La construcció del jo i el diferent.



Aunque no seamos conscientes de ello, en una conversación informal de pocos segundos nuestro cerebro procesa una cantidad ingente de información. ¿Qué está pensando la persona que tenemos enfrente, qué siente, qué intenciones tiene, qué sabe de mí, qué cree que sabe, pero en realidad no puede saber, qué se imagina? De forma implícita y automática, nuestro cerebro procesa innumerables señales en paralelo para descifrar el mundo mental del otro, decodificar la expresión de su cara, la mirada, la voz, el cuerpo, el movimiento, el ritmo... A través de estas habilidades, que acordamos llamar cognición social, los seres humanos nos asomamos al abismo de una representación de la realidad distinta de la propia, asumiendo entonces que la nuestra es subjetiva y falible y producto de unas circunstancias concretas, que podían haber sido otras. Por selección natural, hemos desarrollado una gran capacidad para inferir correctamente las ideas, emociones o intenciones de los demás, a detectar la mentira, el fraude o la amenaza, a identificar la insinuación, el deseo y la posibilidad de cooperar. El encuentro con el otro, con el diferente, es el auténtico reto para nuestro cerebro, concebido como una máquina predictiva diseñada básicamente para reducir la incertidumbre del entorno. Los demás nos descolocan, nos alteran, nos cuestionan, nos hacen cambiar. Nos vemos en los demás, y, como dice el poema de Ángel González, “yo sé que existo porque tú me imaginas”.

En la interacción social, nuestro cerebro no descansa: observamos la cara del otro, sus ojos, su sonrisa, su pelo, el movimiento que hace con los brazos, analizamos su tono de voz, esa risa entrecortada que creemos algo forzada, ese bostezo que quizá sea de aburrimiento o desinterés o sueño atrasado. El quid de la cuestión es que podemos acertar e inferir fina y sofisticadamente el estado mental del otro, pero también podemos errar de infinitas maneras. La psicopatología ofrece un amplio catálogo de errores de la cognición social. La persona con autismo, por ejemplo, crece con enormes dificultades para comprender el significado básico de la interacción social, lo que suele asociarse a problemas del lenguaje y a patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento e intereses. Lógicamente, ante estas dificultades, la persona tiende a evitar esos desbordantes e indescifrables estados mentales, y a centrarse en el mundo concreto, material, predecible, de las cosas. Las personas con un trastorno psicótico pueden oscilar desde la hipo-mentalización (analizar al otro, sí, su rostro, expresión, tono de voz… pero de forma demasiado simple, poco sofisticado, grosera) a la hiper-mentalización (inferir un exceso de información a partir de una interacción breve, asumiendo muchos fallos de juicio). En la vida normal, todos hiper-mentalizamos, sacamos conclusiones rápidas, precipitadas, infundadas, basadas en sesgos y prejuicios. Pero, llevado al máximo, este error cognitivo nos conduce al delirio, a alcanzar la convicción imposible de que la realidad es como yo la pienso. La vacuna eficaz frente al delirio, por tanto, es un sabio escepticismo acerca de nuestras propias creencias sobre los otros: por muy claro que lo veamos, podemos estar equivocados. La mente de los demás es opaca.

La cognición social está siempre corporeizada; en sus tareas se activan zonas cerebrales como la ínsula o la corteza somato-sensorial derecha, íntimamente relacionadas con las sensaciones viscerales y la sensibilidad corporal. Sabemos en el cuerpo lo que el otro está pensando, aunque sea mentira. Conocemos intuitivamente a los demás, en una sucesión de pálpitos, corazonadas y señales potentes e indescifrables que vienen de nuestras células. Y ello nos pirra, encontrarnos con el otro a través del propio cuerpo, porque, como dice Elizabeth Costello (un personaje de J.M. Coetzee) “al hecho de pensar, al raciocinio, le opongo la plenitud, la encarnación, la sensación de ser”.




Guillermo Lahera Forteza, Cognición social: sé lo que estás pensando (y probablemente me equivoque), El País 25/05/2022

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