"En la democràcia no es vota tot" (Manuel Cruz)





Es posible que con la democracia no hayamos hecho, sobre todo desde la izquierda, una valoración adecuada de sus posibilidades. Sectores de la izquierda durante muchísimo tiempo eran muy recelosos respecto a lo que llamaban la democracia formal, como diciendo que no es una auténtica democracia, o una democracia, como han dicho otros después, no del todo plena. Incluso, a veces, los hay que, para defender la democracia, insisten en que es un conjunto de procedimientos, de normas.

Yo insisto en que esa es una valoración insuficiente de la democracia y que ello se hace evidente en el momento en que hay problemas, como por ejemplo ha ocurrido en la década pasada. En alguna ocasión he afirmado que la década pasada ha sido algo así como el período de entreguerras del siglo XXI; es decir, entre la crisis del 2008 y la pandemia del 2020. Durante esa década han aparecido un sinfín de libros sobre la crisis de la democracia, sobre la muerte de la democracia,… y muchas veces se hablaba de esta crisis como si, de golpe, hubiesen salido una serie de setas, personajes tipo Bolsonaro, Trump, Le Pen, que están atacando la democracia sin que sepamos muy bien porqué. Se impone una reflexión sobre cuál es la naturaleza de la democracia. En Catalunya lo hemos visto muy claramente. Aquí ha habido ataques frontales a la democracia en nombre de la democracia, con el eslogan “això va de democracia”. Se estaba dando por descontado que la democracia es sustancialmente votar y que ahí se agotaba la democracia. Sin embargo es al contrario: la democracia es una construcción bastante elaborada que intenta precisamente salvaguardar toda una serie de valores. Lo que los americanos llaman “check and balance” tiene que ver con esto, con que haya mecanismos de control, de contrapeso, para salvaguardar cosas tales como el derecho de las minorías. Ya los griegos, y más recientemente Tocqueville, se refirieron a “la dictadura de las mayorías”. Si uno reflexiona en profundidad y detenimiento sobre la democracia ve que es mucho más que un mero conjunto de procedimientos.

Sócrates acata una sentencia que considera injusta y acepta beber la cicuta porque cree que es muy importante respetar la ley, que la ley es fundamental para la democracia. Siempre habrá alguien que considere que una ley es injusta. El problema es que la democracia proporciona herramientas para corregir una ley injusta. También ha habido quien ha llegado a afirmar cosas tales como “desobedeceré las leyes que considere injustas”. Obviamente no es de recibo que la obediencia o desobediencia dependa de lo que cada cual considere justo o injusto (en el libro dedico un epígrafe a hablar de la desobediencia y el derecho a disentir). La forma de proceder correcta ha de ser otra: una sociedad, una vez que ha acordado un marco y unos procedimientos, lo que hace es corregir o modificar una ley injusta. Solamente en situaciones límite se puede aceptar eso: cuando no exista democracia. Valdría la pena recordar, ahora que algunos tanto recuerdan la lucha contra el racismo en los EEUU en los años 60, que si Kennedy envió la Guardia Nacional a Alabama fue porque el gobernador de aquel Estado se negaba a cumplir las leyes; esto es, actuó para restablecer la legalidad.

Es correcto, desde el punto de vista historiográfico, definir nuestra democracia como una ‘democracia liberal’, pero cuando sólo se pone el énfasis en ‘liberal’ se hace referencia a la formalidad de la democracia; es decir a que sea una organización de la vida colectiva con libertades, de expresión, de empresa, de partidos políticos, separación de poderes… Eso es verdad, pero es solo una parte de la verdad. Si no incluyes otros elementos, esa no es todavía la democracia de la que pretendo hablar. La Constitución define nuestro estado como un ‘estado democrático y social de derecho’. La democracia, en las últimas décadas, ha ido más allá de una arquitectura formal. Nuestra Constitución, aunque eso se tenga que desarrollar, alude a derechos materiales, al derecho a la vivienda, al trabajo… No es solamente que haya libertades y si con ese régimen de libertades la gente vive fatal, ya se apañará. No, no. La democracia, las constituciones democráticas y los teóricos de la democracia avanzan cada vez más en esa dirección. John Rawls, en su libro ‘Teoría de la justicia’, plantea que no cabe considerar como justa una sociedad por el solo hecho de que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos, fundamentalmente porque los hay a los que, por utilizar su terminología, “la lotería natural” les ha perjudicado. Pues bien, sin forzar mucho su planteamiento, bien podríamos incluir entre los damnificados aquellos a los que ha perjudicado la lotería social. No basta con afirmar, por poner un ejemplo sencillo y rotundo, que todo el mundo tiene derecho a la educación, puede ir al colegio, y pensar que con esto queda todo resuelto. No es igual la situación del chico o chica que nace en el seno de una familia burguesa, con padres liberales que le ayudan a hacer los deberes, con una habitación en la que está solo o sola, con un ordenador, una biblioteca, que la situación del chico o chica que vive en el extrarradio en un piso diminuto, que tiene que hacer los deberes en la cocina mientras su madre prepara la cena, sus hermanos corren por el pasillo dando gritos y la abuela tiene la televisión puesta a un volumen alto porque ya no oye bien. No todos parten del mismo lugar. Unos parten de un lugar más atrasado que otros. Por tanto, una sociedad democráticamente justa es aquella en que todos parten del mismo lugar. Y luego podemos hablar y discutir de la meritocracia, de eso que tanto gusta a la derecha de la cultura del esfuerzo. Puede ser aceptable, pero siempre que la línea de salida sea la misma para todos y en esas cosas tiene que entrar la democracia.

La democracia es un conjunto de procedimientos, herramientas y valores para organizar la vida en común y, obviamente, esos procedimientos y esos valores tienen que ir cambiando a medida que la vida en común va variando. Había regímenes formal y materialmente democráticos que tenían, hasta no hace tantos años, unas fallas espectaculares. Por ejemplo, no contemplaban el voto de la mujer. ¿La sociedad norteamericana del siglo XIX no era democrática? Sí lo era. Cumplía unos cuantos requisitos. Pero le faltaban otros. La democracia es un work in progress, evidentemente. Pero eso pasa con todo. Los teóricos de los derechos humanos suelen hablar de derechos humanos de primera, segunda y tercera generación. No nos hemos quedado en la primera Declaración de Derechos Humanos. Hemos añadido otros. Dentro de un tiempo podría ser que, por ejemplo, incorporáramos los derechos de los animales. Hay gente que lo está planteando ya ahora. Pero la realidad es que todavía no lo tenemos en cuenta. Dentro de 50 años, a lo mejor habrá quien diga que “¡hay que ver con nuestros antepasados!: decían que eran demócratas y no respetaban los derechos de los animales”. Es posible. Lo único que podemos hacer es intentar ser máximamente conscientes de nuestra situación y, a partir de ahí, intentar hace las cosas lo mejor posible. Por descontado que dentro de un tiempo se reconocerán otros derechos. ¿Que se mejorará esta democracia? Sí. Ojalá.

Es evidente que en democracia no se vota todo. Eso es obvio. Yo le diría a mi interlocutor: Elija usted el país democrático que crea que mejor funciona y mire usted cuantas instituciones, órganos, figuras importantes de su estructura no son elegidas o no lo son directamente por los ciudadanos. No hay país donde todo se está votando constantemente. Es más, en los países donde se vota mucho, aunque no se vote todo, hay un cierto acuerdo de que eso no es funcional. Recuerdo que en un viaje a Italia había un referéndum sobre veinte o treinta puntos. Se votaba cosas muy diversas. Eso no tiene demasiado sentido. Es la democracia la que “se inventa” la idea de los representantes y el ciudadano delega en su representante y es ese representante el que analiza, estudia y decide lo que cree mejor. En una democracia, los ciudadanos no andan decidiendo por todo.

Siscu Bages, entrevista a Manuel Cruz: "La gran ventaja de la democracia no es que garantice el acierto, sino que permite corregir el error", Catalunya Plural 10/11/2021

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