Capitalisme i família.

Melinda Cooper



Karl Polanyi en La Gran Transformación (1944) sostiene que las dos fuerzas históricas que acompañan al desenvolvimiento del capitalismo son, por un lado, la expansión de los mercados tanto espacialmente como, sobre todo, a los diversos aspectos de la existencia humana que desteje progresivamente los lazos sociales, los ritos, creencias y costumbres. Por otro lado la sociedad se defiende en un movimiento de autoprotección estableciendo límites a través de diversos mecanismos, especialmente a través del Estado.

Resumiendo mucho la tesis de Polanyi, la primera idea es que la autoprotección de la sociedad es externa al desarrollo del capitalismo y de la expansión de la mercantilización y, en segundo lugar, que los conflictos aparecen de formas muy variadas. La primera tesis está equivocada, a juzgar por lo que nos explica Melinda Cooper, y la segunda, la diversidad de reacciones, es correcta y explica por qué el doble proceso ha recibido tanta apreciación en un espectro que va desde el integrismo y el fascismo a la teoría crítica y una parte del pensamiento de izquierdas.

La “externalidad” del proceso de autorregulación está presente, por ejemplo, en la conocida teoría de Habermas de que la expansión del mercado “coloniza” el mundo de la vida. Es una tesis grabada en los estratos más profundos del pensamiento crítico, que está en la base de la melancolía de izquierdas, a saber, la tendencia a creer que se debe resistir la invasión del mercado refugiándose en lo que Simone de Beauvoir ironizaba, usando a Voltaire, con los varios “jardines de Cándido”, es decir, en formas ancestrales de comunidad, familia, sociedad y prácticas culturales. Es una idea equivocada que tanto Marx ya desde los Manuscritos como después Gramsci en los Cuadernos no consideran correcta. Desde un punto de vista antropológico (en un momento me referiré al desarrollo del capitalismo), la dialéctica es de doble dirección: los humanos transforman el entorno transformándose a sí mismos. Aunque Marx admiraba, como también Gramsci, el poder creativo de la burguesía, ambos consideraban que este poder transformador en el doble sentido es parte del ser humano y está presente en los modos en que se produce la modernización de formas mucho más contingentes y diversas de las que supone la dialéctica mercado-sociedad ancestral.

Y esto es el trasfondo de las obras de Melinda Cooper, especialmente de su texto El valor de las familias, en donde reconstruye la dinámica del liberalismo o neoliberalismo y el conservadurismo en sus formas de integrismo o fascismo. La doble forma no es una contradicción sino una alianza permanente que, en cada momento histórico y dependiendo del grado de conflictividad social, se orienta hacia uno u otro lado. La familia nunca fue lo opuesto al mercado, todo lo contrario, la presión siempre ha sido porque las familias sostuviesen todo lo que son fracasos del mercado como son los bienes de la educación, la sanidad, la solidaridad intergeneracional, la propia solidaridad social (a través del ejercicio de la caridad y formas afines) y, en general, todo aquello que es imprescindible para la reproducción de la sociedad no solo demográfica sino también culturalmente. Por ejemplo, el campo de la cultura artística o humanística.

La reaparición del neoconservadurismo tuvo lugar de forma creciente a partir de la descomposición del estado del bienestar a partir de los años setenta por la presión de la inflación, el trabajo femenino, la liberación sexual, el aumento de las madres solteras, la deuda pública y otros procesos que fueron interpretados como crisis por todas las partes en conflicto. La reacción del capitalismo fue reconstruir la obligación familiar y los principios de responsabilidad de los parientes y otras medidas, por ejemplo, la obligación de buscar empleo o seguir cursos para poder recibir las ayudas por desempleo y otras medidas que recordaban a las llamadas “Leyes de pobres”, que condicionaban las ayudas a formas de moralización de las conductas. Otros casos, por ejemplo, fueron la financiación de la universidad mediante préstamos que convertían a las familias en unidades de crédito y deuda intergeneracional. 

 Todo ello, sostiene Cooper, llevó a una inflación de los “activos” como la vivienda, haciendo que la solidaridad social se transfiriese de forma creciente a  modos de seguridad económica basadas en el patrimonio y la herencia, generando la transformación que en un libro posterior, The Asset Economy (2020), escrito por  Cooper con Lisa Adkins y Martijn Konings explica por qué la vivienda se ha convertido en una cuestión de clase. Cooper critica con toda la razón la nostalgia de la izquierda por el estado del bienestar, como si no hubiese sido un modelo familiarista, sexista y racialmente excluyente. La dinámica social de cambio no ha sido solamente de disgregación de los lazos ancestrales, sino también de creación de nuevas formas de vida que no son resistencia sino anticipaciones de una sociedad más libre. 

En la sociedad contemporánea, la vuelta al patrimonio y al lujo de las clases altas van de la mano. La reacción conservadora ha sido la de desmontar el estado del bienestar pero facilitar la ampliación del patrimonio y el consumo extravagante. En ambos casos, el del estado del bienestar y el estado reaccionario, se ha producido un espectacular aumento de la deuda pública. Solo se aplican medidas de austeridad en una dirección, dejando que sea el mercado de bonos el que se ocupe de los procesos de equilibrio, sometiendo así al estado al imperio del mercado. El libro concluye que la derecha contemporánea, y en particular el trumpismo, no rompe con el neoliberalismo. Más bien radicaliza su vertiente extravagante y patrimonialista, la funde con el conservadurismo social y reserva la austeridad para los de abajo.

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