La incapacitat de mostrar la veritat de les nostres certeses.

by Antón Patiño
No debe ser verdad que hasta las cosas ciertas puedan probarse”. Así se inician los Fundamentos de Derecho de una reciente sentencia en la que no está claro que haya intervenido directamente la mano de Descartes, quien sin embargo, por lo que se ve, a su modo ha estado presente. “Sólo se han probado aspectos adjetivos de lo ocurrido, pero no los sustanciales desde la perspectiva del derecho penal. En concreto, nadie sabe cuál haya sido la causa de lo ocurrido, ni cuál debería haber sido la respuesta apropiada a la situación de emergencia creada”. La cuestión nos da que pensar. La relación entre la verdad, la certeza y la prueba se ve concernida mientras el sentido se remite a la causa y a la distinción entre los aspectos adjetivos y los aspectos sustanciales. Ha de reconocerse que el planteamiento no carece de ambición y que efectivamente nos encontramos en el corazón del fundamento y de los fundamentos.

Que sean ciertas esas cosas sin probarse nos induce a plantearnos el alcance de tal certeza, o  lo determinante que pudiera ser la prueba si la certeza ya se tiene, salvo que más bien se tratara de las consecuencias, no solo para la pena, sino para la verdad.Ya en otra ocasión oí afirmar: “tienes razón pero no es verdad”. No sé si podría decirse que “es verdad, aunque no cabe dar razón”, al menos razón suficiente. Probar supone en algún modo no solo poner a prueba sino hacerlo en relación con alguien y de modo razonable y convincente, como ocurre con los argumentos. Ello ha llevado a decir que parece razonable o que resulta verosímil, aunque no sea del todo verificable. Es como si lo supiéramos y no lográramos demostrarlo.

Las pruebas acostumbran a presentarse como incontestables, salvo si no llegan a serlo, y cabe la posibilidad de que sean cuestionadas, aunque precisamente en tanto que tales. Y por ello tienden a requerir un relato argumentado, una historia consistente en la que los hechos brillen con un cierto sentido, no solo con un sentido cierto. Hasta el punto de que se precisa algo más que decidir. Se requiere fundamentar y justificar.

La complejidad es tal que podría ocurrir que estando absolutamente convencidos, al extremo de considerar algo cierto, es decir de reconocer que tenemos certeza, no seamos capaces de mostrar una verdad consistente. No faltan quienes estiman que es suficiente con que, bien amparados en razones, nos parezca que es así, pero ni siquiera basta con que lo sepamos, es necesario probarlo. De ahí se desprende que algo de lo que estamos ciertos, incluso si prefiere decirse, seguros, para ser tenido por verdadero precisa algún requisito más. Sin embargo, entonces, sorprende la certeza. O, antes bien, podría ocurrir que lo sorprendente es que no se haya llegado a probar.

Es lo que tiene la ciencia. Es lo que tienen las ciencias, también las llamadas ciencias humanas, las ciencias jurídicas y las ciencias sociales. Ya Descartes en cierta medida “redujo” la verdad a certeza. Y no es que ello nos resultara demasiado atractivo, aunque por lo que se ve, es lo que podemos permitirnos como sujetos. No es cuestión de desconsiderar la verdad, sino de garantizar claridad y distinción a nuestras elecciones. Y de eso se trata, de garantías y de seguridad. Este aseguramiento sería nuestra “certitudo”. Y ya puestos a saber, sabríamos “a ciencia cierta”. Pero la grandeza cartesiana es a la par el establecimiento de restricciones necesarias. Tal es la mejor posibilidad y la condición para expedir certificados de aquello que ha de ser tenido por verdadero.

Prevalece entonces la búsqueda de tales garantías de verdad y objetividad de los pensamientos, la búsqueda de seguridad, legitimidad y fundamentación. Debemos ocuparnos únicamente de los objetos que nuestro espíritu parece conocer de un modo cierto y evidente. Como expresa Descartes en sus Regulae, “rechazamos todos aquellos conocimientos tan solo probables y establecemos que no se puede dar asentimiento sino a los perfectamente conocidos y de los que no puede dudarse.” Se requiere un conocimiento claro, preciso, indudable, en el que fundar la “verdad”. Su esencia sería la certidumbre. No se admitiría nada que no fuera puesto de modo seguro y cierto y el hombre sería la medida y el poder de esa verdad.

Sin embargo, si solo nos hemos de ocupar de lo que podemos conocer de modo cierto y evidente, hemos de percibirlo y ponerlo ante nosotros, no admitiendo nada otro, hasta el punto de tomar posesión de ello y la verdad es este aseguramiento del hombre calculador, y también lo es a la par la certeza del representar. Y de eso se trata, de que el pensamiento viene a ser representación, en Descartes, un verdadero cuadro teatral. En esa representación, el que se representa pertenece a la constitución del representar. Ya no se acepta nada que no sea indudable mediante el acto de representar que se plantea y calcula.

Cuando en El Discurso del Método busca presentar su modo de proceder, insiste en que le “gustaría dar a conocer en el presente discurso cuáles son los caminos que he seguido y representar en ellos mi vida como en un cuadro”, y propone su escrito “tan sólo a modo de historia o, si se prefiere, de fábula”. Cada objeto adquiere así el carácter de un cierto cuadro teatral y puestos a no dudar es bien consciente de lo que el relato tiene de representación, lo que no le impide decir con certeza.

Semejante certeza vinculada a la narración conoce bien hasta qué punto es decisivo el relato para que alumbren los hechos, y hasta qué punto son determinantes quienes participan en la conversación y en qué condición. Es lo que tiene el saber, este poder, el de quien es sujeto del relato. De ahí la necesidad de probar, sobre todo aquello que ya denominamos “las cosas ciertas”, que por algo así son llamadas. No debe ser verdad pero debería serlo. No debe ser verdad que puedan probarse, pero parece mentira que no lo sean.

Ängel Gabilondo, Las cosas ciertas, El salto del Ángel, 19/11/2013

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