Les dades no són coneixement per si mateix.
El fenómeno alcanza el paroxismo en ciencia, donde el trabajo de un grupo no lo suele entender ni el del laboratorio de al lado. No es infrecuente que un científico dedique toda su vida profesional a investigar el espín de una sola partícula subatómica o el funcionamiento de un milímetro cuadrado de córtex cerebral. Y estas investigaciones son necesarias, porque son la forma de avanzar sobre bases sólidas. La teoría más bella se desintegra en el mismo instante en que contradice un solo dato bien tomado. Los datos son la única religión del científico, y obtenerlos requiere investigadores altamente especializados.
Pero los datos no son conocimiento por sí mismos. Los movimientos de los planetas se explican igual de bien poniendo la Tierra en el centro o poniendo el Sol. La revolución copernicana no se basó en nuevos datos, sino en un cambio de perspectiva, como ese cubo de Necker que salta de una interpretación a otra sin que cambie nada en el mundo externo. Copérnico es un ejemplo perfecto de cómo añadir conocimiento sin obtener nuevos datos. Y nuestra expertocracia es el paradigma de lo contrario: toneladas y chorros de datos que no añaden conocimiento. Y aquí sí que hay que mirar un poco más allá de la pecera de la especialización para imitar el salto copernicano, o para hacer flip como el cubo de Necker.
Un científico al que conocí el siglo pasado decía que la especialización consiste en saber cada vez más sobre cada vez menos hasta llegar a saberlo todo sobre nada. Necesitamos generalistas. No hipergeneralistas —gente que sabe nada sobre todo, apurando el aforismo—, sino generalistas modestos, en el sentido de que saben mucho de unas pocas cosas. Los descubrimientos matemáticos, por ejemplo, se deben a menudo a gente como Henri Poincaré, que dominaba distintas áreas de las matemáticas y encontraba nexos profundos entre ellas.
Por eso los grandes avances científicos son unificaciones, como explicar los movimientos de los planetas en el cielo del ocaso, las fases de la Luna y la caída al suelo de las manzanas por la misma fuerza gravitatoria. O revelar que la electricidad y el magnetismo son dos formas de mirar al mismo fenómeno, y que la luz es su manifestación más notable. O que el cerebro está hecho de células igual que el resto del cuerpo.
Javier Sampedro, Saber todo sobre nada, El País 24/10/2026

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