La clau està en l'aprenentatge.








Las personas nacemos como una página en blanco sobre la que se escriben nuestras vidas. El tipo de papel, su rugosidad, la clase de tinta, su adherencia al papel, la postura al escribir, así como el utensilio usado, influyen en la facilidad o dificultad de la escritura. Pero el papel seguiría en blanco si no se escribe sobre él.

El papel equivale a la carga genética, mientras que los elementos con los que se escribe determinan la escritura: variables biológicas, factores educativos y eventos vitales. Ese conjunto, esa interacción entre el papel y los elementos que posibilitan la escritura, es la que produce un escrito u otro, un comportamiento u otro, una personalidad u otra. En definitiva, una persona u otra.

Cuanto más sepamos sobre los factores que interactúan para que ocurran los procesos de aprendizaje que determinan el comportamiento, mejor entenderemos por qué se produce ese comportamiento. Y si definimos los problemas mentales como problemas de comportamiento, entonces cuanto más sepamos del funcionamiento cerebral, más conocimientos tendremos sobre los problemas mentales. Pero no porque el primero cause los segundos, sino porque el cerebro es uno de los múltiples y complejos factores que determinan los procesos de aprendizaje. Y son esos procesos los que originan, mantienen y, en su caso, eliminarían los problemas “mentales”.

Por eso, para comprender los problemas mentales debemos partir de que la conducta (en su significado técnico, es decir, como interacción entre un organismo y un ambiente) es el objeto de estudio. La acción del cerebro es una variable que forma parte de esa interacción. Los hallazgos de la neurociencia no suponen, por tanto, ninguna clave para comprender el comportamiento humano. Son un elemento más de la explicación, pero en ningún caso “son” la explicación. En definitiva, el reduccionismo neurobiológico no puede solucionar el mentalismo acientífico porque la parte orgánica de los problemas psicológicos son una parte, no la causa.

Los criterios para identificar un problema habrán de ser conductuales, no biológicos, al margen de que el funcionamiento cerebral haya cambiado. Y la explicación de esos problemas no debe buscarse en factores estáticos, ya sean alteraciones cerebrales o etiquetas diagnósticas. La clave está en el aprendizaje, en los procesos dinámicos de cambio que siguen unas estrictas leyes estudiadas en los laboratorios de análisis experimental de la conducta desde principios del siglo pasado. Debe recordarse que la actividad cerebral está en continua modificación por la acción del aprendizaje y los eventos vitales. Por tanto, debería dirigirse el foco de atención hacia este y hacia cómo se ve afectado por (y afecta a) los eventos vitales y la propia actividad cerebral. 

El proceso de aprendizaje supone la sucesiva modificación de las conductas a partir de las experiencias. La metodología para estudiar ese proceso no debe ser mecanicista, ni debe trabajarse con asociaciones por contigüidad físico-espacial (nexos mecánicos) características de las ciencias biológicas. Por el contrario, la metodología debe ser la propia del análisis experimental de la conducta, no mecanicista y dirigido al estudio de las asociaciones por contigüidad temporal.

En suma, ni enfermedades mentales, ni trastornos cerebrales. La clave está en la conducta.

María Xesús Froxán Parga, Mentalismo y neurociencia, versiones del dualismo cartesiano, robertocolom.wordpress.com 22/02/2021


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