mensajero con su interminable verborrea se ha colocado delante de los hechos y los ha vuelto inimaginables. Kraus, sencillamente, culpa a la prensa de haberle robado la imaginación a la humanidad y de provocar así la guerra, de la que luego se nutrió, se lucró y de la que salió indemne.
Lo que destapó, además, es que a partir de la Primera Guerra Mundial, a través de la prensa entonces, de los medios de comunicación en general luego, todos los hombres, todos los ciudadanos se convierten en guerreros, acaban alistándose de forma voluntaria o involuntaria a un ejército a través de la palabra reiterada y vaciada, de términos que se van limando, limando hasta perder sustancia: dicen triunfo, dicen avance, dicen gloria, dicen tragedia, dicen horror, dicen masacre, dicen crimen, dicen genocidio hasta que estas palabras, al final, no significan nada. Los ciudadanos forman parte de las tropas de la retaguardia. Son los guerreros de tertulia, de sobremesa, de sofá, de bar y de café que van soltando frases hechas, tópicos, clichés y consignas, términos repetidos y repetitivos que, eso sí, en su definitiva simpleza sirven para alimentar la guerra tanto como la producción armamentística.
Ese es el sentido también de la propaganda invisible. Los medios de comunicación de masas forman parte de la campaña bélica. No sale en ellos nada que no sea cumplimiento de la voluntad de uno de los combatientes, de una parte en liza. De los periódicos que entre 1914 y 1918 aparecían varias veces al día informando sobre la evolución de la contienda a la transmisión en directo de un conflicto bélico hoy en día hay una vía inmediata. Las imágenes de la guerra traen todas un mensaje oculto, que es, como señala Paul Virilio, lo propio de la publicidad. A partir de la Primera Guerra Mundial, “la guerra se convierte en una película de guerra”, escribe. Las confrontaciones bélicas son ahora impensables sin la televisión, alimentadas por el odio que los medios de comunicación suscitan y mantienen vivo. Las transmiten en tiempo real y fomentan el crimen, las matanzas que dicen querer evitar. Todas las imágenes y todas las palabras que nos llegan de la guerra forman parte de esta. Crean conciencias que forman parte de ella. ¿Y quiénes son los vehículos armados de ese tránsito? Lo era la prensa en tiempos de Kraus y lo son los medios de comunicación en general, televisiones, radios, periódicos, redes sociales ahora. La televisión ha segado más vidas que las balas, dice Emir Kusturica.
La información y la publicidad se mezclan inexorablemente. Se produce una fusión de la información y la política, la política (“pendiente de los titulares”) abraza la información, así como la información abraza la política. El propio Estado adoptó, como señala Kraus, “el rostro y el lenguaje” de la prensa entonces y adopta el de los medios de comunicación en general ahora.
Y lo que destapa Kraus, además, es que desde la Primera Guerra Mundial y, más concretamente, desde la irrupción activa y militante de la prensa, cualquier guerra puede, gracias a esta, devenir mundial. Y si no ocurre en el epicentro del odio, se encubre, se minimiza, se tapa, no existe ni en la palabra ni en la imagen. Porque también allí está la corrupción de los medios, que así como echan leña al fuego de una guerra, opacan la que no posee la dimensión mediática, comercial y bursátil necesaria y deseada. Actúan como aquel periódico que denunció Kraus en los años veinte, que cobraba por publicar determinadas noticias, así como cobraba por no publicar otras.
La lucha de Karl Kraus contra la prensa y el lenguaje de la información, contra la conversión de esta en acontecimiento y espectáculo, fue insistente y continua, no cejó en ningún momento. Al final, sin embargo, admitió su derrota. La suya y la de todo hombre del espíritu. En los últimos años se dedicó fundamentalmente a escribir sobre asuntos relacionados con el lenguaje, con la gramática, con el uso de determinadas palabras. Kraus, que no era filósofo, no llegó a tener una filosofía del lenguaje. Podría decirse que, en rigor, su obra entera es una filosofía del lenguaje. Pero también que no la tiene porque no puede haberla. El lenguaje es trascendente. Se impone a quien piensa como un fenómeno ante el cual el ser humano finalmente solo puede responder con el asombro.
Precisamente el conocer y sentir el lenguaje profundamente le permite a Kraus decir que, para quienes se limitan a la frase simple, comprensible pero, eso sí, cargada de tópicos, para quienes se conforman con la ambición intelectual de querer “entender” aquello que se debe sentir, la frase “no tiene cara, no ríe, no juega, no guiña el ojo”. “El lenguaje –dice– no solo abarca lo decible, sino que en él se puede experimentar también todo aquello que no se dice; en él, depende todo tanto de la palabra que más importante que esta es lo que se halla entre las palabras; para aquel que piensa con la palabra como otro con el color y otro con el sonido, ella no solo le abre un mundo, sino que se lo cambia…” […]
Adan Kovacsics, Karl Kraus y los bulos, ctxt 25/09/2026

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