La Raó hegeliana.








Hegel creció entre las costumbres de una familia religiosa y estudió teología en el seminario protestante de Tübingen, aunque el matiz necesario para entender su obra es que era teísta y no deísta: al contrario que ocurre con estos últimos, para él, Dios no era solamente creador del universo, sino que también participaba continuamente de su desarrollo.

De este modo, Hegel se oponía a la idea de las casualidades o el destino, pues creía en la divina providencia; es decir, en el poder absoluto de Dios para controlar el universo en su totalidad, incluyendo el mundo físico y el destino de la humanidad. Como tantos idealistas alemanes, él defendía algo así como un plan secreto de la naturaleza. No obstante, en lugar de cargar toda la responsabilidad de esta naturaleza sobre su Dios, lo hacía sobre la razón.

La razón existe, y es una potencia infinita que no se rige por la especulación filosófica ni la moralidad vigente: la razón es. Hegel no pretendía encontrar una serie de acontecimientos mundanos que pudieran explicarse mediante la razón, sino que aspiraba a encontrar una razón que explicase esos acontecimientos. En última instancia, aspiraba a desentrañar el orden imperante en el universo. La razón es divina y es absoluta, siendo responsable de la historia universal.

Además, la razón es muy astuta, pues es providencia divina: según el filósofo alemán, la historia es el desarrollo de la propia razón, del designio de Dios. Y es astuta porque cuando creímos que el mundo iba marcha atrás, en realidad marchaba según había de ser. La bondad y maldad, incluso la aparente irracionalidad de la perversión humana, paradójicamente, es parte de la razón.

Por todo esto, la realidad es la razón ofrecida por el ser humano a lo largo de la historia.La astucia de la razón dirige el curso de la naturaleza y de la historia, usando al humano para ello. Los sucesos del pasado se desarrollaron como había de ser y no de otra forma, ya que todos ellos tendían a lo mismo que los sucesos del presente, a la «idea de humanidad».

Inevitablemente, Hegel también fue víctima de su época, desarrollando unas reflexiones sujetas en cierto modo a una noción esparcida entre los idealistas del momento: la teleología, rama de la metafísica –opuesta al mecanicismo– que estudia las causas finales y que suele ver el universo como un orden de fines que las cosas tienden a realizar (y no como una sucesión de causas y efectos). Fue ese mismo contexto el que desató tantas obras de influencia internacional: ¿acaso podría Hegel haber vivido un punto de inflexión histórico mayor que la Revolución francesa? La astucia de la razón pone en evidencia que el constante cambio y la pasión humana es causa y consecuencia de la razón universal. Cuando su admirado Napoleón estaba en la cúspide del éxito militar, a la defensa de sus principios, estaba poseído por la razón universal: «He visto cabalgar al Emperador, ese espíritu universal; es realmente maravilloso ver a un individuo como él concentrado en un punto, sentado sobre un caballo, interviniendo en el mundo y dominándolo». De este modo, cuando este fue desterrado la isla de Santa Elena, la razón salió del cuerpo del héroe para seguir su curso natural.

Y este curso no cesa: continuará por los siglos de los siglos hasta el fin de la historia universal, que será el fin del desarrollo del espíritu y, por ende, la conquista de la plena realización racional de la sociedad civil y del Estado. El fin particular de Hegel llegó durante el verano de 1831, pero nuestra generación sigue disfrutando de sus astucias y su razón.

Jorge Ratia, Hegel y las astucias de la razón, ethic.es 22/08/2022

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